Cuando leí el veredicto del juicio por el crimen de Lucía Pérez me sentí tan mal que corrí al baño porque pensé que iba a vomitar.
No necesitaba que me contaran el caso, lo recordaba perfectamente. Lucía tenía 16 años. La habían drogado, violado y asesinado. Tres hombres de 25, 43 y 61 años la dejaron sin vida frente a una salita. Se decía que había muerto porque su cuerpo no aguantó el dolor.
Recuerdo también que nos afectó tanto que se convocó el 19 de octubre al primer paro de mujeres (hecho que se reflejaría globalmente el 8 de marzo del año siguiente). Ese día ninguna de mis profesoras fue a dar clases a la universidad. Llovía a cántaros y cientos de mujeres se agruparon en silencio frente al congreso. Fue una movilización casi espontánea, nacida del enojo, indignación y tristeza que sentíamos. La historia de Lucía nos dolía en el alma y en todo el cuerpo.
Esto fue en el 2016. Hoy terminó el juicio y el resultado fue el siguiente: Todos absueltos, ningún culpable. Para los jueces no hubo delito. Sólo se condenó a dos de los hombres por tenencia de drogas.
Cómo este caso hay muchos, y en todas partes del mundo. Para nosotras no hay justicia.
Hoy estamos más juntas que nunca. No vamos a parar hasta cambiarlo todo porque si nuestras vidas no valen nada, no tenemos nada que perder.