“Cuando yo era una niña, Micaela me caía mal. Trabajaba limpiando nuestra casa y lavando ropa ajena. La consideraba poco educada y hablaba tan alto que, aún encerrada en mi recámara, podía escuchar todo lo que decía y su manera de decirlo. Cada que la veía entrando por la puerta, quería darme de topes en la pared. Me avergüenza decir que, si no podía escaparme de la sala donde ella y mi abuela conversaban, hacía como que ni sabía que estaba allí. No la saludaba siquiera. Micaela no ha cambiado mucho. Usa faldas floreadas, largas y holgadas. Es alta, su cabello gris y largo, su piel arrugada y morena. Hace unos días, después de mucho tiempo, vino a visitarnos de nuevo. Mi abuelita estaba contenta y platicaron hasta cansarse. Me pidieron que encendiera la televisión porque ya casi comenzaba su telenovela favorita. Hubo un corte informativo: Quince muertos en volcadura y choque. —¡Quince muertos! —dijo escandalizada— Pobres familias, ¿verdá? —yo me quedé ahí sentada viéndola, por encima de mi libro, apuntar hacia el televisor— ¡Quince! ¡Quince gentes que no sabían que no vuelverían a sus casas! —decía, mientras ponía sus manos sobre la cabeza— ¿Oyistes? ¡Quince! La miré y asentí. Volví a mi libro, casi segura de que evitaría verla limpiar su rostro de lágrimas. Repetía quince una y otra vez. Por un segundo miré a mi hermana y leí en su mirada que pensaba que la señora estaba un poco loca. Me sentí molesta de golpe. Había una persona que realmente estaba siendo afectada por la muerte de otras que no conocía ni había visto antes y todos pretendíamos estar ocupados e interesados en otras cosas: mi hermana en un celular, mi abuela en la novela, mi mamá en la comida y yo en un libro. Todos asumiendo que Micaela estaba reaccionando extraño por no dejar de señalar a la televisión y de querer que todos supiéramos la cantidad de muertos y familias destruidas. Sí, era una noticia fuerte y era feo ver a alguien valiente diciéndonos que debíamos poner atención y que a ninguno nos importara. Lo que para unos es tragedia, para otros es estadística. Vemos tantas cosas terribles que nos volvemos inmunes al dolor ajeno. —Quince es mucha gente, qué triste que pasara eso— dije, le sonreí un poco y me sonrió de vuelta. Yo sólo quería que supiera que admiraba que para ella sí fuera tan importante.”
— Quince es mucha gente, Denise Márquez





