Mi peor enemigo

Hace pocos días leí esta noticia en la que una periodista dejó de depilarse durante siete meses y subió a la red el resultado.

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Noticias como esta hacen darme cuenta que quizás no soy ni tan moderna ni tal liberal como me creo. Hace unos años fui un verano a Toronto a estudiar inglés. En la academia a la que acudía había una chica alemana de mi edad, Carola recuerdo que se llamaba, que no se depilaba las axilas. Hacía calor y todas íbamos con camisetas de manga corta o sin mangas y cada vez que Carola levantaba el brazo aquello era como ver La Selva Virgen en vivo y en directo. Carola era una chica maja, y limpia, pero reconozco que su particular estilo estético me causaba cierto reparo así que no la frecuentaba demasiado. Un día, estaba comiendo en una cafetería cercana a la academia con unas coreanas y una griega con las que habíamos formado un grupillo cuando apareció Carola alarmada. Nos explicó que una de nuestras profesoras, una chica algo mayor que nosotros, le había dicho en un aparte, que en Toronto no se veía bien que las chicas llevaran las axilas tan libres y que ella le aconsejaba que se las depilara. Carola no estaba ofendida con la profesora que al parecer se lo había dicho con mucho tacto y pidiendo millones de disculpas. Estaba realmente sorprendida de que el aspecto de sus axilas peludas pudiera causar tanta extrañeza. Todas le dijimos que aunque era un convencionalismo absurdo, creíamos que sí, que debía depilarse las axilas. La griega, que era un encanto de chica, se ofreció a ayudarla. Al día siguiente Carola apareció con los sobacos limpios de pelos. Desde ese momento Carola entró a formar parte de nuestro grupillo. ¿Tuvo su depilación algo que ver? No fui muy consciente, pero seguramente sí. 

Cuando vi las fotos de la periodista que no se depilaba me resultaron desagradables e inconscientemente le adjudique los calificativos de sucia y dejada. Tela…

De boquilla digo que todo el mundo haga lo que quiera, pero luego los juzgo cuando no se adaptan a las normas o canones que creo se deben cumplir. No, eso no es ser liberal. En mi defensa diré que por lo menos soy consciente y que intento mejorar en ese sentido. Pero es cierto que sobre la mujer pesan más los convencionalismos sociales. Y que somos nosotras mismas nuestras jueces más estrictas. Nos parece mucho más terrible una chica gordita que un tío con barriga. O es más soez cuando una chica dice un taco fuerte que cuando lo dice un hombre. Escupir es repugnante, pero si la que escupe es una mujer, resulta todavía más ofensivo. Y lo mismo pasa con comer con la boca abierta, o mascar chicle o tirarse un pedo… 

Quiero creer que vamos avanzando en ese sentido, pero todavía queda mucho. Es lunes, un buen día para los buenos propósitos así que chicas, a querernos un poco más a nosotras y a nuestras semejantes, aunque tengan granos o caspa. O los sobacos peludos.

a-tomica. personaliza tu móvil.

“Todo el mundo era igual, reprimiéndose y controlándose. Y yo tenía que vivir con esos mamones el resto de mis días, pensé. ¡Dios mío! Todos tenían un agujero en el culo y órganos sexuales y bocas y sobacos. Se sentaban y charloteaban y eran tan estúpidos como la cagada de un caballo. Las chicas tenían buen aspecto vistas a distancia, con el sol filtrándose entre sus ropas y cabellos. Pero cuando se acercaban y mostraban sus cerebros a través de la cháchara de sus bocas, te sentías con ganas de excavar una trinchera en una colina y esconderte con una ametralladora. Verdaderamente nunca sería capaz de ser feliz, casarme y tener hijos”.
—  Charles Bukowski

Chino, puedes intentar ser todo lo masculino que quieras, tener un bosque en los sobacos y más, pero que sepas que sigues viéndote jodidamente gay hagas lo que hagas…
#Tao #EXO #EXOM #DieJungs

Nō [Capítulo I]

Una corpulenta figura caminaba amparada por la oscuridad de la noche. Su destino, el callejón más sucio, siniestro y sombrío de Brooklyn, el lugar perfecto para encontrar indeseables de las mismas características. Todos ellos solían reunirse en el Demolition, un antro mohoso que concentraba lo más zafio de aquella ciudad: alcohólicos, carteristas, drogadictos de toda clase, narcotraficantes de poca monta con aires de grandeza… En definitiva, todo aquel que no tuviera lugar alguno donde caer muerto.

Nada más abrir la puerta del local, una humareda envolvió al sujeto, haciéndolo retroceder levemente como si de una bofetada se tratase. Aquello parecía Silent Hill con olor a sobaco y cigarros. No obstante, asomó la cabeza para echar un vistazo. Una tenue luz violeta lo iluminaba todo, más de lo que él esperaba, por lo que se cubrió aún más con la vieja gabardina que vestía y escondió el rostro bajo su sombrero de lluvia. Caminó lentamente por el lugar, tanteando con la vista los rostros que llegaba a distinguir. Todos ellos lo miraban con desconfianza, como si de un intruso se tratase. Más les valía a aquellos pobres diablos no descubrir que él era mucho más que simple desconocido que visitaba aquella pocilga por primera vez, porque entonces sí que estarían en verdaderos problemas.

Tragó saliva y se dirigió a la barra. Sólo quedaba un taburete sin ocupar, justo en medio de la barra, un lugar demasiado al descubierto para su gusto, pero si quería encontrarse con su amigo no tenía más remedio que quedarse allí. Una vez sentado, miró a su alrededor. Pudo ver que tanto a su izquierda como a su derecha había hombres con una bebida entre las manos, y no muy ligeras que digamos. Un hombre rollizo, sentado justo a su lado derecho le sostuvo la mirada, desafiante. Su cara estaba marcada por múltiples arrugas y cicatrices, se podía ver que el tiempo había hecho mella en él de muchas formas. Vestía una camiseta blanca, en cuya manga izquierda guardaba un paquete de tabaco, un chaleco de cuero y pantalones del mismo material. Adornaba su cabeza con una bandana roja, y su barba con diferentes tipos de trenzados y abalorios.

—¿Qué va a ser, amigo? — interrumpió un hombre al otro lado de la barra. Su expresión era severa y, aunque los años y la experiencia también habían hecho de las suyas en él, era notablemente más joven que el de la derecha. Su pelo negro y largo, salpicado con algunas canas, y vestía una camisa de cuadros con las mangas recortadas.

Nada más verlo, sintió alivio. Aquel duelo de miradas con ese Ángel del Infierno, Hijo de la Anarquía o lo que coño fuera, le estaba poniendo de los nervios. Aún sentía que éste lo observaba y, por alguna razón, una inyección de orgullo recorrió su cuerpo, así que respondió:

—Un whisky on the rocks —el barman, con bastante desconcierto, se volvió para empezar a preparar su petición. No tenía ni la más remota idea de por qué había pedido eso, pero no quería quedar como un blandengue delante de aquel desconocido, por muy estúpido que sonara. Había visto en muchas películas que los tipos duros bebían esas cosas cuando se encontraban en ambientes de esa índole, y él, por supuesto, era un tipo duro.

Unos instantes después, un baso cuadrado, de culo grueso, y repleto de hielos y un líquido ambarino se arrastró por la barra. Pero no venía él sólo, sino que acompañado por papel bien doblado. Lo cogió y lo guardó con disimulo en uno de los bolsillos de su chaquetón. Levantó la vista y ahí pudo ver a su amigo, justo delante de él, con los brazos cruzados y las cejas arqueadas.

—Sabes que eso lleva alcohol, ¿verdad, Mikey? —dijo con media sonrisa.

—Claro que sí, ¿me tomas por idiota? —respondió Michelangelo con toda la naturalidad que le era posible fingir en aquella situación tan absurda. Aún en su empeño de impresionar al desconocido de su lado, tomó un sorbo de su bebida. ¡Dios mio! ¿¡Qué era aquello, fuego embotellado!? Ojalá hubiera podido ver su propia cara en aquel momento, porque tal y como se estaba riendo Casey tras la barra, seguro que a él también le hubiera hecho bastante gracia. Si tenía un don, ese era el de encontrarle el sentido del humor a cualquier situación. Empezó a toser y, a partir de ese momento, trató de no cruzar más la mirada con las personas a sus flancos.

—¿Qué tal están todos? ¿Van bien las cosas por casa? —preguntó Casey para romper el hielo. No obstante, aquellas palabras fueron punzantes para Michelangelo, no le resultaba para nada agradable hablar de su situación familiar. Pero Casey y April necesitaban estar al corriente de todo lo que estaba pasando ya que habían sido sus mejores amigos desde hacía muchos años. Incluso podía llegar a considerarlos familia.

—Ya sabes, como siempre. Donnie ahí sigue, encerrado en su laboratorio haciendo nadie sabe qué. Leo está mal de la olla, como un puñetero silvo; no hace más que entrenar, desde que sale el sol hasta que se pone, y así lleva desde hace ya casi cinco años. La verdad es que a penas sé de ellos aunque vivamos en la misma casa, ya a penas nos dirigimos la palabra…

—¿Y Raph? ¿Sabeis algo de Raph? —se interesó Casey. Ante aquella pregunta, lo único que pudo hacer Michelangelo fue encogerse de hombros. —Quizá no sea buena idea que Shadow siga yendo a la guarida a entrenar… — prosiguió.

—¡No, hombre, no, tranquilo! Si nos encanta que venga, o al menos a mi. Es de los pocos momentos que tenemos ahora para hacer algo todos juntos — lo tranquilizó Michelángelo —. Además, últimamente ha mejorado muchísimo. No sé qué le dais a comer a esa chica, pero en dos días va ser capaz de tumbarme —añadió con una de sus grandes sonrisas. Lo cierto es que últimamente sólo las visitas de Shadow le hacían sonreir.

—Bueno, tú eres el maestro, lo que digas va a misa… —dijo Casey.

—Los tres somos LOS MAESTROS —corrigió el otro.

—Bueno, vayamos directos al grano. Ahora no puedo darte detalles, alguien podría oírnos, pero los tipos que te vas a encontrar esta noche son peligrosos, así que ten mucho cuidado.

—Claro… —respondió Michelangelo

—¿Me has escuchado? ¡Están todos armados hasta las trancas con pipas y pepinos más grandes! —insistió Casey

—Que sí, que sí… —dijo el otro aún más pasivo.

—¡Esto es serio, Mikey, joder!

—”¡Esto es serio, Mikey, joder!” —se burló Michelangelo, ridiculizando su voz e imitando con una de sus manos los movimientos de una boca hablando.

—¿¡Te estás burlando de mi, mocoso!? —dijo Casey molesto. Agarrándole del cuello de la gabardina, lo atrajo hacia sí e hizo el amagó pegarle un puñetazo en la cara. Con el puño a escasos centímetros de la cara de Michelangelo, ambos se miraron fijamente a los ojos durante un instante y, acto seguido, empezaron a reír. No recordaban cual fue la última vez que bromearon, así que la situación fue excepcionalmente reconfortante —. Capullo…

—Claro que voy a tener cuidado, idiota. Puede que sea imbécil, pero no tanto como tú te piensas —aclaró la tortuga, colocándose bien sus ropas —. Tan pronto como termine el trabajo tendrás noticias mías.

Y sin más dilaciones, Michelangelo se dirigió a la puerta del local. Allí, con una mano en el picaporte, volvió su cabeza hacia la barra y lanzó una mirada de complicidad a Casey, pues sabía que éste no confiaba del todo en que tendría en cuenta sus advertencias. Abrió la puerta y pisó el pavimento de aquel oscuro callejón. Pudo sentir cómo gruesas gotas de agua golpeaban con fuerza el ala de su sombrero, lo cual era buena noticia, pues significaba que habría aún menos gente deambulando por la ciudad. Miró a su alrededor con cautela y, tras verificar que no había moros en la costa, dio un gran salto a las escaleras anti-incendios de la casa de enfrente. Escaló por la estructura metálica rápido y en silencio, con una gracia casi felina, hasta llegar a lo alto de la edificación. Una vez en la azotea, sacó el papel que le había sido entregado, lo desdoblo y pudo leer:

"Farlopa. Red Hook Contairner Terminal. 4:15 PM. Muelle nº7"

Rompió la nota en trocitos y dejó el viento los volara. Eran aproximadamente las dos de la madrugada, así que tenía tiempo de sobra para llegar allí, lo que le permitiría analizar la situación con algo más de tranquilidad. Puede que el bar de Casey fuera el último lugar donde querría pasar una noche, pero debía reconocer que era la mejor tapadera que podía tener para obtener información acerca de lo más ponzoñoso de la ciudad. No obstante, había una pregunta que había estado rondando por su cabeza desde que idearon aquel plan: ¿Alguna vez April había pisado el local de su marido? Algo le decía que, si lo hiciese, Casey terminaría hospitalizado y todo el “juego” se acabaría. Hasta donde él sabía, su amigo nunca había sido una persona especialmente aguda; pero, de alguna manera que no alcanzaba a adivinar, había sido capaz de esconder a los ojos de todos la naturaleza de su pequeño negocio. Que él supiera, sólo Raphael estaba al tanto de ello, algo que Michelangelo sólo pudo descubrir una vez que éste decidió desaparecer del mapa. Supuso que tras aquel “incidente”, Casey empezó a aburrirse, y por eso acabó arrastrándole a él para “jugar a los vigilantes”. Leonardo y Donatello nunca hubieran accedido, eran demasiado prudentes, y su espíritu aventurero hacía tiempo que se encontraba extinto. Sí, no podía negar que de los tres restantes, él era el más adecuado para aquellas misiones. Al igual que Raphael, siempre había sido especialmente sensible al sufrimiento de los demás, especialmente de los más débiles. Sentía que no era obra de la casualidad que aquellas pequeñas tortugas de pecera encontraran a su querido maestro y padre, y menos que fueran capaces de heredar su arte en el ninjutsu, un privilegio que nadie más llegaría a tener. Estaba seguro de que ellos estaban destinados a hacer grandes cosas por el mundo sirviéndose de dicho honor; por aquel mundo en el que se habían sentido alienados durante tantos años, pero que a su vez tanto les había regalado. No podía dejar que el mundo de April, Casey y Shadow se pudriese aún más de lo que ya estaba; pues, una vez éstos dejaron de ser ajenos a los oscuros secretos de las alcantarillas, ni él ni sus hermanos pudieron mantenerse al margen de luz de la superficie. Antes de llegarlos a conocer, habían luchado incontables veces contra los Dragones Púrpura en los callejones de la gran ciudad, con único fin de recopilar información sobre el Clan del Pie; y contra cuyo líder debían ejecutar la venganza que su maestro les había encomendado. Era todo cuanto conocían del ser humano: crueldad, dolor y vendetta. Pero desde el día en que cruzaron sus caminos con ELLA, todo cambió para siempre. Estaba seguro de que si existían personas como April, Casey o Shadow, éstas no podían ser las únicas. Merecían un mundo mejor.

¿Por qué luchaba? Por proteger a las buenas personas que había conocido y a aquellas que aún quedaban por conocer.

Tras una larga carrera de saltos de edificio a edificio, Michelangelo divisó su destino: el puerto de Red Hook. Por la descripción del papel, sabía que en uno de sus muelles culminaría una operación de tráfico de cocaína, y ahí estaría él para impedirlo. El lugar estaba repleto de grandes tanques de mercancías y remolcadores, era perfecto para inspeccionar el perímetro sin ser visto. No tardó mucho en visualizar a tres hombres y una furgoneta en el muelle que Casey le había indicado. Miró el reloj de su teléfono móvil y vio que aún no había llegado la hora, quedaban aproximadamente treinta minutos. Mientras tanto, se despojó del chaquetón y el sombrero, y ajustó sus protectores, vendas y máscara.

De pronto, vio cómo una pequeña lancha se acercaba lentamente, con el motor apagado y dos hombres más remando, sin hacer ruido alguno. Aquellos tipos no eran idiotas, sabían bien lo que hacían y cuál era la gravedad de la situación. No eran como esos niñatos del Bronx, con complejo de cappos de la mafia por pasar unos pocos gramos de hachís a media docena de colgados en su barrio. No, eran profesionales de verdad, capaces de mover grandes cantidades mercancías, lo que implicada que también movían grandes cantidades de dinero. Los individuos del muelle se dirigieron a la furgoneta y comenzaron a vaciar su interior de numerosos paquetes de cartón. Eran de tamaño mediano, muy manejable, perfectos para ser salvados en una huida improvisada. La tortuga decidió que lo más adecuado sería emboscada desde arriba, pero desde el tanque en el que se encontraba encima eso no sería posible, tenía que desplazarse a algún sitio más alto y cercano a los delincuentes. Por suerte,éstos se habían situado a los pies de una grúa torre, el lugar perfecto para ejecutar su plan. De un enorme salto, alcanzó la estructura.

—Что это было?— dijo alerta uno de los hombres, volviéndose hacia gigantesca grúa.

¿Tan rápido lo habían descubierto? Era cierto que hacía un tiempo que no entrenaba como Dios manda (o Splinter manda), pero ¿tan pronto había perdido la forma? Ante esto, no pudo evitar sentirse un poco avergonzado de si mismo. —Ojalá esto fuera como en las pelis, que los extranjeros hablan en inglés entre sí y con acento, no entiendo una mierda de lo que dicen…—pensó.

—Не тратьте время и вернуться к работе!—ordenó malhumorado otro mientras descargaba mercancía. El primero, algo resignado, volvió manos a la obra. Una vez todo volvió a la “calma”, Michelangelo consideró preciso entrar en acción.

¡CRASH!

Con un estruendoso golpe, la tortuga gigante cayó en cuclillas sobre el techo de la furgoneta, sosteniendo un nunchaku en cada mano y haciéndolos girar con gran maestría. Los cristales del vehículo se resquebrajaron y la alarma se disparó. En un sobresalto, el tercero de los hombres no pudo evitar dejar caer uno de los paquetes que transportaba en aquel momento, haciendo que la fina sustancia del interior escapase al suelo.

—Hey, ¿qué hay? —dijo incorporándose y con una sonrisa burlona en el rostro. Dirigió su mirada —. ¿Nunca os han dicho que no hay que abusar del azúcar? Os van a salir caries.

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