La tengo aquí, recostada a mi lado, con el cuerpo sudoroso, cansada tras la actividad carnal que se llevó hasta hace apenas unos minutos. Sus piernas están enredadas con las mías, sacando mis intenciones por salir de la cama, por lo que me quedo con la mirada fija en el techo de la habitación, rememorando lo que me trajo a este preciso instante.
Miró su rostro, examinando cada facción. Sus ojos están cerrados, sus labios, ligeramente hinchados por el encuentro previo, sus mejillas están sonrojadas tanto por el esfuerzo previo como por la calidez de la noche. Una calidez que hace mucho no siento, por lo menos no del todo.
En mi pecho ahora queda el rastro de lo que alguna vez fuese una llama que calentaba mi pecho, de una época en la que sólo bastaba con pensar su nombre para sentir un vacío en el estómago, un nudo en la garganta y que los vellos de mi cuerpo se erizaran. Aquellos momentos en los que la tuve a mi lado son los que invaden mi mente en noches como ésta, donde al tren de mi pensamiento de le gusta viajar y hacer escalas en escenas precisas donde ella es la protagonista, donde ella me llevó al cielo para que ahora, en este infierno, las reviva de manera tan lúcida. Porque su re cuerdo viene a torturar mi mente a trapanarme el psique y decirme al oído que estoy condenado, atado de por vida a ella, aún cuando no esté a su lado, aunque haya elegido su camino entre los brazos de algún hombre que no soy yo. Condenado a trate ar de olvidarla infructuosamente, porque ninguna mujer será ella, no llenarán el vacío que existe dentro de mi corazón.
Mi alma tiene su nombre, grabado como si de piedra se tratara ¿Pensara en mi? ¿Logré de algún modo hacerme un pequeño espacio dentro de su corazón? Lo dudo.
Una pequeña lágrima recorre mi mejilla, prescindiendo a las muchas que le siguen. Lloro en el silencio de la noche, porque la mujer que hace unos instantes hice mía no es ella, porque ninguna de las mujeres que he tenido entre mis brazos huelen como ella, besan como ella. Mi mente termina por transportarme a su lado, por ponerla en frente de mi. Debo mantener mis ojos abierto porque cada vez que los cierro la veo a ella, la siento a ella, la beso a ella...
Limpio mis lágrimas con el dorso de la mano cuando siento como su brazo aprieta mi pecho y la oigo gemir de cansancio.
-Duerme, es tarde- me dice con voz fatigada antes de soltar un ligero bostezo.
-Está bien
Cierro los ojos y se hace presente. Sus ojos me ven directamente, conectando con los míos, sonriendo con esos labios a los que me volví adicto. Me dice algo que no logro escuchar.
-Te a...
