pupila

Hoy es un día en donde te miro y sonrío porque hubo un día en donde te amé.

Hubo un día en que te pertenecí por completo. Uno en que tu pupila estaba completa con mi sonrisa, pero el tiempo pasó y una pared se construyó entre ambos.

Hubo un día en que pensé que cruzaríamos continentes el uno por el otro. Uno en donde mi ser tenía tu nombre, pero poco a poco se fue borrando.

Hubo un día en que teníamos el universo a nuestros pies. Éramos tan jóvenes que no nos dábamos cuenta de que los días pasaban y que todo a nuestro alrededor, cambiaba. Cuando abrimos los ojos, la realidad nos alcanzó.

Hubo un día en que te miré y mi amor no te reconoció más.

Hoy es un día en donde te miro y mi esperanza va en tu por venir.

Hoy mi amor tiene otro nombre, pero contigo aprendí, tiempo atrás, lo que es la ingenuidad y fui también feliz.

Hoy es un día en donde te miro y sonrío porque hubo un día en donde te amé; sin embargo, el tiempo ya pasó y ya no somos y estoy segura de que ya no seremos porque el hubo quedó en un cofre donde nuestra melodía quedó sin letras por crear. Así pasa a veces porque así es la vida.

DDC

Cap. 2015 pág. 144 de 365

¿Cómo
se
rompe
el silencio
de los ojos?

¿Cómo
uno
olvida
lo que
las pupilas
guardan
como
amuleto?

No se puede.
Por más que aprieto los ojos.
Sigues aquí.
Por más que los abro.
Estás en todos lados.

¿Cómo
puedo
dejar
de verte
de sentir
que te traigo entre
mis pestañas? 

anonymous asked:

La siguiente reunión de los Dioses Guerreros sera para tratar el porqué Lyfia abandonó a Frodi.

   Sosiego a derredor, paz y quietud en las raíces de Yggdrasil, erase la calma del núcleo principal donde se reunía el maravilloso cosmos de todo Asgard. Si el corazón bombeaba sangre, Yggdrasil bombeaba el flujo de la vida a la fertilidad de los campos y a la luz del cada vez más cálido ambiente. Pudo haber tenido un día sin inconvenientes que aprovechar con horas de meditación o, alternativa más querida, un arduo entrenamiento. No lo quiso así Odín –¡una vez más!–. Con locuras vino un foráneo a gritarle en la cara. 

  Temblaron sus pupilas, contrajo los músculos, guardó aire en los pulmones y con un ensordecedor clamor hizo retumbar los mismísimos  cimientos del Árbol del Universo. 

 —¡ELLA NO ME ABANDONÓ! ¡No confundas las cosas! —que aquel no era su lazo, dijo una vez. Mendigos grisáceos.