“Ella me rescató de mi inevitable caida, me acogió entre sus brazos y me trató como a uno de los suyos. Ella conocía mis pecados y faltas, pero no me juzgó como todos los demás, por el contrario, se portó comprensiva e intentó corregir mi desviado rumbo. Ella también estaba rota, pero eso no cambió que por eso no me ayudara. Ahora me siento en deuda y aunque sé que jamás me pediría nada a cambio, siento la necesidad de ayudarla y salir de esto juntos, porque de eso se trata la amistad, de aceptar, de confiar, de apoyar sin esperar nada a cambio.”
— Ricardo G.









