No escribo para ti, yo escribo para ninguno y también para todos, para quien decida tomar las palabras y volverlas suya porque le pareció que así fueron creadas, porque le dio la gana de armar y desarmar con ellas, porque fueron para ser tomadas, también transformadas, sin dirección fija, pero con una finalidad.
Hoy escribo para destruirte y construirme, y le prendo fuego a tu modelo de amor idealizado. Que se quemen todos los esquemas de amor posesivo con sus fantasmas respectivos, allá bien lejos, pero que siguen penando de cuando en cuando.
Mandaría a la hoguera todo ese romanticismo que alguna vez proclamé, y que hoy desprecio con tanto asco, y en el aire sacudir sus cenizas, de mis manos sucias y pies manchados. Y en la cúspide de la llama enrojecida de tanto arder, lanzaría los escombros del “yo” aniquilado, los residuos que fueron quedando del cuestionamiento constante de lo preestablecido, de la deconstrucción del yo idealizado, la feminidad impuesta y los roles de género aprendidos.
Porque el amor no se impone, el amor se construye, partiendo de una y sin condiciones. Aprendiendo a existir, en dichas y desdichas, aceptando tanto las lágrimas como las risas y así no anularnos ante la presión innecesaria que la sociedad ejerce sobre nosotras, deshumanizando a la persona ante el cliché de la perfección, de la felicidad infinita y el perdón en nombre del amor (inexistente), sometiéndonos a una violencia justificada “por el amor que todo lo puede”, porque de niña te enseñan que la soledad es mala y te siembran el miedo irracional de no saber valerte por ti misma. Te imponen la dependencia, lo posesivo, el miedo de no saber lidiar con uno mismo, a quedarte sola. Pero nadie te enseña que la soledad es parte del crecimiento, y que no se debe confundir con desolación.
Yo me construyo en base a un amor libre y finito, manifestado en sus múltiples formas, que yo misma voy creando y moldeando junto a quien elija acompañarme y esté de acuerdo en construir junto a mí (y no conmigo), rompiendo los esquemas de la monogamia eterna, de la persona objeto, de la pareja trofeo.
Yo no busco tu lástima ni tu compasión, yo quiero un abrazo y perderme en un par de besos, cuando te nazca dar, y a mi recibir.