Puedo amarte de lejos.
Casi como si fueses una roca de adorno en un estante por el que paso por delante todos los días pero sin tocar nada.
Aprendí a cerrar las ventanas en mi mente para no escucharlas diciendo tu nombre. Aprendí a sentirte cerca de a ratos delirando que el aroma que aún a veces recuerdo es realmente el tuyo.
Aprendí a no nombrarte en voz alta cuando hablo de cualquier cosa. Aprendí a dejarte aparte de mi vida pero de vez en cuando aún me siento en frente de esa roca a contarle mis días.
Encontré la distancia perfecta para convivir con tu recuerdo y tu presencia al mismo tiempo, sin que duela, sin que extrañe demasiado, sin que lo necesite esencial para estar bien. Solo aprendí a que hay tanto espacio entre nosotras, y que es el justo y necesario para no caer; y creo que casi sabiendo que si una lo necesita, va a estar a solo un par de pasos.
Aprendí a no tocar esa roca que sos en mi estante, porque si la toco puede doler, puede romper, puede desordenar. Pero aún así estas ahí, como si esa roca tuviera en el centro una luz que no se apaga, que alumbra lo necesario para que sepa que esta ahí. Que ilumina lo necesario para que sepa que es cálida, sin encandilar y sin que sea fría.
Simplemente aprendí a amarte de lejos.


