Ayer nos mataron, hoy también.
El corazón de aquellas mujeres bombeaba sangre y lucha. No se sabe bien cuándo comenzó a latir y bombear sangre el primer corazón, pero éste contagió a muchos otros que estaban dormidos. Fueron dos, fueron tres, fueron veinte, fueron cincuenta, fueron cientos y cientos en todas partes del mundo.
Respiraron de noche y de día, no pararon un solo segundo, las unía un mismo deseo, el deseo de la igualdad.
Molestaron.
Con sus sangres regaron los jardines de las rosas que pusieron en sus tumbas los hombres, con lágrimas falsas como sus sonrisas las despidieron, las despidieron sin saber que aunque el cuerpo muera un corazón nunca deja de latir,  latir que genera lucha.
La lucha que las llevo a la muerte ayer es la lucha de hoy y de nuestro futuro.
—  Nubë