“Now the God of hope fill you with all joy and peace in believing, that ye may abound in hope, through the power of the Holy Ghost.” — Romans 15:13 KJV
Source: YouVersion

“Now the God of hope fill you with all joy and peace in believing, that ye may abound in hope, through the power of the Holy Ghost.” — Romans 15:13 KJV
Source: YouVersion
“The Blue Flowers” art based on Otto Dix painting. By The Weaver House.
Domingo por la noche,
yo me sigo preguntando porqué;
porqué me elegiste a mí ese día
y porqué, después de tantas caídas,
seguís bajando tu mirada,
buscando mi lóbrego rostro iluminar.
Maravillada con tu creatividad,
de tu mente aflora la majestuosidad,
grabada en mi memoria queda
de tus cielos estrellados la grandeza;
que es, a su vez,
tan sublime destello
de tu eterna divinidad.
Ante mis finitos ojos se asoma
la magna oportunidad
de tu perfecto amor experimentar,
y así, sólo por tu gracia podría yo,
un simple mortal,
ser testigo del perenne poder
del increíble Cristo Rey.
Escuchando la lluvia en la comodidad de mi habitación, un pensamiento recurrente no me deja dormir; me pregunto qué debe pasarle a un alma para que decida separarse de la más increíble presencia jamás antes vista.
¿De qué huyen? ¿a qué le temen? ¿han olvidado dónde queda el refugio?
Misericordia le falta a mi soberbio corazón para aprender a mirar con amor a los espíritus que siempre gimen, esperando una palabra de salvación.
Hasta que, cual extraña avalancha, amargas raíces de supuestos y dolores comienzan a golpear cada vez más fuerte las paredes del engañoso laberinto situado en el centro de mi pecho.
Penosos alaridos se escabullen de las profundidades y dudas estrujan mis cuerdas vocales. Ahogada por la incredulidad de un futuro incierto, me veo sentada en un rincón, despidiéndome de los sueños que brotan de lo más alto del corazón del Padre.
Noté mis rodillas raspadas, ni siquiera llegué a sentir la caída. Pero estoy en el fondo, y duele. Así como duelen también mis manos de tanto rasguñar las murallas en busca de aire fresco.
Sollozo al creer que no hay salida alguna a tal lamento.
De pronto, un destello de luz empieza a emerger entre la espesa neblina y un frío intenso recorre mi espalda. Algo se mueve bajo mis pies mientras que un sonido peculiar irrumpe en la oscuridad de mi mente.
¿Agua? ¿acaso estoy parada sobre un bote?
Recuerdo haber estado en esta situación antes; como Pedro, he vuelto al lugar de donde Su poderoso nombre me había sacado.
Siento humo, y en la orilla distingo fuego; a su lado, un rostro familiar fija sus ojos en mí. No puedo mantener la mirada, ¿cómo podría levantar la cabeza en su presencia después de haberme alejado tanto? La culpa carcome mis huesos.
En ese momento, siento arder mi corazón. Es su mirada de amor llamándome a sus brazos. Mi Espíritu se alborota dentro de mí: mi amado volvió a buscarme. No dudo y salto; el calor de las brasas queman todo rastro de negación y pecado.
“-Hija, ¿me amas?
-Sí, Señor, tú sabes que te quiero.”
Comprendí: siempre somos propensos a fallar, mas Él no falla.
Un amor tan grande no puede ser entendido, sólo puede ser vivido.
when i’m falling
-and falling again-
i can feel your arms around me
and your sweet voice of mercy
holding my soul;
that’s when
from my innermost being
rivers of living water flow
En este versículo leemos acerca de el Señor Jesús cuando se encuentra orando en Getsemaní momentos antes de ser entregado a su muerte. Podemos leer que él estaba en agonia, ya que él sabía lo que le ocurriría, la cruz, los clavos, y todo el dolor, y la humillación por la que pasaría. Así que él ora y le pide al Padre que si es posible que pasara esta copa de él, pero no su voluntad sino la de él Padre. Seamos como nuestro Señor Jesús que aún en medio de la angustia, del temor, y de la incertidumbre, se acercó al Padre en oración y fue completamente sincero con él. Pidamos a nuestro Padre la valentía de nuestro Salvador Jesús, para que aún en medio de todas las circunstancias podamos acercarnos en oración en vez de alejarnos, y cumplir Su voluntad cueste lo que cueste. Él no nos dejará desamparados sino que enviará de Su fuerza y Su consuelo.
“¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, no se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan, y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. (Isaías 40:28-31).
No sabía muy bien cómo sentirme desde que empezó este nuevo tiempo. Un tiempo de cambios, de un “nuevo normal” como dice Spyker, un tiempo en el que lo más difícil de procesar pero que más claro quedó es lo fácil que es desenfocarse. Antes de este tiempo pensaba que al fin la tenía bastante clara y que todo se iba encaminando, pero un día cambió todo. Lo que parecían ser dos semanas de pausa a las actividades habituales, se convirtió en una nueva forma de vivir que me descolocó por completo.
Para marzo, ya había avanzado en una serie de decisiones importantes en mi vida, tenía una visión firme y había comenzado a trabajar en mejorar día a día mi relación con Dios; pero en los últimos meses de confinamiento, incluso eso se vio afectado. En mi mente sabía qué camino seguir: estaba trazado y planeado, bastante estructurado; pero de mi corazón comenzaban a aflorar disyuntivas: de repente, me encontraba frente a una herida que a mi parecer ya había sanado, pero Dios me mostraba que en lo profundo todavía habían quedado rastros de dolor que era necesario limpiar y curar; también me vi dejándome ganar por emociones que me hacían retroceder en decisiones ya tomadas. Otra cosa que me sorprendió fue con qué facilidad volvía a plantearme un hipotético camino fuera de lo que Dios ya me había hablado. Estas cosas, y muchas más, son las que aún estaban arraigadas a mi corazón. Pero, ¡¿cómo?! No se suponía que fuera así. No leí los libros que traje para terminar, no oré el tiempo que me había determinado orar, no estudié ni me dediqué lo que me había propuesto. Nuevas actividades ocupaban el 80% de mi tiempo, y lo que quedaba me distraía en las redes sociales. Me encontré a mí misma influenciada por miles de factores externos, otra vez. Al notar esto, comencé a dar todo de mí para intentar cumplir con todo lo que me había propuesto, pues no quería retroceder más. ¿El resultado? Una Lucila decepcionada y cansada. Le dije a Dios que necesitaba un descanso de tanto pensar e intentar, que por unos días no iba a leer ni hacer nada más para Él. ¿Para Él? ¡Como si Dios necesitara de mí, y no al revés! Me sentía exigida. ¿Exigida por Jesús? No, exigida por una Lucila que había perdido de vista lo más importante: más que actividades y maneras, era el corazón.
Jesús conoce el corazón, conoce nuestras mañas y caprichos, conoce nuestras estructuras y nuestras debilidades. Me conoce, te conoce. Tuve que apartarme un momento y dejar de hablar, sólo sentarme a escuchar: Jesús nunca dejó de hablar a mi corazón, sino que fui yo quien había decidido escuchar otras cosas más que a Él. ¿Y sabes qué me dice cada vez que me siento atenta a sus pies? Me dice que si me caí, me vuelva a levantar y que si me equivoqué, él me ayuda a mejorar a cambio de entregarle aquello que me hizo tropezar (o con lo que quise tropezar); me dice que me restaura y me abraza, que su amor me renueva, me da valor y me lo recuerda todas las veces que sean necesarias; me dice que Él es mi descanso, mi refugio, y que su cruz es el lugar de nuestro encuentro. Él me justifica, me perdona, me limpia, me salva. Jesús me hace entender que el fin en sí mismo no es cumplir sueños, propósitos, santidad o alcanzar el éxito, el fin no es la perfección, no es un cumplir con las tareas. El fin último, y único, es una relación íntima, fuerte, firme y honesta con Él. El resto es añadidura. Es imposible ser amado por Dios y AMARLO con todas tus fuerzas y que eso no lo cambie todo.
“Hace ya mucho tiempo, el Señor se hizo presente y me dijo: ‘Yo te amo con amor eterno, por eso te he prolongado mi misericordia. Yo volveré a reconstruirte, virginal Jerusalén. Y serás reconstruida, y te adornarán con panderos para que dances con alegría.’” Jeremías 31:3-4
Estuve leyendo un par de viejos escritos,
no me reconozco.
Parecía tan vacía, tan carente de sentido,
anhelando con todo mi corazón una gotita de amor
de alguien que no me llenaría ni un tercio de lo que lo haces vos.
Sumergida en emociones, casi que no podía respirar,
me sentía morir un poco más día a día.
Vos sabes cómo está hoy mi corazón;
es todo un proceso, de verdad.
Por un momento pensé que era la misma persona de entonces,
y me desanimé un montón.
Hasta que me llevaste a recordar el pasado,
a recordar de dónde me sacaste.
Gracias, porque aunque me encuentro en una situación difícil,
vos no me abandonas nunca.
No sé cómo haces para darme tanto siempre;
todos los días me regalas algo nuevo.
Realmente no te merezco,
es decir,
me equivoco,
fallo,
caigo,
siento que te decepciono tanto
pero cuando te miro,
tus ojos me muestran una compasión
que hace latir mi corazón
y no puedo contener las lágrimas.
Me duele no ser suficiente,
sin embargo, vos me amas igual.
A veces creo que estás re loco.
Y eso me vuelve loca a mí. Me hace sentir viva.
Hola,
¿te sorprende verme por acá?
yo sé que no, sabías que iba a volver
y yo también lo sabía.
hace días que sólo duermo,
pero hoy, aunque intente una y otra vez,
no puedo conciliar el sueño.
es extraño, no sé qué le pasa a mi cabeza
me siento un poco confundida.
no es que dude de vos,
pero todo parece tan incierto
que ya corrí a esconderme en la indiferencia.
No me había dado cuenta
de lo cobarde que soy.
esto todavía está en mi corazón.
y vengo a regalartelo
como ofrenda viva.
Perdón,
es que te necesito
todos los días.
Hace un tiempo vi un tuit que hablaba sobre lo “fácil” que es ser creyente:
“es para débiles mentales” sentenciaba, y seguía: “es más fácil creer en la existencia de un ser divino a quién llorarle”.
Wow, realmente me impactó con cuánta ligereza se puede hablar de las creencias, qué tan rápido se puede subestimar a un cristiano.
¿”para débiles mentales”? ¡¿por qué nadie me lo había dicho antes?! ¡Y una acá, como tonta, dándole lugar al Espíritu Santo para tratar temas super profundos!
Me da un poco de gracia el recordar que yo era de los que hacían ese tipo de comentarios, ¡qué veloz era para juzgar a los demás! Claro que en ese tiempo no conocía a Jesús y, por supuesto, nunca había pasado por mi mente lo que Dios quería hacer en mí.
Poco tiempo después de abrirle mi corazón a Cristo, entendí la valentía que se necesita para transitar por el camino angosto: tenés que enfrentarte sí o sí a lo que hay en tu interior para poder avanzar. Muchas veces dije que no, huí, quise esconderme: era demasiado doloroso. Pero Papá, con toda la paciencia y el amor del mundo, me busca y me ayuda a encararla de nuevo, cada día. Esa es la diferencia entre hacerlo solo y hacerlo de la mano de Dios. Cuando duele, él está ahí para ayudarte a enfrentarlo; cuando caes, él te levanta, te abraza y besa tus heridas. Como un médico, sana cada lastimadura del cuerpo y del alma.
“Seguir a Cristo no es para cobardes” dije una y mil veces. No fue fácil y sigue sin serlo, pero nada se compara a la paz y plenitud de permanecer en sus brazos.
uno predica la desolación,
el otro, la plenitud
Matthew 5:44
de todos los colores, texturas y sabores, cada una de tus tentaciones viene a buscarte esta noche ¿cómo podrías decirles que no?
DEBES decirles que no
cuando leo, nadie me persigue
yo soy el que persigue
persigo a Dios
se escucha cómo el viento rasca las hojas
a veces suena como balas
otras, como aplausos
es que ya me cansé
de reclamarle a Dios
y exigirle respuestas,
preguntarle cómo fue que pasó
y por qué razón
no puedo tenerte todos los días
seca;
agotadas las palabras,
en completa escasez,
ni lágrimas puedo regalarte
esta vez
Quizás algún día
nos volvamos a encontrar
más confiados y más seguros,
con más cancha
y las vidas acomodadas por los años.
Pero qué cobarde me siento
mi amor,
al intentar conformarme
con aquella remota posibilidad.
cuánto duele el adiós;
me quedó la cama deshecha,
igual que el corazón.