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Le petite mort

@lepetite--mort

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¿Por qué usás crema después de bañarte?

¿Para qué nos ponemos la crema después de bañarnos? ¿O para quién, exactamente? ¿Es para aquel que algún día nos toque, el día que tengamos contacto humano con cualquiera? ¿Para ése que amás y que todas las noches pensás en él pero no va a pasar? ¿Para sentirnos menos intimidadas por todas esas compañeras rubias de trabajo, de ojos claros y pestañas perfectas? ¿Por nosotras mismas, bajo ese criterio de cuidar la piel para los años que vienen, porque salud es belleza? ¿Para que Santiago me vuelva a comer con los ojos, si alguna vez vuelve a pasar? ¿O para ser la envidia de esa amiga que no deja de subliminalmente compararse y hacerse ganar a los ojos de los demás? ¿Para ése que cree que ganó algo con vos por denso y porque le diste una oportunidad porque ya estás desesperada? ¿Para ése amigo del que creés que gustás pero sabes que más bien es un capricho, y que solo van a funcionar en la amistad, si es que la hay? Porque vos creés que es siquiera amistad, pero para él, para todos ellos, no. Sos nada. Un cero. Les da igual lo que te pase y son incapaces de preguntarte nada, ni siquiera para salir con ellos. Pero vos te pones crema para ellos, para todos ellos, que no se van a dar cuenta que te arreglás para valerles algo, dejarles una marca, porque, admitámoslo, ¿vos?¿marca? Nunca. Pero la esperanza no muere. O sí. Y la razón por la que te ponés la crema después de bañarte no es más que estar con la piel más suave en tu funeral.

Soñé con vos.

Soñé con vos. Soñé que conocía tu casa nueva, de esas viejas recicladas de Palermo, en una calle de adoquines. Pero no era Palermo. Soñé que tenía paredes rojas y blancas. Y pisos de madera. Y terraza. Y que en tu sofá blanco enorme nos acostábamos y nos abrazábamos. Y hacíamos el amor. Porque teníamos ganas. Porque me querías tener un minuto más a tus pies antes que yo me vaya. Soñé que me querías, aunque en la vida real no me querés. Hace meses que no hablamos y sólo nos vimos una vez. Pero falló. Se ve que yo sola quedé enganchada, o sólo encaprichada. Sólo te quería coger. Después me llevabas a mi casa. Porque en un momento de soñar con vos, mi familia quería que vuelva y no me pierda en tus ojos. O en tus caricias. Tenés manos que me hacen pensar que acaricias lindo. Tenés manos lindas. Soñé con vos, con el deseo de algún día tenernos entre sábanas, aunque no vivas en Palermo, ni tengas un Jeep para llevarme, ni una casa de dos pisos, ni me quieras, ni yo te quieras vos. Pero aún así, soñé con vos.

Domingo

La luz se filtra por las ventanas, por las cortinas, y el rayo de sol pega directo en el muslo. Quema. Me gusta ése momento previo a abrir los ojos cuando la consciencia se despierta e igualmente se ve lo que no estamos viendo con los ojos. Me levanto. Me rasco los ojos llenos de restos de delineador. La cara la tengo babeada y manchada de maquillaje. Es domingo, no esperes una princesa. Un café tibio, casi frío; un pan lactal sin nada. Un pucho. Me saco la remera y abro la ducha. Sólo quedo en bombacha mientras por unos minutos me ahogo en las gotas de agua. Un baño resucitador. Ya soy otra. Puedo salir a afrontar un Domingo en familia, un almuerzo forzado. El mismo restaurant. Los mismos invitados. Los mismos chistes de mi papá. La misma comida que se ordenó el Domingo anterior. El clásico de los Domingos. Volver a la casa es sinónimo de volver a la cama. Si me hundo ahí, no vuelvo a salir. Prácticamente muto en una sábana más con extensión de dedos para estar con el teléfono o mirar una película mala de la tele. Siempre pienso por qué los fines de semana las películas que pasan son tan chotas. Anochece mientras no hice más nada que dedicarme a apagar el cerebro. Y eso, éso si que es hacer mucho. Cuesta toda la tarde. Se va el día que tengo que aprovechar para hacer las cosas que en la semana no puedo. Pero no lo hago y en la semana me estreso buscando hacer todo junto. Pésima administradora de tiempos. Veo que es la hora de la comida del perro. Se pone contento. Es en el único momento que me da bola. Porque a mí nadie me da bola un Domingo. Se ve que soy buena para ser invisible. Las noches son las peores. Tienen olor a revolución. Me inspiro, me dan ganas de hacer todo. Me creo poderosa, que ésta semana sí voy a lograr lo que me propongo. Pienso en un corte de pelo. En cambiar de look. Porque me gusta la idea de cambiar de look y que el lunes todos pregunten. Los lunes es un día de preguntas. Me río por dentro pensando en qué voy a responder mañana en el trabajo. O a mi vieja. O a las chicas si sale el tema del fin de semana. ¿Qué pasó el sábado a la noche?. No importa, ya pasó. Lo viví mientras duró. No me puedo dormir. Estoy descansada y cansada. Doy vueltas en la cama, sin fuerzas para ponerme a hacer algo de todo lo que quiero hacer; sin poder dormir ya que no hago nada. Pasan las horas, pasa la madrugada. Mañana arranco cansada, lo sé. No hay café que aguante para despertarme. Voy a estar con sueño. Siempre tengo sueño. Pongo una alarma más, por las dudas.

Qué sería de ésa niña que vive adentro nuestro si no la alimentamos con chocolatada y Oreos. Qué sería de ésa niña que vive adentro nuestro si no la entretenemos con dibujitos animados en la cama los sábados a la mañana. Qué sería de ésa niña que vive adentro nuestro si no la preocupáramos con colores y juegos y no con el estrés de cada día. Qué sería, si sólo nos limitamos a ser grandes y arrugados antes de tener un poco de imaginación.

Las 4 estaciones.

Ella actúa como nuestros veranos, y camina con la delicadeza de la lluvia. Ella se oye como los ruidos de la primavera, y habla los lenguajes de un Junio atroz.

Fragmento.

Qué suave al tacto, esa piel tersa y pálida, con ese dulce olor a peonias blancas. Qué tierna y pura esa risa como gorgojo de bebé. Qué angelical y sublime esa mirada profunda, a su vez oscura, con los matices de algún cristal. Se pasaba contando los segundos de vida, cuántas veces respiraba por día. Se pasaba contemplando esa belleza tan perfecta, aún siendo imperfecta. Se pasaba llorando cada sorbo de su Copa de vino blanco, sinónimo de su autodestrucción. Se pasaba flotando en ilusiones que escribía pensando que tal vez, algún día, tendría la suerte de hacerlas realidad.

Cuentos cortos de verano.

Esa desazón y ese vacío que te deja cada discusión. De cuando alguien te consume el alma y te absorbe la energía, las ganas de amar. Él le succionó el corazón respirando las palabras que ella le decía y sin importarle más nada la dejó sola, marchitándose como una flor. La abandonó en una habitación sin paredes y sin ventanas. En una sala donde se pierde el mar de palabras, en un whatsapp. Viernes a la noche, él se fue y ella se quedó, con los gritos silenciosos de su corazón y una botella de vino en la mano. Blanco, porque para oscuro ya estaban las intenciones del hombre que dice que la ama pero le suelta la mano para que se lastime cada vez que se cae. Un ser que cultiva odio. A la primera noche fría de verano la deja ahogada en lágrimas o alcohol. Pero el también se ahoga. Sólo que en veneno o cervezas y tal vez Fernet. La madrugada avanza como sombra acosadora y la falta de luz abstrae los sentidos. Eventualmente nacerá otro día. Un día que no se sabe si es mejor o traerá más dolor. Esa desesperación que la fortalece a ella y lo debilita a él. Una nueva luz que calienta el ambiente lentamente al compás del agua hirviendo para esos mates vacíos y lavados, de las palabras que no pueden llenar el agujero con forma de corazón que quedó en el pecho, del abrazo enternecedor de esa amiga que te invita a la plaza o esos libros en los que hundir la nariz para no entender la realidad. La elección del desamor antes que dejarse llevar por algo tan dulce como el dulce de leche.