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Ganadería hermanos Domínguez [546]

Ganadería hermanos Domínguez, Funes, Navarra, a photo by Rufino Lasaosa on Flickr.

Una foto para un día: divisa de la ganadería hermanos Domínguez, Funes, Navarra

Más fotos de la Ganadería Domínguez

Una de las ganaderías punteras de Navarra que ofrece toda clase de servicios dentro de la categoría de festejo popular. Desde el típico recorrido del encierro, como la plaza de toros portátil y la suelta de reses en la plaza de cualquier localida como el toreo de becerros pero sin muerte, concurso de recortadores con anillas, forcados en Portugal, roscaderos de Aragón, etc.

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Exiliados #01: Juan Manuel Domínguez

¡Nueva sección! Esta básicamente la inventamos para poder hacerle preguntas a Juanma, la persona que encabeza el Salón de la Fama de Los caracteres: él fue quien presentó a los responsables de este sitio, o sea que, de algún modo, nada de todo esto hubiera sido posible sin su aporte. También es una sección que Los caracteres siente cercana, siendo que Violeta vivió su infancia en Chile y Lucas nació en Tierra del Fuego. ¿Qué tanto nos define el lugar donde vivimos? De eso se trata “Exiliados”, que arranca así:

Hola Juanma. ¿De dónde sos?

De hecho, soy un paria. Nací en Buenos Aires, cerca del Parque Centenario (mis hermanos me decían que había nacido en un pool, lo cual hubiera sido bastante cool). A los trece años nos fuimos con mi familia a vivir a San Nicolás, la Ciudad de la Virgen (take that in the asjole, Lujan!). Entonces, en San Nicolás era el porteño puto, y acá el nicoleño puto. Lo que más dolía no era el error geográfico. Siempre quede obsesionado con volver a Buenos Aires. Venía muy seguido y saqueaba el Parque Rivadavia –cómics, videojuegos, casetes, recitales, revistas de pu…oops–, y después volvía a mi Sega. Más que en San Nicolás, vivía a 16 Bits (quien diga que no le decía “El Sega” está mintiendo). A los diecisiete terminás el secundario y no da quedarte allá. La lógica era ir a Rosario –está a 50 KM– pero yo me encapriché con volver. Aparte ya estaba acostumbrado al “nicoleño puto” y al “porteño puto”, un tercer “puto” hubiera sido demasiado. Vine de vuelta justo durante esos cinco días que Buenos Aires estuvo sin luz en 1999 –creo–: siempre es una gran idea mudarse cuando no hay ni agua ni luz.

¿Cómo fueron los primeros días?

Algo ya conocía, y hoy, más viejuno, me cuesta recodar el miedo de andar acá solo. Siempre es buena la lista de comidas que te hacés los primeros días (creo que una vez hice un hígado que no comería ni el Chavo en Auschwitz). Pero lo tremendo fue la cantidad de pizza de Ugi’s que comía: me llevaba un plato –¡te cobraban la caja los cara de verga!– y pedía dos porciones. Ni las cucarachas comían tanto Ugi´s. Una vez, yendo a ver a mi hermano Alejandro a Liniers, me subo al 86 equivocado, me bajo justo antes de que suba a Ezeiza, y le pregunto a un flaco dónde está la Avenida Rivadavia. Me mira y se me caga de risa, como si estuviéramos en Namibia. Una señora ve esto, y me dice: “Es para allá. Pero tenés como noventa cuadras”. Me agarró terror. Pensé que iba a vivir por siempre ahí. Entonces empecé a correr ¡las noventa cuadras! (Ponele que no fueran noventa, pero para mí, yo estaba lo más cercano que podía llegar a estar del desembarco en Normandia). Hasta que llegué. Lo hermoso fue que llegué a Rivadavia y me comí una Ugi´s. ¿Vieron Popeye y la espinaca? Bueno, todo lo contrario. Igualmente los difíciles no son los primeros días, sino los días en que realmente extrañás a tu gente, y te vas dando cuenta de que tu casa no es más tu casa. Los primeros, vistos hoy, son divertidos. Cocinás mierda con arroz –comés más arroz que Kung Fu Panda–, caminás mil millones de cuadras con tu walkman, es medio una aventura. Lavás la ropa como el ojete –si la ataras a una rueda de un Fórmula 1 quedaría mejor–, sos re pendejo, re libre y no te das cuenta.

¿Cambiaron mucho tus costumbres?

Bueno, considerando que dije la palabra “walkman”, es obvio que las costumbres que cambiaron son más de época. En San Nicolás, mi máxima tarea era “Los Mandados”. De hecho, hoy día, en el consejo de la ONU familiar, yo represento “Los Mandados”. Debo haber escuchado “Juani, hay que ir a comprar….” 18.965 veces. Y todavía me quedan un par más. Supongo que empezar a laburar y hacerme workaholic es el gran cambio (el Sega esta ahí, y de vez en cuando lo prendo). En esa época hice de todo: telemarketer, vendedor de obras sociales de puerta en puerta, canillita (eso sí que fue lo más). Ahora no puedo estar sin tener un trabajo zumbando en el cerebro. Creo que el cambio es que sos menos libre, no te das cuenta la inmensa libertad que tenés de pendejo.

¿Con qué frecuencia vas de visita?

Ahora hará uno o dos meses que no voy, pero están mis viejos ahí, así que trato de ir seguido. Los adoro. De hecho, eso es un cambio de la distancia: entendés a tu viejos, salís del casetito grunge de “papá no me entiende” o del más día-a-día “Facundo no hace mandados hace dos días,ma” y los ves desde otro lugar, más humano, más noble, supongo. Y es raro: vas y estás, y a los tres días querés irte, o sentís que te va a pintar el Mark David Chapman, y te vas dando cuenta de que una familia es un grupo de gente que se quiere porque compartió algo irrepetible. Y a veces eso efervece alegre o se fosiliza manchándote un poco. De hecho, mi casa la remodelaron, entonces es raro, es como que cambiaron el set, como que es otra temporada. Lo que extraño más es el día a día con mis hermanos. Es el día de hoy que las dos reglas de la casa se respetan donde quiera que vaya: “la posición obliga” (hasta mi madre la emplea; el que queda en cuatro o inclinado se come un puntinazo digno de Guile en el Street Fighter 2 –¿viste esa toma que siempre te caga cuando saltás contra el chabón?–) y “el que se acaba la jarra, la llena” (eso llevaba a días, o meses, de una jarra con tres gotas de Tang que nadie tocaba). Estamos ahí y es como si nunca nos hubiéramos armado otra vida, otros hermanos: mi hermano llega, se baja el lonpa y me tira un misil en la jeta. Y vos te cagás de risa.

¿Pensás en volver a vivir en San Nicolás?

No sé, no creo, aunque nunca se sabe. Esos nicoleños putos capaz te necesitan. O vos a ellos. Por lo pronto, son todos putos. ¿Por qué? No sé, si pudiera descubrirlo ganaría el Nóbel de Medicina.

¿A qué amigo tuyo pensás que le gustaría vivir allá?

Tengo amigos que viven ahí y les gusta. Creo, bah, en el sentido de crecer ahí, y de cierto ritmo, que es una decisión que tomas más de pendejo. Si tenés la posibilidad de hacer ese destino una decisión. Supongo que si tenés hijos chicos, en cierto punto la rompe. Pero si tenés dieciséis años te querés matar fuerte. Digo, la gente ahí no salió ni para el cacerolazo de 2001.

¡Gracias Juanma!

Freelancers #06: Juan Manuel Domínguez


Resulta que cuando Juanma contestó el cuestionario de Exiliados, todavía no existía el de Freelancers. Nos parecía una picardía privarnos de sus respuesta en lo relativo a esta sección, porque es uno de los freelancers más extremos que conocemos, así que decidimos repetir un personaje por primera vez. En algún momento iba a pasar. Pero como para darle más peso a la decisión, esta semana va a estar dedicada íntegramente a los repetidos: gente que ya pasó por alguna sección, pero a la que le daba el cuero para reaparecer. Empecemos…

Hola Juanma. ¿Cuánto hace que trabajás freelance?

Digamos que dos años, o un poco más. Sinceramente, llegué a un punto donde tenía los huevos congestionados de mi ex laburo (como siempre, en el recuerdo, mega precioso) y tenía mucho laburo escribiendo. Entonces me tiré el (free)lance de ver qué onda esto de ser tu propio jefe y, al mismo tiempo, tener seis jefes distintos. Elección y necesidad. Digamos que ser freelance consiste en tres laburos: conseguir el laburo, hacerlo y, oh my gosh, cobrarlo. Y uno de esos tres, “el hacer el laburo”, me permite laburar en pelotas en casa con una cerveza, o clavarte una siesta, o manejar tus tiempos. Igual a veces termina siendo contraproducente: querés no laburar pero sabés que es tipo tacho, prendes la luz y, con suerte, facturas. 

¿Cómo organizás tu día?

Manejar tus propios tiempos, más que un arma de doble filo, es una bomba nuclear que ya cayó y vos vas mutando con esa radiación. A mí, por temporadas, me hace un Señorito de Casa, hacés mandados, hacés todo reflasheando “Uh, la estoy rompiendo”, tipo clip de crecimiento en las películas. Y después te pinta Tazmania y terminás laburando con una caja de pizza a los pies (no diré que todas las pizzas que he comido en mi vida no tenían huellas de mi dedo gordo, tampoco diré lo contrario). O decís: total no respondo a nadie. Y te dormís en conserva, pasado de chupi, y al otro día es como si te largaran contra Batman y tu entrenamiento fue ver una publicidad de Llame Ya! de algo que parece hace músculos. Aparte tenés cosas que te regulan horarios: tu clase de entrenar chimpancés, tener que ver (soy crítico de cine) tal cosa o ir a entrevistar a tal, te inventás un cronograma irracional que ves como ocupado y puede decir cosas como “10.00: Alvin y las ardillas 3”, “13.30: Dermatólogo”, “14.30: Comprar discos vírgenes”, “15.30: Al Pacino vs las botellas que sobran cuando haces la jarra loca”, “18:00: Entrevista telefónica con Joe Cocker”, “20:00: Presentación de Pantalla Otro Festival donde vas a ver si pegas algo” y así. De hecho, ahora laburo más que cuando tenía horarios. Y gano menos. ¡Hey! ¿La rompo o qué?

¿Para cuántos lugares trabajás ahora?

El abogado del Sr. Domínguez recomienda no mencionar la totalidad de lugares. Más allá de la nota adjunta, va rotando. Hay cosas fijas, en Perfil, que paga el alquiler, después está Inrocks y después las cosas que aparecen. Festivales, Bacanal, digamos –señores y señoras que leen esto y pueden pagarle a un freelancer- que mientras no me pidan escribir en “Tráfico de Niños Hoy”, allá ira mi siempre en deuda facturero.

¿Cuál fue el trabajo más extraño que te encargaron?

Tengo un amigo, Juan Pablo Martínez, con quien parece que tenemos nombres similares (para quienes recién sintonizan, mi nombre es Juan Manuel Domínguez): dicho esto, una vez me llaman de Coca-Cola, por un proyecto, de elegir unos clips. Ok, casi una semana después: “Che, pensamos que eras Juan Pablo Martínez, te agradecemos igual”. Eso es extraño. A nivel extraordinario, por mi licenciatura en lo geek (mal dada, obvio), no es que me hayan pedido “¿Querés escribir 450 páginas sobre las pulgas?” (hay sí, cosas muy raras como escribir sobre VHS con espectáculos infantiles, o cosas así, que te sale un WTF de adentro) pero como laburo en espectáculos, y no hace tanto como para que me de igual, me sigue pareciendo marciano, no sé, haber hablado de Batman junto a Nicolas Cage, o que la Rana René, posta posta, te hable. Que Lisa Minnelli te diga mi nuevo amigo en Argentina, o haber hablado con Carpenter. Para mí esas cosas, posta, son como te salga Fanta de las uñas o cagar muñecos de He-Man, me parecen directamente de otra galaxia, soñadas, flasheadas. Y cuando, no sé, te dice “Che, es para hablar por teléfono con Ozzy” no es que se te frunce algo, pero nunca termino de creérmelo. 

¿Cuánto fue lo máximo que te atrasaste en el pago del monotributo?

Tengo un secreto, ahora que mi abogado está atado en el placard. Siempre voy unas cuotitas atrasadas (y hasta me salto un mes). Chicos ¡no intenten esto en la AFIP! Sigo sin poder convertirlo en costumbre, es como que lo siento tan racional como que te toquen timbre y te digan “Che, impuesto por haber visto Volver al futuro cuarenta veces”.

¿Cuánto fue lo máximo que estuviste sin trabajo?

Tengo que salir del closet. Soy un adicto al laburo. Fuerte. Siempre estoy laburando, y si no me lo invento (bah, cosas que se que puedo vender después). Es la parte más psicótica del freelance; te sentís un poco como esos vendedores de tappers de los ‘90, o los que vendían con su valijita puerta a puerta y que se ven en las películas de los ‘50 americanos. Plus, mi devoción por el millaje aéreo no ayuda a frenar.

Si pudieras elegir: ¿cuál sería tu dinámica de trabajo ideal?

Ideal: cerveza sin resaca. Después de ir a la ceremonia del Nobel del tipo que invente eso, me encantaría tener dos días donde pueda no laburar. Pero no tengo una dinámica perfecta. Creo que mecharla con una mini siesta, un reseteo del cucumelo, es vital, pero a veces no me cabe, si no es como si vas de la compu a la cama, y no mucho más. Frenar a las ocho, pase lo que pase. El temita es la adicción, ¿vio? Igual creo que la modificaría laburando con gente, como un Club Social de Freelancers, donde nos rescatamos entre nos.

¡Gracias Juanma!

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