Tremendo señor

Lo lleva todo grande. Conduce un motarrón de 1200 centímetros cúbicos con un carenado anti-tanque. Las puntas de sus zapatos de punta se alejan cinco centímetros de las puntas de sus dedos. La americana de tweed es grande, voluminosa, le queda ajustada pero parece un traje de neopreno. Saca una estilográfica kilométrica en honor a Marilyn para firmar en sus tarjetas grandes de cartón grueso y pesado. Su ego es enorme, tanto como su culo cubano. Pero no es cubano, es de Vic.

Trabaja en el sector del diseño y ha escogido dos caminos simultáneos: el diseño floral y el diseño de interiores. Las dos tiendas son contiguas y, evidentemente, muestran objetos monstruosamente grandes en sus escaparates. Solamente tiene empleadas. No hay un sólo hombre en su plantilla de 16 personas, contando ambos establecimientos.

Un día me enseña con orgullo un graffiti horroroso que ha colocado de forma caprichosa en una columna de un local que él ha diseñado: un lugar donde los dorados, el roble y la piel de vaca son el mandatorio. Esa mácula, esa mierda de manchurrón es lo que me hace sospechar. Es de un grafitero que he conocido, dice. Es muy bueno. Es un artista.

Tiene a sus empleadas hechas un ovillo de nervios, se encogen sobre sus teclados como flores sin agua. Las trata como ganado. Les alza su voz grave y gesticula con sus manos enormes haciendo que el vello de sus dedos produzca latigazos. Es calvo pero tiene una barba cerrada, tiene pelo hasta el mismísimo nacimiento de los labios. Gruesos. Y una nariz de hombre de campo y unos ojos pequeños de hombre de campo. Tiene muchísimo dinero. Gana casi tanto con las flores que con el interiorismo.

Nuestros encuentros de trabajo siempre los marca un tono de desprecio, una generosa arrogancia. Me lleva diez años, tampoco es tanto. El graffiti sigue dándome vueltas en la cabeza. No encaja. Entre tanto lujo de metales pulidos y cristal grueso del que escasea, entre lámparas de Jaime Hayón y pantallas de leds con mensajes auténticamente interesantes, nada me da una pista.

Ah, pero entonces llega el día. Nos encontramos fortuitamente en un bar caro, no lo ha diseñado él y por eso está tranquilo. Compartimos un cigarro en la puerta y me cuenta que acaba de diseñar otro local. Un nombre olvidable, por eso lo he olvidado. Me habla de tatuajes y pin-ups, de motos grandes, de rosas de los vientos. Me dice que el graffitero de su otro proyecto, el de la columna, ha hecho su ópera magna en las paredes de este nuevo. Ha plasmado el imaginario del mundo old school, ¿saps? “L’estil aquest.” Es más, se siente generoso, tal vez por los dos palmeros de ron que le he visto echarse garganta abajo. Así que saca su móvil y me enseña fotos del lugar en cuestión. Va muy rápido pero se para en una en concreto. Yo estoy mirando la pantalla y esa pausa me hace mirarle a él. Me lo encuentro mirándome con complicidad, con las cejas peludas y arqueadas, con una sonrisa llena de dientes y asiente repetidamente con la cabeza. Vuelvo a mirar la foto, me fijo. Te pillé.

La foto es del umbral interior de la puerta de entrada al local. Hay un marinero muy musculado, enormemente contorsionado pese a estar en posición de maja. No lleva camiseta. Tiene mucho pelo en el pecho, mucha barba, una barba cerrada. Es calvo. Es él.

La puta reina de los mares. La reinona está presidiendo el local y entonces todo cobra sentido retroactivamente. El tío es un maricón de órdago. No es un gay, ni un homosexual, no. Es un maricón. Los maricones son hombres mucho más machos que el resto. Alfamanes peludos anabolizados. Toros de lidia cruzados con osos pardos: una aberración de testosterona, vamos.

Las fotos del local lo revelan todo como en un fresco pompeyano: está él pintado sobre la puerta, el dueño fotografiado fumando con una cara de señora que no puede disimular, está el encargado que es un travesti y una serie de dudosos tritones musculados dibujados en el resto de las paredes, amén de otros motivos relacionados con la estética rockanrola más moderna. En ese lugar no se va a tomar el té, desde luego. Aunque está nuevo y reluciente en las fotos, uno puede intuir la vibración de las noches allí, los soplidos, las corridas sin resuello. Me enseña la catedral de Sodoma sin inmutarse, sin darse cuenta de que me lo está contando todo.

Y lo hace por una razón muy bonita el muy cabrón. Se le caen todos los mecanismos porque su colibrí, (el graffiti desafortunado de la columna era un colibrí) se ha saltado las reglas y le ha retratado por sorpresa sobre la puerta. El muy hijo de puta está enamorado del peor graffitero de Barcelona, pero no le importa, ese amor atraviesa todo el criterio que arroja sobre su trabajo y sobre su imagen siempre impecable. Y todos los gestos y las estrategias de encubrimiento se le han caído como deben caer los pantalones anchos de su colibrí, justo antes de ser reclamado, supongo que por algo también enorme. Como su mala educación, como su gran corazón de hombre de campo.

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