La primera vez que le vi fue en aquella estación de tren, parecía que estaba esperando a alguien; después de un tiempo se rindió, vio el reloj y se le hizo tarde, quizás no para llegar a algún lado, pero sí para llegar a una persona.
Entonces decidió ir a comprar un par de cigarrillos en la tienda que estaba a unos cuantos pasos hacia atrás. Se le veía triste, un poco perdida. Quizás rota. No sé, pero al verla también se me rompió algo dentro de mí (algo que sí odio es ser tan sentimental), no podía verla tan siquiera de reojo, todo estaba un poco oscuro, pero todavía le quedaba un poco de brillo en los ojos. Llevaba unos jeans azules y una blusa blanca que llevaba el símbolo de Nirvana.
Quería acercarme a ella, pero, de pronto, me dí cuenta de que era un completo desconocido, así que sólo la observé por mucho tiempo. Era preciosa, no sabes cuánto; no hablo solamente de su físico, porque llegué a conocerla a fondo. Toqué fondo con ella. Juntos. A veces nos hundíamos y no hacíamos nada para salir a la superficie, ni ninguno de los quería ser salvado. Estaba en el invierno de su vida, sin duda.
Cuando tenía malos días iba al bar de siempre y pedía lo mismo: Una copa de desilusiones con hielo. Hablaba de todo un poco, pero más sobre esas veces en las que se sentía culpable por haber alejado lo más lejos posible a las personas que quería tener cerca toda la vida. Aunque, a ser verdad: no puedes tener a alguien toda la vida, o mientras ésta te dure, porque llega un día donde la gente necesita darse una oportunidad a sí misma para ordenar sus prioridades, es decir, tienen que irse porque es prácticamente una obligación. Y no es que quieran dejarte, es porque ellas también están demasiado jodidas como para quedarse. A veces permanecer implica dolor.