Mi bella Alhelí
De lo más profundo, de lo más pulcro que en su ser se hallaba; estaba ella o lo que quedaba de su ausencia.
Esa noche fría de otoño era el compañero de esta alma enamorada. Mientras sus pies, apresurados atravesaban la vereda que los separaba de su amada, él imaginaba el rostro que la chica pondría en el momento en el que él llegara.
Él frío se hacía cada vez más fuerte, comenzaba a calarle los huesos. En pocos días sería invierno. No había momento tan más sublime, tan mágico. Todo valía la pena si como recompensa, esos ojitos pispiretos y esa sonrisita cómplice lo premiaban.
Uno, quince, treinta pasos más. ¿Cuántos más tendría que andar? Estaba tan ansioso por llegar. Y es que luego de tenerla tan lejos, no podía esperar para verla ni un minuto más. Su familia se había ido se vacaciones a las montañas, así que su amada había estado fuera durante ese mes. Ambos procuraban escribirse diario y algunas noches, si la red estaba a favor de los dos románticos, hablaban por teléfono.
— Te amo, vida mía — le decía su chica de en sueño con esa voz aterciopelada qué sólo ella tenía.
— Más de lo que te pudieses imaginar, te adoro con locura, mi bella Alhelí — le respondía él, ensimismado al escuchar su dulce voz.
—Mi Leo, mi andar por esta vida ha sido un sueño a tu lado. Gracias por ser tú el que alegra mis días. ¡Jamás dudes que te amo!
— Jamás lo haría, vida mía. Sabes bien que somos inevitablemente atraídos, sin importar las circunstancias. De ti no me puedo escapar. Esta vida nos ha juntado y el universo ha conspirado a qué estás dos almas errantes se encontrarán y dejarán de vagar. — le recitaba él.
—Leo, ten por seguro que te amaré hasta el final de mis días.
El chico repetía una y otra vez la conversación con su amada de hacía unos pocos días. Era inevitable, tenía que hacerlo, de esa manera la sentía cerca, y por fin esa misma noche la vería.
La temperatura había bajado ya a su punto mínimo, habitual para esos últimos días de otoño. Más el chico al recordarla a ella se sentía cálido, ni el viento más gélido impediría que la viese. Se habían escrito la noche anterior, ella le había dicho que regresaría al día siguiente, y acordaron verse en la casa de ella en la noche, cómo todos los viernes.
Ahí estaba, a unos pasos de su amada. La residencia era amplia en extensión, y las hileras de cipreses que estaban en ambos lados del sendero anunciaban que ya había llegado.
Su corazón no reparó en contener la emoción que guardaba. Se permitía sentirse niño, se permitía todo por ella. Le había llevado un ramo de flores alhelí de amarillo vibrante, sus preferidas, y de dónde el había tomado el apodo “mi bella alhelí”. Eran flores que con tanta dedicación el procuraba cultivar para ella en el vivero que tenía en casa. El bello aroma de las alhelitas inundaban sus sentidos. No podía esperar a que en su rostro se dibujara una tierna sonrisa al sentir su aroma mientras él tomaba una de las flores para acomodarla en su sedoso cabello, de destellos cobrizos y dorados.
El sonido del picaporte de la puerta principal lo sacó de su utopía, en reacción involuntaria sus músculos del cuerpo brincaron por la sorpresa. Sería ella seguramente la que lo recibiría de inmediato.
Ante él, el padre de la chica. Un hombre más alto que el por una palma, robusto y con ceño fruncido como característica usual, de apariencia ruda pero con un corazón tan noble, el cual su hija había heredado en doble porción.
— Leo, hijo, pasa hace bastante frío.
Lo recibieron con la misma calidez de siempre, aunque lograba sentir un atisbo de melancolía en el aire… ¿Estarían cansados por el viaje? Al fondo, se escuchaba una dulce sinfonía, la favorita de su bella Alhelí, seguramente era ella quien la había puesto.
El café y los bizcochos colocados en la mesa de centro en medio de la sala y ambos padres sentados a la par, frente al novio de su hija.
— Necesitamos que leas esto Leo. — le decía el padre de la chica, mientras extendía un sobre con su nombre escrito en el.
El chico no era ningún tonto ni mucho menos ingenuo. Su amaba no lo había recibido, sus padres no le daban ningún indicio de que ella estuviera por bajar de su habitación, no la habían mencionado en lo absoluto y para terminar de alimentar la ansiedad que estaba por aflorar, le entregaban un sobre con su nombre escrito por el puño y letra de la chica. >>¿Qué está pasando?<< se preguntaba así mismo mientras intentaba aparentar serenidad sin mucho éxito.
Su cara debió ser un poema, por qué la madre le dijo:
>>¡Claro qué es de Leah!<< gritaba para su adentros. Sabía que era de ella, pero la cabeza le daba vueltas al intentar comprender todo aquello. ¿Qué acaso ella lo estaba dejando? — ¡Por todos los cielos, me está dejando! — musitó tan inaudible. Pero, ¿ por qué? ¿Qué había pasado? ¿Había hecho algo mal? ¿Era posible que sólo en este corto tiempo fuera lo dejara de amar?
Sus manos temblorosas tomaron la carta. La incertidumbre lo carcomía como polillas aborasadas alimentándose de madera; la ansiedad se había apoderado de todo su cuerpo. Se sintió inmediatamente enfermo, sudaba frío y había pedido toda capacidad de articular palabra. Los padres de Leah se habían retirado, suponía que para evitarse la pena de verlo llorar cuál alma en pena al enterarse que su hija lo estaba botando. Tomó una gran bocanada de aire para luego dejarlo salir quedándose sin nada de aire en los pulmones y comenzar a leer lo que ya temía encontrar en sus letras.
Recuerdo perfectamente una ocasión que en la escuela presencié como un compañero le daba un obsequio a una de mis amigas. A mis quince años yo tenía dos ideas muy claras, una muy distante de la otra supongo. La primera, era un detalle muy tierno y tan deseable para cualquiera; el segundo, eran a mi parecer, aún pequeños para entender eso del amor que ni yo aún conocía, pero aún así no le quitaba lo tierno. Al final, para amar, creo que no existe edad.
Me quedé pensando entonces, ¿cuándo me sucedería a mí? Y le conté a papá, a lo que él me respondió que yo sabría cuándo sería ese momento, sabría justo quién sería esa persona. Y aún con impaciencia de niña me prometí que esperaría, después de todo aún era una ingenua en eso que llamaban amor. Entonces, te conocí. Aquella niña sigue muy presente creyéndose aún pequeña cuando está delante de ti.
La Niña le dice a esta ahora adulta joven lo que piensa, y la adulta solo alcanza a decir entre su ensimismamiento, lo conmovida, entusiasmada y alegre que se siente de experimentar esto tan anhelado y atesorado para ella.
Mi amado Leo, a veces siento que mereces más de lo que te ofrezco. En ocasiones, me siento torpe mientras mi corazón y estómago, acelerados y en revolución, se hacen tripas corazón al quererte decir lo dichosa y feliz que soy por tenerte a mi lado. Pero aveces mi cuerpo no parece ir a la par de mis ideas… Así que torpemente atino a abrazarte mientras me aferro a tu cuello y te digo con un hilo de voz esperando a que no se quiebre y delate mi emoción y nervios desmedidos, por tantos sentimientos bellos que llevo dentro por tu causa. Me siento tan niña contigo, y me encanta, aunque aveces temo parecer una loca desquiciada por amarte como lo hago.
¡Por favor, perdóname corazón de mi alma!
Aunque quisiera decirte esto y más de frente, con voz propia, ya no podría. Lo hubiese hecho, eso tenlo por seguro, aunque para decir todo mi ser con claridad, concordancia y sin tartamudear, tendría que indudablemente leerlo desde el papel. Pero, no importa, ¿cierto? Por qué aún así, seguiría siendo mis palabras y mi esencia. Eso es lo que quiero que sientas al leerme aquí, ahora.
¡Por favor perdóname amor mío! Perdóname por no cumplir lo prometido. Mi llanto y mi pesar ha sido mi alimento y la amargura la que me asecha cada día, al saber que ya no podré estar contigo.
¡Ódiame, ódiame te lo pido! Siento que casi te lo podría pedir a gritos. Ódiame para que pueda estar tranquila. Porque preferiría mil y un billón de veces más tu odio a soportar tu tristeza y desdicha mientras aún me amas a desmedida inclusive en mi ausencia.
Maldije a la vida, cuestioné al universo. ¿Por qué nos ha hecho esto? Porque egoístas, conspiraron a nuestro encuentro y hoy nos castigan.
Mi luz en medio de mi oscuridad, mi paz en mis tormentas, ¡JAMÁS DUDES QUE TE AMO!
Mi aflicción es que ya no pueda verte más, pero mayor es mi melancolía al saber que yo seré la culpable del dolor que te avecina.
Desearía que para cuando leyeras esto yo aún estuviera con vida. Pero no sé, no soy tan fuerte amor de mi vida. Ya no me siento en este mundo, pero me aferro a él por solo un minuto de verte, porque mi paz sería cuando yo pudiera escucharte y abrazarte. Por ese motivo, aprovecho a escribirte, mientras me quede fuerzas, mientras aún disponga de mente.
Me iré amándote a desmedida, con mi alma. Gracias por amar a este pequeño ser imperfecto. ¿Sería egoísta pedirte que por favor, seas feliz vida mía? Perdóname si te lo pido. Sólo una última cosa exigiría al universo, y es que me lleve, pero que mi ausencia no te pese. Y no sé si exista otra vida, pero estoy convencida que te amé en esta vida y lo haría sin dudarlo en otras más. ¡Sólo tú existes!
Siempre tuya, tú bella alhelí.
¡Esto era una pesadilla, tenía que serlo! No suponen que momento, pero las lágrimas se desbordaron desmedidas por su mejillas, el apodo impregnado de ellas caía al suelo. Le faltaba el aire, su corazón parecía que ya no latía, sus sentidos paralizados, mis extremidades rígidas, gélidos escalofríos eléctricos le recorrían por la espina dorsal hasta extenderse por todo su sistema. Dolía, sentía que el pecho dolía, con ambas manos presionaba su pecho, en un intento vano de mitigar el dolor que en el sentía. Sentía como si mil espadas repetidamente lo hubiesen atravesado. Sus vista estaba nublada por el manantial que de sus ojos corría.
Se llevó ambas manos a la cabeza mientras la sacudía frenéticamente en negación. No podía, no su amada Leah. ¿Por qué la vida nefasta, se había ensañado con ella? ¿Por qué con ese ser que no lo merecía?
—Hijo… Leah — las palabras del padre fueron interrumpidas, una ola de tristeza lo inundó enseguida. Cabizbajo, sollozos suplantaron sus palabras, mientras infinitas lágrimas de sus ojos salían cayendo sobre la alfombra de la casa. Su esposa posó una de sus manos en el hombro del padre y este al sentir a su esposa se derrumbó de inmediato, cuál niño aterrorizado sin consuelo. Ella, de inmediato lo acunó como pudo entre sus brazos en un abrazo por detrás. Ella, también lloraba.
— Leah experimentó un infarto en el tronco cerebral. Todo fue muy inesperado, este lunes ella se encontró con dolor de cabeza muy fuerte y parecía que le costaba un poco hablar decía tener vértigo. Decidimos llevarla de inmediato al hospital, entró en estudios y los médicos determinaron que había sido solo en una sección del tronco y procedieron a programar de inmediato su intervención, nos aseguraron que habrían buenos diagnósticos, que eran un alivio que llegáramos a tiempo, procedieron como lo planeado, pero volvió a tener un infarto masivo hoy viernes por la madrugada. Cayó en coma y esta tarde…— La madre cayó, estaba demás seguir hablando…
Leo no entendía absolutamente nada. Nada le cuadraba, nada tenía sentido. Sentía morirse.
Debido a la mala señal telefónica los chicos habían logrado hablar ese domingo. Y leo había seguido conversando con ella hasta ese miércoles por escrito. Sí bien esos días no conversaron tan largo y tendido como siempre, creyó que era por qué su bella alhelí estaba aprovechando sus últimos días en las montañas que tanto disfrutaba. Ese miércoles ella le escribió temprano, avisándole que se quedaría sin red hasta el regreso a casa. Le había dicho que estimaban llevar para el atardecer, casi al caer la noche y que la viera en su casa como cada viernes antes del viaje. Nada de eso le pareció anormal. ¿Por qué nunca le dijo nada? ¿Por qué no le aviso que estaba internada?
La bella Leah siempre se distinguió por ser muy perspicaz e intuitiva, entre su mágica personalidad, parecía tener sangre gitana en las venas, porque de repente, muchos de sus presentimientos llegaban a ser tan acertados que sorprendían al mismo Leo. En infinitas ocasiones ambos habían comprobado lo mágica que era al momento de predecir acontecimientos, ella solía decir que simplemente sentía la convicción de que inminentemente lo que presentía sucedería. Podía distinguirlo más no sabía cómo explicarlo.
Ese día, ese miércoles ella lo supo. Supo que nada sería igual, sabía que el destino había hablado y que el reloj del tiempo se detendría para ella muy pronto. A pesar de las buenas palabras de ánimo de los especialistas, ella lo sabía, nunca se caracterizó por ser un ser pesimista, sólo sabía que moriría.
Cómo uno de los mayores retos que le había puesto esta vida, se dispuso determinante a despedirse de Leo. Y le escribió.
No quiso que nadie le avisara, hizo jurar a sus padres y familiares que no le dirían. Ella, a su manera, quería evitarle todo el dolor posible a su amor. Solo pidió, como ultimo favor, que se encontraran con él como ella había acordado y le entregasen la carta que le había dejado. Solo esperaba que él la perdonara.
Leo yacía inmóvil, las lágrimas habían dejado de salir y una rabia indescriptible le hacía hervir las venas.
—¡Yo debí estar ahí con ella, debí haber estado en el hospital! — le gritabas al aire, a la vida, al destino, al universo.
—Vamos hijo, además de venir a encontrarnos contigo venimos por ropa para ella, tenemos que irnos. Vamos, vamos a despedirnos de nuestra Alhelí.
Y cruzando el umbral de la habitación de su amada, cayó de rodillas al suelo. Ella nunca más estaría ahí. Jamás la volvería a ver reír. Sí contenerse se derrumbó, se quebró, todo el lugar olía a ella, un llanto ahogado y amargo salía de su ronco pecho, sintió morirse junto a ella. — ¿Por qué vida? ¿Por qué universo? Si ella era mi vida… —
De lo más profundo, de los más pulcro y sincero que en su ser se hallaba; estaba ella o lo que quedaba de su ausencia.