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Atlanta S04E08 “The Goof Who Sat by the Door” Guion: Francesca Sloane, Karen Joseph Adcock, Donald Glover
La habitación de Giovanni - James Baldwin
Sí, quería quedarme ahí para siempre y comer mucho espagueti y tomar mucho vino y tener muchos hijos y dedicarme a engordar. Si me hubiera quedado allá, no te habría gustado. Te imagino muchos años después llegando a nuestro pueblo en el carro americano grande y horrible que seguramente tendrías en ese momento y te puedo imaginar mirándome a mí y todos los demás y probando nuestros vinos y cagándote en todos nosotros con esas sonrisas vacías que los americanos usan en todos lados y que tú tendrías todo el tiempo, y te puedo imaginar yéndote con un gran rugido de los motores y un gran ruido de las llantas y diciéndole al resto de americanos que conozcas que deben venir a nuestro pueblo porque es muy pintoresco. Y no tendrías idea de la vida que llevamos allá, una vida de sudor y lágrimas, una hermosa y terrible vida, de la misma manera que ahora no tienes idea de mi vida. Pero pienso que hubiera sido feliz allá y que no me habrían importado tus risitas. Hubiera tenido mi vida. He estado acostado aquí muchas noches esperando que volvieras a casa y pensaba en lo lejos que está mi pueblo y en lo terrible que es estar en esta fría ciudad, rodeado de gente que odio, donde siempre hace frío y hay humedad, una ciudad que nunca es seca ni cálida como mi pueblo, y una ciudad en donde Giovanni no tiene con quién hablar ni con quién estar y donde tiene un amante que no es ni hombre ni mujer, que no es nada que pueda conocer o tocar. Tú no sabes lo que es pasar una noche despierto esperando a que alguien vuelva a casa, ¿no es verdad? Estoy seguro de que no lo sabes. No sabes nada. Nunca te han pasado cosas terribles y por eso es que sonríes y bailas de la manera que lo haces y piensas que es verdadero amor la comedia que estás interpretando con esa chica de pelo corto y cara redonda.
-¡No amas a nadie!- gritó Giovanni mientras se sentaba-. ¡Nunca has amado a nadie y estoy seguro de que nunca vas a amar a nadie! Amas tu pureza, tu espejo, eres como una pequeña virgen, caminas por ahí con tus manos enfrente tuyo como si tuvieras, allí abajo entre tus piernas, algún metal precioso, oro, plata, rubíes, quizá diamantes, no lo sé. Jamás se lo darás a nadie, nunca dejarás que nadie lo toque, ni un hombre ni una mujer. Quieres estar limpio. Piensas que viniste aquí cubierto de jabón y que saldrás de aquí cubierto de jabón, y mientras tanto no quieres oler mal, ni siquiera por cinco minutos (...) Quieres dejar a Giovanni porque te hace oler mal. Quieres despreciar a Giovanni porque no tiene miedo del mal olor del amor. Quieres matarlo en nombre de todas tus pequeñas mentiras moralizadoras. Y tú... tú eres un inmoral. Por lejos eres el hombre más inmoral que he conocido en la vida. Mira, mira lo que me has hecho. ¿Crees que hubieras podido hacerme esto si no te amara? ¿Es esto lo que tienes que hacerle al amor?
La habitación de Giovanni - James Baldwin
Me miró y pude ver en su cara algo que ya había visto fugazmente durante las últimas horas, y era el hecho de que bajo su belleza y su fanfarronería escondía pavor y un gran deseo de caer bien que era terriblemente conmovedor y que, con angustia, me hizo desear abrazarlo y consolarlo.
Abruptamente comenzó a crecer en mí un intolerante deseo de volver a casa y no a ese hotel en uno de los callejones de París pagando la cuenta, sino a casa, a mi casa al otro lado del océano, de vuelta a las cosas, a los lugares y a las personas a las que irremediablemente, sin importar la amargura de mi espíritu, siempre amaría por sobre todas las cosas.
Con todo dentro de mí gritando: ¡No!, mi humanidad completa suspiró Sí.
Tenía el aspecto ahogado y paralizado de alguien que tiene más cosas que decir pero que no encuentra maneras de expresarlas.
Llevaba su masculinidad de la misma inequívoca manera en que llevaba su piel.
Atravesaba la calle como si fuera la luz misma.
Cuan largo ha sido el camino que he recorrido, pensé, para sentirme destruido.
Sentía culpa y estaba irritado y lleno de amor y dolor.
¿Acaso crees que no me di cuenta que mientras me hacías el amor en realidad no se lo estabas haciendo a nadie? ¡A nadie! O quizá lo hacías con todo el mundo pero era claro que conmigo no.
Pero quizá de vez en cuando Hella sentía que la manera en que me aferraba a ella era demasiado insistente como para que pareciera real, y ciertamente muy insistente como para durar.
Si me quedo mucho tiempo más, me olvidaré de lo que significa ser mujer. Estaba extremadamente fría, amargamente hermosa.
-Ay, por Dios, yo te quería a ti -me dijo-. Cada hombre que se cruce en mi camino me hará pensar en ti. -Trató de reír de nuevo-.¡Pobre hombre! ¡Pobres los hombres! ¡Pobre de mí!
-Hella. Hella. Algún día, cuando seas feliz, trata de perdonarme.
La habitación de Giovanni - James Baldwin
Creo que me sentía orgulloso de que su cabeza cayera justo debajo de mi oreja.
Pero cuando lo toqué esta vez algo pasó conmigo y con él que nos hizo pensar que nunca antes nadie nos había tocado de esa manera
En ese momento, por primera vez en mi vida, tuve plena conciencia del cuerpo y del olor de otra persona. Teníamos nuestros brazos alrededor del otro. Era como si hubiese estado sosteniendo en mi mano algún pájaro raro, exhausto, casi condenado, que encontré por milagro. Tenía mucho miedo.
Que esta noche recuerde todo tan clara y dolorosamente me hace pensar que en verdad nunca, ni siquiera por un instante, olvidé nada.
Lo que de pronto me hizo sentir miedo fue la fuerza y la promesa y el misterio de ese cuerpo (...) Pero precisamente lo que quería era conocer ese misterio.
No quería que me conociera.
La mera dureza de este juicio, que me rompía el corazón, revelaba también, a pesar de que no podría habérselo dicho, cuánto lo quería y la manera en que dicho amor, junto a mi inocencia, estaba muriendo.
Me di cuenta que estaba bastante contento de estar hablando con él y esto me intimidó.
Giovanni me miró. Su mirada me hizo sentir que nunca antes en mi vida nadie me había mirado directamente.
A pesar de que su dulce y tibio aliento me hacía querer vomitar, su tacto nunca fallaba en hacerme desearlo.
Me pregunté con un increíble y no deseado desprecio por qué alguna vez pensé que Giovanni era fuerte.
Pirates of the caribbean: the curse of the black pear (2003) - dir. Gore Verbinski / escrita por Ted Elliott, Terry Rossio y Stuart Beattie.
En el momento en que cualquier persona con una cámara se pudo haber convertido en cineasta, los dueños y creadores de los dispositivos vinieron a decirnos: no observes el afuera, adorna tu reflejo
Quizás ha aprendido a jugar el fútbol inglés, pero no le gusta el fútbol; quizá ha aprendido a admirar la eficiencia norteamericana, pero su alma se rebela contra la eficiencia; quizá ha aprendido a usar servilletas en la mesa, pero las odia, y a través de todas las melodías de Schubert y las canciones de Brahms, escucha, como tono mayor, el eco de antiquísimas canciones populares y de líricas pastorales de Oriente, que le atraen hacia todo lo de antaño. Explora las bellezas y las glorias de Occidente, pero vuelve a Oriente, pues su sangre oriental le vence cuando se aproxima a los cuarenta años. Ve el retrato de su padre con un gorro de seda, y deja su ropa occidental y se viste con túnicas y zapatillas chinas, ¡ah, tan cómodas, tan pacíficas y cómodas!, porque en sus túnicas y zapatillas chinas su alma puede descansar. No puede comprender ya el cuello duro de Occidente, y se extraña de haberlo soportado tanto tiempo. Ya no juega el fútbol, sino que empieza a cultivar la higiene china, y ambula entre las moreras y los bosques de bambú y los sauzales en busca de ejercicio, y ni aun esto es una "caminata" como la entienden loa ingleses, sino apenas un paseo oriental, bueno para el cuerpo y bueno para el alma. Odia hasta la palabra "ejercicio". ¿Ejercicio para qué? Es una ridícula idea occidental. Qué, si hasta el espectáculo de hombres crecidos y respetables lanzados a la carrera por un campo en busca de una pelota le parece ahora ridículo, supremamente ridículo; y más ridículo aun es envolverse en franelas calientes y tricotas de lana después del juego en un cálido día de verano. ¿Para qué todo esto? Reflexiona. Recuerda que él mismo lo gozaba, pero era joven, sin madurez, no era todavía él mismo. No fue aquello más que un capricho pasajero, y en realidad no tiene el instinto del deporte. No, ha nacido diferente, ha nacido para las reverencias y la paz y la tranquilidad, y no para el fútbol y el cuello duro y las servilletas en la mesa y la eficiencia. A veces piensa que es un cerdo, y que el occidental es un perro, y el perro molesta al cerdo, pero el cerdo sólo gruñe, y hasta puede ser un gruñido de satisfacción. Qué, si hasta quiere ser un cerdo, un verdadero cerdo, porque en verdad es muy cómodo, y no envidia al perro su collar y su eficiencia y su triunfo con la "perra-diosa". Todo lo que quiere es que el perro lo deje en paz.
Lin Yutang - Mi patria y mi pueblo
Sigue tu destino riega las flores
ama tus rosas
el resto
es la sombra de árboles ajenos
