Me poseía una energía atroz y sentía a la vez una mezcla de fuerza cósmica, de odio y de indecible tristeza. Riéndome y llorando, abriendo los brazos, con esa teatralidad que tenemos cuando adolescentes, grité repetidas veces hacia arriba, desafiando a Dios que me aniquilase con sus rayos, si existía.
—  “Sobre héroes y tumbas” - Ernesto Sabato.

A las dos de la mañana
no existe sobra alguna
de mi alma.

Cielo triste
tras el vendaval,
estoy sólo con el
eco de mi ausencia.

Tan sólo, amor,
que lloro y río
y canto y soy
nada en el abismo.

Pronto el llanto
de un infante;
luego la luz encendida
y la paz de la noche
moribunda.

El cenicero atestado
de horas desabridas,
y estoy sólo

sin brisa que calme
la angustia,
ni estrella que alumbre
el camino.

—  Tatiana C.