O&A.
No podía creer lo que estaba viendo.
Ella solo era la chica más hermosa que había visto. Tenía que hacer algo. ¿Qué le diría? Estaba tan concentrada en su libro que pensé que no me escucharía.
Me armé de valor en un segundo y caminé hacia ella con determinación.
Fijé la mirada en su taza que tenía grabado “No me molestes, estoy leyendo”, y solo eso bastó para que cambiara radicalmente el sentido de mis pasos.
Regresé a mi asiento en la biblioteca, habían pasado quince minutos desde que terminé mi trabajo, y únicamente seguía ahí admirando a esa chica sin que ella lo notara. ¿Y cómo iba a notarlo? Si estaba en una burbuja…
—Disculpa ¿Me prestarías tu bolígrafo un minuto? —había sonado igual de patético en mi boca que en mi mente, pero aún así me había convencido de que esas fueran mis palabras.
Ella levantó la vista parpadeando varias veces y noté como regresaba a la realidad, mientas sus ojos marrones se fijaban en mí.
Tomó su bolígrafo y sin decir una palabra me lo dio, con una bastante leve pero amable sonrisa.
Yo tenía tres bolígrafos en mi mochila, pero como ahora tenía el suyo tuve que fingir que escribía algo, aunque ella no estuvo ni cerca de fijarse en lo que yo estaba haciendo. Se había ido de la realidad de nuevo con una rapidez increíble, mientras yo seguía aquí, buscando la forma de hablarle.
Me paré frente a ella y extendí mi mano con su bolígrafo mientras agradecí.
Era ahora o nunca.
—¿Saldrías conmigo? —cerré los ojos deseando que ella no hubiera escuchado la gran metedura de pata que acababa de decir. Los abrí cuando supe que era imposible. ¡La invité a salir!
Ella me miró extrañada, no había perdido la leve sonrisa y eso me sorprendió, pero solo pude reaccionar pidiéndole otra oportunidad, así que me di un giro, me dije a mi mismo que estaba empezando de cero y me senté junto a ella.
—Disculpa, pero pienso que eres muy bonita —creo que mis nervios se me estaban escapando, porque empecé a hablar rápido—. Quiero decir, hermosa, en realidad eres muy bella y yo… me gustaría que tú… digo… creo que… me gustaría conocerte.
Su sonrisa se alargó un poco y sus ojos se entrecerraron. Lo pensó unos dos segundos y me contestó con una voz noble y simple.
—¿Por qué no? —dijo al inclinar su cabeza un poco. Era espléndida. Era lo más encantador que me había pasado.
Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un infinito, pero humano a nuestra medida.



