Confusiones no tan confusas.
Mi reloj marca las 23 horas con 30 minutos, y tal vez tú podrás pensar “¿por qué no sólo dice las once y media?” Mientras yo te imagino formulándote esa pregunta.
Tu mera ausencia está sentada a lado mío susurrándome palabras al oído de todo lo que alguna vez quisiste decir, pero no pudiste por el miedo a ser roto; y no te culpo, cuando se trata de malas experiencias soy de los mejores.
Tiene aproximadamente 48 horas con minutos no contados desde que me dijiste que tenías que partir, pero me dejaste bien acompañado. Tu ausencia me dice que estás mal, que necesitas alejarte para despejar tu mente de las nubes negras que molestan a tu cabeza; pero, si tan sólo supieras que podrías quedarte en mi cabeza llena de nubes blancas en dónde no hay un cielo azul, porque para eso existes tú, mi cielo.
Son 48 horas con minutos no contados llenas de preguntas sin respuesta, llenas de dudas y llenas de un azul muy intenso, y no precisamente un azul bonito.
Ambos decidimos despegar muy rápido, nuestro cohete tomó grandes alturas antes de que pudiéramos tan siquiera parpadear, o suspirar. En nuestro fugaz viaje a lo que creí que era el cielo pude ver diferentes constelaciones, pude ver cometas y pude ver diferentes planetas; todo tan grande, todo tan colorido, todo tan mágico.
Pero en un abrir y cerrar de ojos alcancé a ver qué estábamos muy lejos del cielo, y lo que creía ver como constelaciones, sólo eran pequeñas estrellas juntas, lo que creía ver como cometas, eran estrellas fugaces, y lo que creía ver como planetas, simplemente eran luceros.
En una oración tan sencilla como lo es un “¿te sientes bien con nosotros?” Caímos sin aviso alguno al mar, varandonos en una isla desierta sin vegetación, en una isla tan pequeña que no nos quedaba de otra más estar tan juntos, tan apretados, nunca con un abrazo, nunca con un beso.
El ambiente se tornaba tan frío y tan nublado que nuestra marea comenzó a subir, y ahí fue cuando uno de los dos tuvo que tomar un barco hecho para una persona; y para cuando voltee a verte tú ya estabas empacando tu dolor y tu pequeña pizca de amor mientras yo con mucho esfuerzo me alejé dos pasos de ti sintiéndote 20 vidas más lejos.
Estando lejos no pude darte el “hasta pronto” que me hubiera gustado regalarte, ni mucho menos vi tu barco zarpar, pero ese mismo día con el humo saliendo de mi boca susurré en voz muy alta “voy a estar esperándote aquí pacientemente para ver qué es lo que encuentras”.


