~par

Cuando te abres de piernas y se te escurre
el corazón hasta mi boca…
entonces puedo lamer
la luna como un gato callejero
y cerrar los ojos para ver mejor lo que tienes que decirme.
Porque sobran palabras
y faltan poros en mi lengua.
Y entonces vienen a mi sabores de ciudades olvidadas,
de tejados donde se hacen el amor un par de estrellas,
de los sueños que sueñan los coches aparcados,
de arañas que perdieron las ganas de asustar,
de la inmensa soledad de los juguetes.
Porque no hace falta ver para mirarte por dentro,
para sentir en el pelo la lluvia que baja desde el fondo de tus ojos,
las lágrimas que nunca has llorado,
las que saben a mar con barcos hundidos.
El llanto que guardaste a los quince años,
cuando creías que era mejor
hacerse la fuerte para ser mujer.
Ahora sabes un poco mejor
lo que siento cuando meto la cabeza entre tus piernas.
Sólo es necesario mirar
a los ojos de tu orgasmo
y susurrarle en voz baja
que estalle sobre mi,
que llore lo que tenga que llorar,
que escupa los cristales de un pasado destrozado,
que se duerma, tranquilo, entre mis brazos.
Córrete sin miedo entre mis labios,
amor, porque en eso consiste la vida.
Y dile a la gente que este poema no habla de sexo,
que este poema es sólo un grito de socorro.
Y que yo estaré siempre allí,
entre tus piernas,
para ayudarte a salvar el mundo.
—  Luis Ramiro

eksikliğini kapatamadığım bazı şeyler var, sen gibi. senin gözlerinin eksikliği, sözlerinin eksikliği.. nasıl da gittin benden. nasıl da bir anda ruhumdaki tüm kelebeklere intihar kararı verdirdin. hepsi tek tek, birer parçamı alarak gitti benden. günlerim soluk geçiyor artık. renkler, renklerim kendinden geçmiş. bir gri var bana kalan. senden hediye kalan. bir de gözlerinin rengi. gözlerindeki o bitmeye yüz tutmuş sevgini hatırlıyorum ya da hiç olmamış olan bi’ sevgiyi. olmadı değil mi? ben hayallerimde uçarken, sen beni gerçekliğin soğuk yüzüne mahkum bıraktın.

sevgilim, bir bankta otururken aklımın soğuk bir köşesinde seni hatırlıyorum. bir sokak lambasının altında titrek ellerimle tuttuğum o ışıkta da yine sen varsın. bir damla gözyaşının bir dünyalara, sana değdiğini bana anlatan da yine sensin. hep virgüllerle decam edeceğini sandığım bir hikayenin noktasında intihar ettim. elveda sevgilim, susuyoruz ya.

hayrola.

50 Sombras De Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 20

Samuel cruza como un ciclón la puerta de madera de la casita del embarcadero y se detiene a pulsar unos interruptores. Los fluorescentes hacen un clic y zumban secuencialmente, y una luz blanca y cruda inunda el inmenso edificio de madera. Desde mi posición cabeza abajo, veo una impresionante lancha motora en el muelle, flotando suavemente sobre el agua oscura, pero apenas me da tiempo a fijarme antes de que me lleve por unas escaleras de madera hasta un cuarto en el piso de arriba.

Se detiene en el umbral, pulsa otro interruptor —halógenos esta vez, más suaves, con regulador de intensidad—, y estamos en una buhardilla de techos inclinados. Está decorada en el estilo náutico de Nueva Inglaterra: azul marino y tonos crema, con pinceladas de rojo. El mobiliario es escaso; solo veo un par de sofás.

Samuel me pone de pie sobre el suelo de madera. No me da tiempo a examinar mi entorno: no puedo dejar de mirarlo a él. Me tiene hipnotizado. Lo observo como uno observaría a un depredador raro y peligroso, a la espera de que ataque. Respira con dificultad, aunque, claro, me ha llevado a cuestas por todo el césped y ha subido un tramo de escaleras. En sus ojos café arde la rabia, el deseo y una lujuria pura, sin adulterar.

Madre mía. Podría arder por combustión espontánea solo con su mirada.

—No me pegues, por favor —le susurro suplicante.

Frunce el ceño y abre mucho los ojos. Parpadea un par de veces.

—No quiero que me azotes, aquí no, ahora no. Por favor, no lo hagas.

Lo dejo boquiabierto y, echándole valor, alargo la mano tímidamente y le acaricio la mejilla, siguiendo el borde de la mandíbula hasta el mentón. Es muy suave. Cerrando despacio los ojos, apoya la cara en mi mano y se le entrecorta la respiración. Levanto la otra mano y le acaricio el pelo. Me encanta, es tan sedoso… Su leve gemido apenas es audible y, cuando abre los ojos, me mira receloso, como si no entendiera lo que estoy haciendo.

Me acerco más y, pegado a él, tiro con suavidad de su pelo, acerco su boca a la mía y lo beso, introduciendo la lengua entre sus labios hasta entrar en su boca. Gruñe, y me abraza, me aprieta contra su cuerpo. Me hunde las manos en el pelo y me devuelve el beso, fuerte y posesivo. Su lengua y la mía se enredan, se consumen la una a la otra. Sabe de maravilla.

De pronto se aparta. Los dos respiramos con dificultad y nuestros jadeos se suman. Bajo las manos a sus brazos y él me mira furioso.

—¿Qué me estás haciendo? —susurra confundido.

—Besarte.

—Me has dicho que no.

—¿Qué? ¿No a qué?

—En el comedor, cuando has juntado las piernas.

Ah… así que es eso.

—Estábamos cenando con tus padres.

Lo miro fijamente, atónito.

—Nadie me ha dicho nunca que no. Y eso… me excita.

Abre mucho los ojos de asombro y lujuria. Una mezcla embriagadora. Trago saliva instintivamente. Me baja la mano al trasero. Me atrae con fuerza hacia sí, contra su erección.

Madre mía.

—¿Estás furioso y excitado porque te he dicho que no? —digo alucinado.

—Estoy furioso porque no me habías contado lo de Georgia. Estoy furioso porque saliste de copas con ese tío que intentó seducirte cuando estabas borracho y te dejó con un completo desconocido cuando te pusiste enfermo. ¿Qué clase de amigo es ese? Y estoy furioso y excitado porque has juntado las piernas cuando he querido tocarte.

Le brillan los ojos peligrosamente mientras me baja despacio el pantalón.

—Te deseo, y te deseo ahora. Y si no me vas a dejar que te azote, aunque te lo mereces, te voy a follar en el sofá ahora mismo, rápido, para darme placer a mí, no a ti.

El pantalón apenas me tapa ya el trasero desnudo. De pronto, me coge el miembro con la mano y con la otra me mete un dedo muy despacio. Contengo un gemido.

—Esto es mío —me susurra con rotundidad—. Todo mío. ¿Entendido?

Introduce y saca el dedo mientras me mira, evaluando mi reacción, con los ojos encendidos.

—Sí, suyo —digo, mientras el deseo, ardiente y pesado, recorre mi torrente sanguíneo, trastocándolo todo: mis terminaciones nerviosas, mi respiración, mi corazón, que palpita como si quisiera salírseme del pecho, y la sangre, que me zumba en los oídos.

De pronto se mueve haciendo varias cosas a la vez: saca los dedos dejándome a medias, se baja la cremallera del pantalón, me empuja al sofá y se tumba encima de mí.

—Las manos sobre la cabeza —me ordena apretando los dientes, mientras se arrodilla, me separa más las piernas e introduce la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Saca un condón, me mira con deseo, se quita la americana a tirones y la deja caer al suelo. Se pone el condón en la imponente erección.

Me llevo las manos a la cabeza y sé que lo hace para que no lo toque. Estoy excitadísimo. Noto que mis caderas lo buscan ya; quiero que esté dentro de mí, así, duro y fuerte. Oh, solo de pensarlo…

—No tenemos mucho tiempo. Esto va a ser rápido, y es para mí, no para ti. ¿Entendido? Como te corras, te doy unos azotes —dice apretando los dientes.

Madre mía… ¿y cómo paro?

De un solo empujón, me penetra hasta el fondo. Gruño alto, un sonido gutural, y saboreo la plenitud de su posesión. Pone las manos encima de las mías, sobre mi cabeza; con los codos me mantiene sujetos los brazos, y con las piernas me inmoviliza por completo. Estoy atrapado. Lo tengo por todas partes, envolviéndome, casi asfixiándome. Pero también es una delicia: este es mi poder, esto es lo que le puedo hacer, y me produce una sensación hedonista, triunfante. Se mueve rápido, con furia, dentro de mí; siento su respiración acelerada en el oído y mi cuerpo entero responde, fundiéndose alrededor de su miembro. No me tengo que correr. No. Pero recibo cada uno de sus embates, en perfecto contrapunto. Bruscamente y de repente, con una embestida final, para y se corre, soltando el aire entre los dientes. Se relaja un instante, de forma que siento el peso delicioso de todo su cuerpo sobre mí. No estoy dispuesto a dejarlo marchar; mi cuerpo busca alivio, pero él pesa demasiado y en ese momento no puedo empujar mis caderas contra él. De repente se retira, dejándome dolorido y queriendo más. Me mira furioso.

—No te masturbes. Quiero que te sientas frustrado. Así es como me siento yo cuando no me cuentas las cosas, cuando me niegas lo que es mío.

Se le encienden de nuevo los ojos, enfadado otra vez.

Asiento con la cabeza, jadeando. Se levanta, se quita el condón, le hace un nudo en el extremo y se lo guarda en el bolsillo de los pantalones. Lo miro, con la respiración aún alterada, e involuntariamente aprieto las piernas, tratando de encontrar algo de alivio. Samuel se sube la bragueta, se peina un poco con la mano y se agacha para coger su americana. Luego se vuelve a mirarme, con una expresión más tierna.

—Más vale que volvamos a la casa.

Me incorporo, algo inestable, aturdido.

—Toma, ponte esto.

Del bolsillo interior de la americana saca mis calzoncillos. Los cojo sin sonreír; en el fondo sé que me he llevado un polvo de castigo, pero he conseguido una pequeña victoria en el asunto de los calzoncillos. El dios que llevo dentro asiente, de acuerdo conmigo, y en su rostro se dibuja una sonrisa de satisfacción. No has tenido que pedírselos.

—¡Samuel! —grita Samantha desde el piso de abajo.

Samuel se vuelve y me mira con una ceja arqueada.

—Justo a tiempo. Dios, qué pesadita es cuando quiere.

Lo miro ceñudo, devuelvo deprisa los calzoncillos a su legítimo lugar y me levanto con toda la dignidad de la que soy capaz en mi estado. A toda prisa, intento arreglarme.

—Estamos aquí arriba, Sam —le grita él—. Bueno, señor Díaz, ya me siento mejor, pero sigo queriendo darle unos azotes —me dice en voz baja.

—No creo que lo merezca, señor De Luque, sobre todo después de tolerar su injustificado ataque.

—¿Injustificado? Me has besado.

Se esfuerza por parecer ofendido.

Frunzo los labios.

—Ha sido un ataque en defensa propia.

—Defensa ¿de qué?

—De ti y de ese cosquilleo en la palma de tu mano.

Ladea la cabeza y me sonríe mientras Samantha sube ruidosamente las escaleras.

—Pero ¿ha sido tolerable? —me pregunta en voz baja.

Me ruborizo.

—Apenas —susurro, pero no puedo contener la sonrisa de satisfacción.

—Ah, aquí estáis —dice ella sonriéndonos.

—Le estaba enseñando a Guillermo todo esto.

Samuel me tiende la mano; su mirada es intensa.

Acepto su mano y él aprieta suavemente la mía.

—Frank y Luzu están a punto de marcharse. ¿Habéis visto a esos dos? No paran de sobarse. —Samantha se finge asqueada, mira a Samuel y luego a mí—. ¿Qué habéis estado haciendo aquí?

Vaya, qué directa. Me pongo como un tomate.

—Le estaba enseñando a Guillermo mis trofeos de remo —contesta Samuel sin pensárselo un segundo, con cara de póquer total—. Vamos a despedirnos de Frank y Luzu.

¿Trofeos de remo? Tira suavemente de mí hasta situarme delante de él y, cuando Sam se vuelve para salir, me da un azote en el trasero. Ahogo un grito, sorprendido.

—Lo volveré a hacer, Guillermo, y pronto —me amenaza al oído.

Luego me abraza, con mi espalda pegada a su pecho, y me besa el pelo.

De vuelta en la casa, Frank y Luzu se están despidiendo de Victoria y el señor De Luque. Frank me da un fuerte abrazo.

—Tengo que hablar contigo de lo antipático que eres con Samuel —le susurro furioso al oído, y élme abraza otra vez.

—Le viene bien un poco de hostilidad; así se ve cómo es en realidad. Ten cuidado, Willy… es demasiado controlador —me susurra—. Te veo luego.

YO SÉ CÓMO ES EN REALIDAD, ¡TÚ NO!, le grito mentalmente. Soy consciente de que lo hace con buena intención, pero a veces se pasa de la raya, y esta vez se ha pasado mucho. Lo miro ceñudo y este me saca la lengua, haciéndome sonreír sin querer. El Frank travieso, aunque no es una novedad, estoy seguro de que incrementó por influencia de Luzu.

Los despedimos desde la puerta, y Samuel se vuelve hacia mí.

—Nosotros también deberíamos irnos… Tienes las entrevistas mañana.

Samantha me abraza cariñosamente cuando nos despedimos.

—¡Pensábamos que nunca encontraría a nadie! —comenta con entusiasmo.

Yo me sonrojo y Samuel vuelve a poner los ojos en blanco.

Frunzo los labios. ¿Por qué él sí puede y yo no? Quiero ponerle los ojos en blanco yo también, pero no me atrevo, y menos después de la amenaza en la casita del embarcadero.

—Cuídate, Guille, querido —me dice amablemente Victoria.

Samuel, avergonzado o frustrado por la efusiva atención que recibo del resto de los De Luque, me coge de la mano y me acerca a su lado.

—No me lo espantéis ni me lo miméis demasiado —protesta.

—Samuel, déjate de bromas —lo reprende Victoria con indulgencia y una mirada llena de amor por él.

No sé por qué, pero me parece que no bromea. Observo subrepticiamente su interacción. Es obvio que Victoria lo adora, que siente por él el amor incondicional de una madre. Él se inclina y la besa con cierta rigidez.

—Mamá —dice, y percibo un matiz extraño en su voz… ¿veneración, quizá?

—Señor De Luque… adiós y gracias por todo.

Le tiendo la mano, pero ¡también me abraza!

—Por favor, llámame Diego. Confío en que volvamos a verte muy pronto, Guille.

Terminada la despedida, Samuel me lleva hasta el coche, donde nos espera Higgins. ¿Habrá estado esperando ahí todo el tiempo? Higgins me abre la puerta y entro en la parte trasera del Audi.

Noto que los hombros se me relajan un poco. Dios, qué día. Estoy agotado, física y emocionalmente. Tras una breve conversación con Higgins, Samuel se sube al coche a mi lado. Se vuelve para mirarme.

—Bueno, parece que también le has caído bien a mi familia —murmura.

¿También? La deprimente idea de por qué me ha invitado me vuelve de forma espontánea e inoportuna a la cabeza. Higgins arranca el coche y se aleja del círculo de luz del camino de entrada para adentrarse en la oscuridad de la carretera. Me giro hacia Samuel y lo encuentro mirándome fijamente.

—¿Qué? —pregunta en voz baja.

Titubeo un instante. No… Se lo voy a decir. Siempre se queja de que no le cuento las cosas.

—Me parece que te has visto obligado a traerme a conocer a tus padres —le susurro con voz trémula—. Si Luzu no se lo hubiera propuesto a Frank, tú jamás me lo habrías pedido a mí.

No le veo la cara en la oscuridad, pero ladea la cabeza, sobresaltado.

—Guillermo, me encanta que hayas conocido a mis padres. ¿Por qué eres tan inseguro? No deja de asombrarme. Eres un chico joven, fuerte, independiente, pero tienes muy mala opinión de ti mismo. Si no hubiera querido que los conocieras, no estarías aquí. ¿Así es como te has sentido todo el rato que has estado allí?

¡Vaya! Quería que fuera, y eso es toda una revelación. No parece incomodarlo el hecho de responderme, como sucedería si me ocultara la verdad. Parece complacido de verdad de que haya ido. Una sensación de bienestar se propaga lentamente por mis venas.
Mueve la cabeza y me coge la mano. Yo miro nervioso a Higgins.

—No te preocupes por Higgins. Contéstame.

Me encojo de hombros.

—Pues sí. Pensaba eso. Y otra cosa, yo solo he comentado lo de Georgia porque Frank estaba hablando de Barbados. Aún no me he decidido.

—¿Quieres ir a ver a tu madre?

—Sí.

Me mira con una expresión extraña, como si librara una especie de lucha interior.

—¿Puedo ir contigo? —pregunta al fin.

¿Qué?

—Eh… no creo que sea buena idea.

—¿Por qué no?

—Confiaba en poder alejarme un poco de toda esta… intensidad para poder reflexionar.

Se me queda mirando.

—¿Soy demasiado intenso?

Me echo a reír.

—¡Eso es quedarse corto!

A la luz de las farolas que vamos pasando, veo que tuerce la boca.

—¿Se está riendo de mí, señor Díaz?

—No me atrevería, señor De Luque —le respondo con fingida seriedad.

—Me parece que sí y creo que sí te ríes de mí, a menudo.

—Es que eres muy divertido.

—¿Divertido?

—Oh, sip.

—¿Divertido por peculiar o por gracioso?

—Uf… mucho de una cosa y algo de la otra.

—¿Qué parte de cada una?

—Te dejo que lo adivines tú.

—No estoy seguro de poder averiguar nada contigo, Guillermo —dice socarrón, y luego prosigue en voz baja—: ¿Sobre qué tienes que reflexionar en Georgia?

—Sobre lo nuestro —susurro.

Me mira fijamente, impasible.

—Dijiste que lo intentarías —murmura.

—Lo sé.

—¿Tienes dudas?

—Puede.

Se revuelve en el asiento, como si estuviera incómodo.

—¿Por qué?

Madre mía. ¿Cómo se ha vuelto tan seria esta conversación de repente? Se me ha echado encima como un examen para el que no estoy preparado. ¿Qué le digo? Porque creo que te quiero y tú solo me ves como un juguete. Porque no puedo tocarte, porque me aterra demostrarte algo de afecto por si te enfadas, me riñes o, peor aún, me pegas… ¿Qué le digo?

Miro un instante por la ventanilla. El coche vuelve a cruzar el puente. Los dos estamos envueltos en una oscuridad que enmascara nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, pero para eso no nos hace falta que sea de noche.

—¿Por qué, Guillermo? —me insiste.

Me encojo de hombros, atrapado. No quiero perderlo. A pesar de sus exigencias, de su necesidad de control, de sus aterradores vicios. Nunca me había sentido tan vivo como ahora. Me emociona estar sentado a su lado. Es tan imprevisible, sexy, listo, divertido…
Pero sus cambios de humor… ah, y además quiere hacerme daño. Dice que tendrá en cuenta mis reservas, pero sigue dándome miedo. Cierro los ojos. ¿Qué le digo? En el fondo, querría más, más afecto, más del Samuel travieso, más… amor.

Me aprieta la mano.

—Háblame, Guillermo. No quiero perderte. Esta última semana…

Estamos llegando al final del puente y la carretera vuelve a estar bañada en la luz de neón de las farolas, de forma que su rostro se ve intermitentemente en sombras e iluminado. Y la metáfora resulta tan acertada. Este hombre, al que una vez creí un héroe romántico, un caballero de resplandeciente armadura, o el caballero oscuro, como dijo él mismo, no es un héroe, sino un hombre con graves problemas emocionales, y me está arrastrando a su lado oscuro. ¿No podría yo llevarlo hasta la luz?

—Sigo queriendo más —le susurro.

—Lo sé —dice—. Lo intentaré.

Lo miro extrañado y él me suelta la mano y me coge la barbilla, soltándome el labio que me estaba mordiendo.

—Por ti, Guillermo, lo intentaré.

Irradia sinceridad.

Y no hace falta que me diga más. Me desabrocho el cinturón de seguridad, me acerco a él y me subo a su regazo, cogiéndolo completamente por sorpresa. Enrosco los brazos alrededor de su cuello y lo beso con intensidad, con vehemencia y en un nanosegundo él me responde.

—Quédate conmigo esta noche —me dice—. Si te vas, no te veré en toda la semana. Por favor.

—Sí —accedo—. Yo también lo intentaré. Firmaré el contrato.

Lo decido sin pensar.

Me mira fijamente.

—Firma después de Georgia. Piénsatelo. Piénsatelo mucho, nene.

—Lo haré.

Y seguimos así sentados dos o tres kilómetros.

—Deberías ponerte el cinturón de seguridad —susurra reprobadoramente con la boca hundida en mi cabello, pero no hace ningún ademán de retirarme de su regazo.

Me acurruco contra su cuerpo, con los ojos cerrados, con la nariz en su cuello, embebiéndome de esa fragancia sexy a gel de baño olor naranja y a Samuel, apoyando la cabeza en su hombro.

Dejo volar mi imaginación y fantaseo con que me quiere. Ah… y parece tan real, casi tangible, que una parte pequeñísima de mi desagradable subconsciente se comporta de forma completamente inusual y se atreve a albergar esperanzas. Procuro no tocarle el pecho, pero me refugio en sus brazos mientras me abraza con fuerza.

Y demasiado pronto, me veo arrancado de mi quimera.

—Ya estamos en casa —murmura Samuel, y la frase resulta tentadora, cargada de potencial.

En casa, con Samuel. Salvo que su casa es una galería de arte, no un hogar.

Higgins nos abre la puerta y yo le doy las gracias tímidamente, consciente de que ha podido oír nuestra conversación, pero su amable sonrisa tranquiliza sin revelar nada. Una vez fuera del coche, Samuel me escudriña. Oh, no, ¿qué he hecho ahora?

—¿Por qué no llevas algo de más abrigo?

Se quita la chaqueta, ceñudo, y me la echa por los hombros.

Siento un gran alivio.

—No sé —contesto adormilado y bostezando.

Me sonríe maliciosamente.

—¿Cansado, señor Díaz?

—Sí, señor De Luque. —Me siento turbado ante su provocador escrutinio. Aun así, creo que debo darle una explicación—. Hoy me han convencido de que hiciera cosas que jamás había creído posibles.

—Bueno, si tienes muy mala suerte, a lo mejor consigo convencerte de hacer alguna cosa más —promete mientras me coge de la mano y me lleva dentro del edificio.

Madre mía… ¿Otra vez?

En el ascensor, lo miro. Había dado por supuesto que quería que durmiera con él y ahora recuerdo que él no duerme con nadie, aunque lo haya hecho conmigo unas cuantas veces. Frunzo el ceño y, de pronto, su mirada se oscurece. Levanta la mano y me coge la barbilla, soltándome el labio que me mordía.

—Algún día te follaré en este ascensor, Guillermo, pero ahora estás cansado, así que creo que nos conformaremos con la cama.

Inclinándose, me muerde el labio inferior con los dientes y tira suavemente. Me derrito contra su cuerpo y dejo de respirar a la vez que las entrañas se me revuelven de deseo. Le correspondo, clavándole los dientes en el labio superior, provocándole, y él gruñe. Cuando se abren las puertas del ascensor, me lleva de la mano hacia el vestíbulo y cruzamos la puerta de doble hoja hasta el pasillo.

—¿Necesitas una copa o algo?

—No.

—Bien. Vámonos a la cama.

Arqueo las cejas.

—¿Te vas a conformar con una simple y aburrida relación vainilla?

Ladea la cabeza.

—Ni es simple ni aburrida… tiene un sabor fascinante —dice.

—¿Desde cuándo?

—Desde el sábado pasado. ¿Por qué? ¿Esperabas algo más exótico?

El dios que llevo dentro asoma la cabeza por el borde de la barricada.

—Ay, no. Ya he tenido suficiente exotismo por hoy.

El dios que llevo dentro me hace pucheros, sin lograr en absoluto ocultar su desilusión.

—¿Seguro? Aquí tenemos para todos los gustos… por lo menos treinta y un sabores.

Me sonríe lascivo.

—Ya lo he observado —replico con sequedad.

Menea la cabeza.

—Venga ya, señor Díaz, mañana le espera un gran día. Cuanto antes se acueste, antes le follaré y antes podrá dormirse.

—Es usted todo un romántico, señor De Luque.

—Y usted tiene una lengua viperina, señor Díaz. Voy a tener que someterlo de alguna forma. Ven.

Me lleva por el pasillo hasta su dormitorio y abre la puerta de una patada.

—Quédate quieto —me ordena.

Obedezco y, con tres simples movimientos, me quita toda la ropa, excepto los calzoncillos, como un mago.

—¡Ta-Dah! —dice travieso.

Río y aplaudo educadamente. Él hace una elegante reverencia, riendo también. ¿Cómo voy a resistirme a él cuando es así? Deja mi ropa en la silla solitaria que hay junto a la cómoda.

—¿Cuál es el siguiente truco? —inquiero provocador.

—Ay, mi querido señor Díaz. Métete en la cama —gruñe—, que enseguida lo vas a ver.

—¿Crees que por una vez debería hacerme el duro? —pregunto coqueto.

Abre mucho los ojos, asombrado, y veo en ellos un destello de excitación.

—Bueno… la puerta está cerrada; no sé cómo vas a evitarme —dice burlón—. Me parece que el trato ya está hecho.

—Pero soy buen negociador.

—Y yo. —Me mira, pero, al hacerlo, su expresión cambia; la confusión se apodera de él y la atmósfera de la habitación varía bruscamente, tensándose—. ¿No quieres follar? —pregunta.

—No —digo.

—Ah.

Frunce el ceño.

Vale, allá va… respira hondo.

—Quiero que me hagas el amor.

Se queda inmóvil y me mira alucinado. Su expresión se oscurece. Mierda, esto no pinta bien. ¡Dale un minuto!, me espeta mi subconsciente.

—Guille, yo…

Se pasa las manos por el pelo. Las dos. Está verdaderamente desconcertado.

—Pensé que ya lo habíamos hecho —dice al fin.

—Quiero tocarte.

Se aparta un paso de mí, involuntariamente; por un instante parece asustado, luego se refrena.

Porfa—le susurro.

Se recupera.

—Ah, no, señor Díaz, ya le he hecho demasiadas concesiones esta noche. La respuesta es no.

—¿No?

—No.

Vaya, contra eso no puedo discutir… ¿o sí?

—Mira, estás cansado, y yo también. Vámonos a la cama y ya está —dice, observándome con detenimiento.

—¿Así que el que te toquen es uno de tus límites infranqueables?

—Sí. Ya lo sabes.

—Dime por qué, por favor.

—Ay, Guillermo, por favor. Déjalo ya —masculla exasperado.

—Es importante para mí.

Vuelve a pasarse ambas manos por el pelo y maldice por lo bajo. Da media vuelta y se acerca a la cómoda, saca una camiseta y me la tira. La cojo, pensativo.

—Póntela y métete en la cama —me espeta molesto.

Frunzo el ceño, pero decido complacerlo. Volviéndome de espaldas, me pongo la camiseta lo más rápido que puedo para cubrir mi desnudez. Me dejo los calzoncillos puestos… he ido sin ellos casi toda la noche.

—Necesito ir al baño —digo con un hilo de voz.

Frunce el ceño, aturdido.

—¿Ahora me pides permiso?

—Eh… no.

—Guillermo, ya sabes dónde está el baño. En este extraño momento de nuestro acuerdo, no necesitas permiso para usarlo.

No puede ocultar su enfado. Se quita la camiseta y yo me meto corriendo en el baño.

Me miro en el espejo gigante, asombrado de seguir teniendo el mismo aspecto. Después de todo lo que he hecho hoy, ahí está el mismo chico corriente de siempre mirándome pasmado. ¿Qué esperabas, que te salieran cuernos y una colita puntiaguda?, me espeta mi subconsciente. ¿Y qué narices haces? Las caricias son uno de sus límites infranqueables. Demasiado pronto, imbécil. Para poder correr tiene que andar primero. Mi subconsciente está furioso, su ira es como la de Medusa: el pelo ondeante, las manos aferrándose la cara como en ‘El grito’ de Edvard Munch. Lo ignoro, pero se niega a volver a su caja. Estás haciendo que se enfade; piensa en todo lo que ha dicho, hasta dónde ha cedido. Miro ceñudo mi reflejo. Necesito poder ser cariñoso con él, entonces quizá él me corresponda.

Niego con la cabeza, resignado, y cojo el cepillo de dientes de Samuel. Mi subconsciente tiene razón, claro. Lo estoy agobiando. Él no está preparado y yo tampoco. Hacemos equilibrios sobre el delicado balancín de nuestro extraño acuerdo, cada uno en un extremo, vacilando, y el balancín se inclina y se mece entre los dos. Ambos necesitamos acercarnos más al centro. Solo espero que ninguno de los dos se caiga al intentarlo. Todo esto va muy rápido. Quizá necesite un poco de distancia. Georgia cada vez me atrae más. Cuando estoy empezando a lavarme los dientes, llama a la puerta.

—Pasa —espurreo con la boca llena de pasta.

Samuel aparece en el umbral de la puerta con ese pantalón de pijama que se le desliza por las caderas y que hace que todas las células de mi organismo se pongan en estado de alerta. Lleva el torso descubierto y me embebo como si estuviera muerto de sed y él fuera agua clara de un arroyo de montaña. Me mira impasible, luego sonríe satisfecho y se sitúa a mi lado. Nuestros ojos se encuentran en el espejo, café con negro. Termino con su cepillo de dientes, lo enjuago y se lo doy, sin dejar de mirarlo. Sin mediar palabra, coge el cepillo y se lo mete en la boca. Le sonrío yo también y, de repente, me mira con un brillo risueño en los ojos.

—Si quieres, puedes usar mi cepillo de dientes —me dice en un dulce tono jocoso.

—Gracias, señor —sonrío con ternura y salgo al dormitorio.

A los pocos minutos viene él.

—Que sepas que no es así como tenía previsto que fuera esta noche —masculla malhumorado.

—Imagina que yo te dijera que no puedes tocarme.

Se mete en la cama y se sienta con las piernas cruzadas.

—Guillermo, ya te lo he dicho. De cincuenta mil formas. Tuve un comienzo duro en la vida; no hace falta que te llene la cabeza con toda esa mierda. ¿Para qué?

—Porque quiero conocerte mejor.

—Ya me conoces bastante bien.

—¿Cómo puedes decir eso?

Me pongo de rodillas, mirándolo.

Me pone los ojos en blanco, frustrado.

—Estás poniendo los ojos en blanco. La última vez que yo hice eso terminé tumbado en tus rodillas.

—Huy, no me importaría volver a hacerlo.

Eso me da una idea.

—Si me lo cuentas, te dejo que lo hagas.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—¿Me estás haciendo una oferta? —me pregunta pasmado e incrédulo.

Asiento con la cabeza. Sí… esa es la forma.

—Negociando.

—Esto no va así, Guillermo.

—Vale. Cuéntamelo y luego te pongo los ojos en blanco.

Ríe y percibo un destello del Samuel despreocupado. Hacía un rato que no lo veía. Se pone serio otra vez.

—Siempre tan ávido de información. —Me mira pensativo. Al poco, se baja con elegancia de la cama—. No te vayas —dice, y sale del dormitorio.

La inquietud me atraviesa como una lanza, y me abrazo a mi propio cuerpo. ¿Qué hace? ¿Tendrá algún plan malvado? Mierda. Supón que vuelve con una vara o algún otro instrumento de perversión. Madre mía, ¿qué voy a hacer entonces? Cuando vuelve, lleva algo pequeño en las manos. No veo lo que es, pero me muero de curiosidad.

—¿A qué hora es tu primera entrevista de mañana? —pregunta en voz baja.

—A las dos.

Lentamente se dibuja en su rostro una sonrisa perversa.

—Bien.

Y ante mis ojos, cambia sutilmente. Se vuelve duro, intratable… sensual. Es el Samuel dominante.

—Sal de la cama. Ponte aquí de pie. —Señala a un lado de la cama y yo me bajo y me coloco en un abrir y cerrar de ojos. Me mira fijamente, y en sus ojos brilla una promesa—. ¿Confías en mí? —me pregunta en voz baja.

Asiento con la cabeza. Me tiende la mano y en la palma lleva dos bolas de plata redondas y brillantes unidas por un grueso hilo negro.

—Son nuevas —dice con énfasis.

Lo miro inquisitivo.

—Te las voy a meter y luego te voy a dar unos azotes, no como castigo, sino para darte placer y dármelo yo.

Se interrumpe y sopesa la reacción de mis ojos muy abiertos.

¡Metérmelas! Ahogo un jadeo y se tensan todos los músculos del cuerpo. El dios que llevo dentro está haciendo la danza de los siete velos.

—Luego follaremos y, si aún sigues despierto, te contaré algunas cosas sobre mis años de formación. ¿De acuerdo?

¡Me está pidiendo permiso! Con la respiración acelerada, asiento. Soy incapaz de hablar.

—Buen chico. Abre la boca.

¿La boca?

—Más.

Con mucho cuidado, me mete las bolas en la boca.

—Necesitan lubricación. Chúpalas —me ordena con voz dulce.

Las bolas están frías, son lisas y pesan muchísimo, y tienen un sabor metálico. Mi boca seca se llena de saliva cuando explora los objetos extraños. Los ojos de Samuel no se apartan de los míos.

Dios mío, me estoy excitando. Me estremezco.

—No te muevas, Guillermo —me advierte—. Para.

Me las saca de la boca. Se acerca a la cama, retira el edredón y se sienta al borde.

—Ven aquí.

Me sitúo delante de él.

—Date la vuelta, inclínate hacia delante y agárrate los tobillos.

Lo miro extrañado y su expresión se oscurece.

—No titubees —me regaña con fingida serenidad y se mete las bolas en la boca.

Joder, esto es más sexy que la pasta de dientes. Sigo sus órdenes inmediatamente. Uf, ¿me llegaré a los tobillos? Descubro que sí, con facilidad. La camiseta se me escurre por la espalda, dejando al descubierto mi trasero. Menos mal que me he dejado los calzoncillos puestos, aunque supongo que no me van a durar mucho.

Me posa la mano con reverencia en el trasero y me lo acaricia suavemente. Entre mis piernas solo atisbo a ver las suyas, nada más. Cierro los ojos con fuerza cuando me aparta con delicadeza la ropa interior y me pasea un dedo despacio por mi entrada. Mi cuerpo se prepara con una mezcla embriagadora de gran impaciencia y excitación. Me mete un dedo y lo mueve en círculos con deliciosa lentitud. Oh, qué gusto. Gimo.

Se me entrecorta la respiración y lo oigo gemir mientras repite el movimiento. Retira el dedo y muy despacio inserta los objetos, primero una bola, luego la otra. Madre mía. Están a la temperatura del cuerpo, calentadas por nuestras bocas. Es una curiosa sensación: una vez que están dentro, no me las siento, aunque sé que están ahí.

Me recoloca los calzoncillos, se inclina hacia delante y sus labios depositan un beso tierno en mi trasero.

—Ponte derecho —me ordena y, tembloroso, me enderezo.

¡Huy! Ahora sí que las siento… o algo. Me agarra por las caderas para sujetarme mientras recupero el equilibrio.

—¿Estás bien? —me pregunta muy serio.

—Sí.

—Vuélvete.

Me giro hacia él.

Las bolas tiran hacia abajo y, sin querer, mi cuerpo se contrae alrededor de ellas. La sensación me sobresalta, pero no en el mal sentido de la palabra.

—¿Qué tal? —pregunta.

—Raro.

—¿Raro bueno o raro malo?

—Raro bueno —confieso ruborizándome.

—Bien. —Asoma a sus ojos un vestigio de humor—. Quiero un vaso de agua. Ve a traerme uno, por favor.

Oh.

—Y cuando vuelvas, te tumbaré en mis rodillas. Piensa en eso, Guillermo.

¿Agua? ¿Quiere agua ahora? ¿Para qué?

Cuando salgo del dormitorio, me queda clarísimo por qué quiere que me pasee; al hacerlo, las bolas me pesan dentro, me masajean internamente. Es una sensación muy rara y no del todo desagradable. De hecho, tengo una erección y se me acelera la respiración cuando me estiro para coger un vaso del armario de la cocina, y ahogo un jadeo. Madre mía. Igual tendría que dejarme esto puesto. Hacen que me sienta deseado. 

Cuando vuelvo, me observa detenidamente.

—Gracias —dice, y me coge el vaso de agua.

Despacio, da un sorbo y deja el vaso en la mesita de noche. En ella hay un condón, listo y esperando, como yo. Entonces sé que está haciendo esto para generar expectación. El corazón se me ha acelerado un poco. Centra su mirada de ojos oscuros en mí.

—Ven. Ponte a mi lado. Como la otra vez.

Me acerco a él, la sangre me zumba por todo el cuerpo, y esta vez… estoy caliente. Excitado.

—Pídemelo —me dice en voz baja.

Frunzo el ceño. ¿Que le pida el qué?

—Pídemelo —repite, algo más duro.

¿El qué? ¿Un poco de agua? ¿Qué quiere?

—Pídemelo, Guillermo. No te lo voy a repetir más.

Hay una amenaza velada en sus palabras, y entonces caigo. Quiere que le pida que me dé unos azotes.

Madre mía. Me mira expectante, con la mirada cada vez más fría. Mierda.

—Azótame, por favor… señor —susurro.

Cierra los ojos un instante, saboreando mis palabras. Alarga el brazo, me agarra la mano izquierda y, tirando de mí, me arrastra a sus rodillas. Me dejo caer sobre su regazo, y me sujeta. Se me sube el corazón a la boca cuando empieza a acariciarme el trasero.

Me tiene ladeado otra vez, de forma que mi torso descansa en la cama, a su lado. Esta vez no me echa la pierna por encima, sino que me aparta el flequillo de la cara. Acto seguido, me agarra el pelo a la altura de la nuca para sujetarme bien. Tira suavemente y echo la cabeza hacia atrás.

—Quiero verte la cara mientras te doy los azotes, Guillermo —murmura sin dejar de frotarme suavemente el trasero.

Desliza la mano entre mis piernas y me aprieta el miembro, y la sensación global es… Gimo. Oh, la sensación es exquisita.

—Esta vez es para darnos placer, Guillermo, a ti y a mí —susurra.

Levanta la mano y la baja con una sonora palmada en la confluencia de los muslos y el trasero. Las bolas se impulsan hacia delante, dentro de mí, y me pierdo en un mar de sensaciones: el dolor del trasero, la plenitud de las bolas en mi interior y el hecho de que me esté sujetando. Mi cara se contrae mientras mis sentidos tratan de digerir todas estas sensaciones nuevas. Registro en alguna parte de mi cerebro que no me ha atizado tan fuerte como la otra vez. Me acaricia el trasero otra vez, paseando la mano abierta por mi piel, por encima de la ropa interior.

¿Por qué no me ha quitado los calzoncillos? Entonces su mano desaparece y vuelve a azotarme. Gimo al propagarse la sensación. Inicia un patrón de golpes: izquierda, derecha y luego abajo. Los de abajo son los mejores. Todo se mueve hacia delante en mi interior, y entre palmadas, me acaricia, me manosea, de forma que es como si me masajeara por dentro y por fuera. Es una sensación erótica muy estimulante y, por alguna razón, porque soy yo el que ha impuesto las condiciones, no me preocupa el dolor. No es doloroso en sí… bueno, sí, pero no es insoportable. Resulta bastante manejable y, sí, placentero… incluso. Gruño. Sí, con esto sí que puedo.

Hace una pausa para bajarme despacio los calzoncillos. Me retuerzo en sus piernas, no porque quiera escapar de los golpes sino porque quiero más… liberación, algo. Sus caricias en mi piel sensibilizada se convierten en un cosquilleo de lo más sensual. Resulta abrumador, y empieza de nuevo. Unas cuantas palmadas suaves y luego cada vez más fuertes, izquierda, derecha y abajo. Oh, esos de abajo. Gimo.

—Buen chico, Guillermo —gruñe, y se altera su respiración.

Me azota un par de veces más, luego tira del pequeño cordel que sujeta las bolas y me las saca de un tirón. Casi alcanzo el clímax; la sensación que me produce no es de este mundo. Con movimientos rápidos, me da la vuelta suavemente. Oigo, más que ver, cómo rompe el envoltorio del condón y, de pronto, lo tengo tumbado a mi lado. Me coge las manos, me las sube por encima de la cabeza y se desliza sobre mí, dentro de mí, despacio, ocupando el lugar que han dejado vacío las bolas. Gimo con fuerza.

—Oh, nene —me susurra mientras retrocede y avanza a un ritmo lento y sensual, saboreándome, sintiéndome.

Es la manera más suave en que me lo ha hecho nunca, y no tardo nada en caer por el precipicio, presa de una espiral de delicioso, violento y agotador orgasmo. Cuando me contraigo a su alrededor, disparo su propio clímax, y se desliza dentro de mí, sosegándose, pronunciando mi nombre entre jadeos, fruto de un asombro prodigioso y desesperado.

—¡Guille!

Guarda silencio, jadeando encima de mí, con las manos aún trenzadas en las mías por encima de mi cabeza. Por fin se vuelve y me mira.

—Me ha gustado —susurra, y me besa tiernamente.

No se entretiene con más besos dulces, sino que se levanta, me limpia con una toalla, me tapa con el edredón y se mete en el baño. Cuando vuelve, trae un frasco de loción blanca. Se sienta en la cama a mi lado.

—Date la vuelta —me ordena y, a regañadientes, me pongo boca abajo.

La verdad, no sé para qué tanto lío. Tengo mucho sueño. 

—Tienes el culo de un color espléndido —dice en tono aprobador, y me extiende la loción refrescante por el trasero sonrosado.

—Déjalo ya, De Luque —digo bostezando.

—Señor Díaz, es usted único estropeando un momento.

—Teníamos un trato.

—¿Cómo te sientes?

—Estafado.

Suspira, se tiende en la cama a mi lado y me estrecha en sus brazos. Con cuidado de no rozarme el trasero escocido, vuelve a hacerme la cucharita. Me besa muy suavemente detrás de la oreja.

—La mujer que me trajo al mundo era una puta adicta al crack, Guillermo. Duérmete.

Dios mío… ¿y eso qué significa?

—¿Era?

—Murió.

—¿Hace mucho?

Suspira.

—Murió cuando yo tenía cuatro años. No la recuerdo. Diego me ha dado algunos detalles. Solo recuerdo ciertas cosas. Por favor, duérmete.

—Buenas noches, Samuel.

—Buenas noches, Guille.

Y me duermo, aturdido y agotado, y sueño con un niño de cuatro años y ojos grandes y cafés en un lugar oscuro, terrible y triste.

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Seguro que todas ustedes deben de estas así de O_O con el tema de las bolas,xDD.

HOLA, soy la señorita Kiara y hoy estoy al poder de la cuenta de Tumblr de Ale >:D –se va a reblogear porno- okno XD, también de Wattpad >u<

OKAY, hace tiempo que no hablo con ustedes! Me extrañaron??? No..? D’: -llora-

Supongo que ya leyeron el capítulo, eh? -le cae una silla por estúpida xD- Sí, supongo que sí…, sé que me quieren matar por haberlo dejado ahí, pero así es la life! :P de todas formas, fue E. L. James, que terminó el capítulo justo ahí :’v  

Guille se sacrificó por las weas… bien que quería :v al final Samu no le dijo casi nah D:< illoputa!

De todas maneras, les di doble salseito, en casa de los De Luque y en la de Samuel  ~ ♥ EDIT: Les pido disculpas a las personas que esperaban 50SDL a las 1pm, la verdad no sé qué pasó, yo lo programé para esa hora y aun no se publicaba ;-; pero está bien compensado… 22 páginas wordnianas :D
Hayır; küsmüyorum hayata! Sandığınız gibi değil.
Biraz canım sıkkın hepsi bu.
Topacı elinden alınmış çocuk gibiyim; özlüyorum sadece kaybettiğim oyunu…
Umutluyum ama! İsterseniz bakın gözlerime; ışıl ışıl.
Hep güzel şeyler düşünüyorum… Aydınlık yakın.
Biri tutuyor elimden, diyor ki; “Sabret!”
Bende var olan şey mutsuzluk değil; bir parça sükûnet.
—  Küçük İskender

Ucuz nefes alıyorduk
Ucuz özlüyor
Ucuz acı çekiyor basit teferruatları büyütüp pahalıya satıyorduk geceyi
Günler daha ucuz olmalıydı
Karanlık daha pahalı
Gelincikler kaldirmak icin başlarını kırmızı izdahama
Siyah ta bir parça yazılmalıydı sahte baharların
Sahte cambazlarına…!!!
Ncmy

Mon histoire, elle est pulvérisée chaque jour, à chaque seconde de chaque jour, par le présent de la vie, et je n’ai aucune possibilité d’apercevoir clairement ce qu’on appelle ainsi: sa vie.
—  Marguerite Duras, La Vie matérielle

Uzanmak ve hangi günahtan kalma olduğunu kestiremediğim acıların yorgunluğunu bir parça olsun üzerimden atmak istiyorum.
Uyumalyım…
Uzunca bir süre.
Sınırların,para birimlerinin,zaman ölçümlerinin değiştiği çağlara dek…

Tarık Tufan

Passer devant chez mes anciens amants me fait du bien. Ça me rappelle que je ne suis plus dans cette ancienne optique de destruction par le sexe.