radiocasette

Sotto una piogia (di parole)

-Gracias…por todo.

Ese ‘todo’ resonaba con la misma intensidad que aquellos tacones que se dirigían a las escaleras de la Centrale de Milán bajo la lluvia nocturna.

Sabía que, a pesar de todo lo que habían hablado, aquel hasta luego iba a ser un adiós definitivo así que se guardó la imagen de aquel abrigo negro que desaparecía pero obvió la de la maleta que arrastraba tras de sí, por si le daba por volver.

Arrancó el coche y se dispuso a atravesar la ciudad mientras los limpiaparabrisas de aquel Alfa 75 rojo chirríaban como una piara de cerdos. La ciudad no iba a ser lo mismo sin ella. Quedaban La Scala, el Duomo e incluso la pequeña Al Bazaar, regentada por su reciente amigo Lino, pero todo el posible atractivo restante se desvanecía conforme iba atravesando las calles y fijándose en todos los lugares, hasta hace un momento comunes, por los que habían pasado durante estos cinco último años.

El viejo radiocasette escupía alguna canción de John Coltrane. O de su sexteto, o de su cuarteto. Todo sonaba tan igual aunque, al mismo tiempo, tan diferente que era incapaz de distinguirlo. Lo bueno de que la música no tuviera letra es que él mismo podía ponérsela y divagar a su antojo entre el escaso tráfico que había a esas horas.

Al fin y al cabo, la vida no es más que eso. Una sucesión de recuerdos, lugares, nombres, canciones y momentos a los que cada uno imprime la historia que considera oportuna.

Incluso aquel coche era protagonista directo de su historia. De la de ambos. Los viajes que habían hecho, las locuras tras el volante, las locuras en los asientos traseros, las veces que se había peinado ella en el retrovisor. Todo tenía un fin.

En cuanto “My favorite things” hubo acabado y el casette TDK dejó de sonar, comprendió que su historia en aquella ciudad había terminado.

Aparcó el Alfa en las inmediaciones de la plaza Leonardo Da Vinci y, siguiendo la dirección que indicaba la franja negra sobre la carrocería, se alejó caminando mientras se abrochaba el abrigo hasta el cuello.

Si Milán no iba a ser lo mismo sin ella, la ciudad no lo echaría de menos a él.