Chris-Comer

Día 60 | Lonely travellers

Después de visitar el Vaticano, con su basílica, jardines y museos, el día 60 fue más de sentarme a escuchar las historias de otros viajeros del Roma Inn.

El miércoles 3 de junio debía pagar mis 6 noches en el hostal horroroso en el que estaba, en efectivo porque no aceptaban tarjeta de crédito. Según mi reserva en Booking, debía pagar 159 euros, pero cuando fui a pagar, resulta que eran 180 por los impuestos municipales. Me salió más caro ese chochal inmundo que París o Ámsterdam. Me llené de ira, pagué, no sin antes decirle al dueño del Roma Inn 2000 que ese era, lejos, el peor hostal en el que había estado, que era feo, desordenado y que ellos eran unos deshonestos por haberme metido en un cuarto de 9 camas, cuando mi reserva era de una de 6. Doris Graciela, una huésped chilena que había conocido la noche anterior cuando regresé de comer con Chris e Hicham, me ayudó a echarle lecha al fuego, porque esa mañana, le pidieron que se cambiara de cuarto –ella estaba en el de 4 camas al que se entraba por una puerta al lado de mi cama– al mío, porque tenían una reserva de 4 personas que querían estar solos en una habitación.  Obvio, Doris se indignó con la oferta, pero igual le tocó cambiarse. –Todavía hoy, no entiendo porqué no me cambié de hostal–

Mientras el dueño trataba de conversar conmigo en mi ataque de indignación e ira, me decía que el precio del hostal era apenas para llegar y dormir, descansar y en el día salir a recorrer la ciudad, que estábamos en Roma, una ciudad hermosa. Que estábamos jóvenes y solo necesitábamos un lugar limpio y seguro donde dormir según el. Respiré profundo para no escupirle la cara al gordo ese, y salí con Doris a desayunar. No tenía caso discutir.

Bajamos a “Di pane… in meglio” el sitio de sándwiches y jugos deliciosos debajo del hostal. Doris pidió uno de salmón y yo uno de jamón con jugos de naranja. Conversamos un rato con el dueño, un tipo muy simpático y subimos al hostal para bañarnos y salir juntos a visitar los Termas de Caracalla. Que eran unos baños públicos de la Roma Imperial, grandísimos, con esculturas, mosaicos y fuentes y jardines. Una belleza. Pero del que hoy, solo quedan las ruinas, sin esculturas y sin nada. Solo unos muros y columnas viejos, algunos rastros de los mosaicos y el jardín. –Yo y mi fascinación por los baños públicos–

Nos fuimos caminando en el solazo de Roma de junio. Yo iba de mangalarga y Doris creyó que estaba loco. Le expliqué que la gente del desierto no andaba por ahí en camisilla y pantaloneta.

La pobre iba casi corriendo detrás mío que camino muy rápido siempre. Yo además andaba de botas y ella de chanclas. Yo mido 1.85 y ella 1.60. Un paso mío eran tres de ella. Yo iba tranquilo con mi sombrero negro y la pobre, iba insolada arrepentida de haber aceptado irnos caminando, cada tanto, como los niños pequeños, me preguntaba cuánto faltaba para llegar.

Doris Graciela es abogada, vive en Valparaiso, Chile y estaba de vacaciones un mes por Europa. Tiene los ojos enormes, la piel canela y el pelo negro liso hasta los hombros, no es ni gorda, ni flaca. Llegamos a las Termas, pagamos 6 euros por la entrada y nos sentamos en los jardines a hablar paja por horas. Recorrimos las ruinas en 15 minutos y nos sentamos en una banca con la vista de los jardines preciosos alrededor.

Hablando de nuestras ciudades favoritas del viaje, coincidimos en que Praga, en la República Checa es una ciudad mágica, con edificios encantadores, paisajes hermosos y una energía imposible de describir en palabras. Doris además, tenía un motivo adicional de encanto. Había conocido a David, un español y pasaron un día con su noche juntos en la ciudad. Se enamoró perdida en su viaje a Europa. Ahora hablaban todos los días y al final del viaje, Doris visitaría España para despedirse. Solo tenía que resolver un tema mientras, su novio Pablo en Chile.

Ese es uno de los riesgos de viajar o salir de la zona de confort, que a veces, encontramos que los que nos parece bien en el día a día, a lo que nos acostumbramos, es terriblemente aburridor comparado con lo que hay allá afuera. Yo sigo esperando encontrarme con eso que me mueva el piso.

Salimos de las Termas, pasamos por el Circo Massimo, que no era un circo como el que uno tiene en la cabeza, sino un estadio para carreras de carros de la antigua Roma. De este, tampoco queda gran cosa, solo un solar en ruinas. Tomamos el metro, nos bajamos en la estación República y almorzamos en un restaurante cerca de la Plaza del mismo nombre. Volvimos al hostal a hacer una siesta en el calor más horrible y en la noche salimos a cenar y a comer gelato con Hicham.

Hicham, tiene 32 años y parece de 42, es moreno oscuro, de cabeza pequeña, con el pelo crespo apretado cortico y bigote. Trabaja en una farmacia de Dublin en Irlanda desde hace siete años, y está planeando irse a vivir a California a finales de 2015. Vive solo, es soltero y su sueño es tener una familia grande con una esposa y varios hijos. Es la humildad y la tranquilidad hecha persona. Pero tanta bondad me aburre un poco. Me cayó bien, cuando nos contó que aunque era musulmán, no era practicante como sus padres, no hacía sus cinco oraciones al día mirando a La Meca. Creía que la única norma de la religión debería ser el amor y el respeto al prójimo, nada más. Aún así, no come cerdo ni mariscos y todos los años respetaba el Ramadán. Todo un mes, en el cual, los musulmanes, no comen nada, no beben ni siquiera agua, no fuman y no tienen sexo desde al amanecer hasta que se pone el sol. Hay años en que el ramadán cae en verano, y pueden pasar hasta 15 horas de ayuno diario por un mes. Con la cara de Hicham, seguro el ayuno de sexo, dura bastante más que el Ramadán.

En la noche, ya en el hostal, vimos quiénes eran los huéspedes de la habitación de cuatro camas, por los que cambiaron a Doris a mi cuarto. Tres tipos españoles, vestidos de pantalón y camisa por dentro, peinados de lado y con zapatillas de cuero. Cuando llegaron, sus caras de asombro de ver el chochal en el que se habían metido eran de foto. Uno de ellos, le decía a sus compañeros –Yo aquí no me quedo, coño! Pero por alguna razón, como yo, se resignó y se acomodó en el cuarto. Atravesaron nuestra habitación, mirándonos a todos como si estuviéramos enfermos de alguna peste contagiosa y se encerraron.

Más tarde, llagaron un chico y una chica de Minnesota, que aclararon que no eran novios, solo amigos y pálidos del susto después de haber subido en el ascensor de madera. Llegaban de Croacia, de la ciudad de Dubrovnic, donde graban escenas de varias temporadas de Game of Thrones y ahora es un destino turístico más conocido de cuenta de eso. Los dos estaban rojos como un tomate del sol que habían aguantado, se acostaron en sus camas a descansar, hasta que otro de los huéspedes del cuarto, un chino gordito que hablaba un inglés que no entendía sino él, le empezó a hablar en ruso al de Minnesota. El gringo no entendía que estaba pasando. Le explicó al chino que era americano y que no entendía nada de lo que le estaba diciendo, el chino soltó una carcajada y siguió hablándole en su inglés casi tan extraño como el ruso y preguntándole cosas del mapa de Roma. El hostal tenía un nuevo enamorado en su viaje.

Una de mis películas favoritas de la vida, es La Playa, donde un joven Leonardo DiCaprio dirigido por Danny Boyle, es Richard, un viajero americano en Tailandia que por accidente, se encuentra en la playa más hermosa, en una comunidad de viajeros escapados del mundo. La banda sonora de la película, es una joya en si misma, y uno de los temas, en la voz de Richard Ashcroft se llama Lonely Soul y dice:

God knows you’re lonely souls

I believe there’s a time and a place
To let your mind drift and get out of this place
I believe there’s a day and a place
that we will go to, and I know you want to share.

There’s no secret to living:
Just keep on walking
There’s no secret to dying:
Just keep on flying

Yo ando en esas.