Siento miedo, miedo de volver a caer en su mirada, de volver a caer en lo que fue, caer en los recuerdos, caer en el olor de aquel ayer. Tengo miedo del sentimiento que puede revivir su presencia. Siento impotencia porque el ya no es mío. Nunca lo fue. Siento miedo de verme débil en sus ojos. Tengo miedo que se de cuenta de cuanta falta me hace. Tengo miedo de que vea que rompió mi corazón y que no lo he podido reparar. Me mata ver esa sonrisa y saber que la causa ya no soy yo. Tengo miedo del llanto que ya había superado. Tengo miedo de regresar a las noches llena de lagrimas, insomnios y recuerdos. Tengo miedo de ti.

La morena había estado buscando las latas de comida que les habían dado para sobrevivir los días que estuvieran en aquella mansión, tenía muchísimo miedo y andar por la casa no era algo que le gustaba, realmente la tenía aterrorizada pero como siempre, su hambre le ganaba. Estaba sentada en el suelo, rodeada de aquellas latas mientras comía una con una cuchara. Escuchó los pasos de alguien aproximarse a ella y rogó que no fuera algún tipo de demonio o fantasma, pero sea como sea, no quería mirar por lo que cerró los ojos. —Por favor no me mates— repitió varias veces, dejando la comida en el suelo y tapando su rostro con sus manos, aún rehusándose a mirar.

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Soltó una risita al leer la carta de Nymphadora, que le escribía desde Hogwarts. Al parecer su hija de trece años lo pasaba bien, pero lo que le hacía reír era su última pregunta, la misma de siempre: ¿Por qué los enanos tienen nombres normales y yo no? Más vale que la próxima también tenga un nombre raro. Soltó un pequeño suspiro antes de despegar los ojos del trozo de pergamino para mirar a sus otros dos niños. Elizabeth, de siete años, había insistido en cargar a Felix, de dos, ella misma para que Meda no lo tuviese que tener en brazos, y en otra situación se hubiese negado pero no ahora, porque con el vientre cada vez más abultado por el futuro bebé, se le hacia difícil y sabía que la pequeña le gustaba cuidar a su hermano. Observó divertida como sus hijos jugaban, pero frunció levemente el ceño al ver una mueca en la cara de Elizabeth. Seguramente el pequeño ya comenzaba a pesarle. Le sonrió a la niña con complicidad antes de sacarla de ese apuro.

—¿Quieres que te traiga una silla para ti solito, cariño? —preguntó a su hijo pequeño tomando su pequeña mano. Pudo ver una sonrisa aliviada en su hija cuando el pequeño asintió alegre. Andromeda se levantó con algo de dificultad y caminó hacia la mesa más cercana, donde había una silla vacía— Disculpa, ¿esta ocupada esa silla? —preguntó con una sonrisa, aun viendo de reojo a sus dos niños.

Ana

Me prometí no contar esto por respeto, pero la semana pasada tuve un sueño que me hizo cambiar de opinión.

Siempre me interesó lo que no se puede ver. Más allá de mi ateísmo y escepticismo declarado, creo en que no estamos lo suficientemente evolucionados para entender y percibir ciertos estímulos. Nuestros mecanismos cognitivos avanzaron muchísimo desde el primer Australopithecus hasta hoy, pero no hace falta más que mirar un calendario para darte cuenta que todavía falta mucho.

Hace tres años hice un viaje y el vuelo estaba demorado, así que compré una de esas revistas raras de “fantasmas y eventos paranormales”. Ahí me topé con una entrevista a un tipo que no recuerdo el nombre, pero era una especie de espiritista que contaba entre otras cosas, su experiencia con los viajes astrales. El término me generó una curiosidad de inmediato, así que me devoré el reportaje en cuestión de minutos. Voy a dejar que Wikipedia los ilumine:

“La experiencia extracorporal (o viaje astral) es la sensación de estar flotando proyectado fuera del cuerpo. En algunos casos el sujeto puede experimentar la autoscopia (posibilidad de ver el propio cuerpo desde el punto de vista de un observador externo). La proyección astral o desdoblamiento astral es un tipo de experiencia mental subjetiva, por la cual muchas personas dicen haber experimentado una separación de lo que llaman el cuerpo astral del cuerpo físico. Para la ciencia, hasta el momento, no hay ninguna evidencia de que la sensación de experiencia extracorporal tenga otra explicación además de una alucinación”.

A los pocos días, de vuelta en Buenos Aires, me puse a leer. Cientos y cientos de páginas webs y pdfs tratando de entender qué era, cómo se conseguía y para qué eran los viajes astrales. Estaba desesperado por conseguir ese desdoblamiento del que hablaban los textos. El solo hecho de poder verme a mí, en mi cama y yo flotando por la habitación, me inquietaba. Me imaginé ser Peter Pan por un rato y me volví loco. Era más una emoción infantil que otra cosa.

Me motivó la curiosidad y el tiempo libre con el que contaba. Justo había dejado un laburo y tenía tiempo para experimentar de noche, así que investigando llegué a mi propia receta de “cómo lograr un viaje astral”. El procedimiento era: relajación, cosquilleo, mantener la calma y el ritmo cardíaco, relajación, cosquilleo y desdoblamiento. La parte más difícil era esta última, claramente. Estuve intentando 2 meses, hasta que la noche del 12 de enero del 2012 lo logré. Soy horrible para retener las fechas, pero la recuerdo bien porque fue el día que se accidentó el Costa Concordia.

Cuando por fin logré desdoblarme de mi cuerpo, fue algo muy extraño y duró muy poco. En el viaje perdés la percepción espacio - tiempo. La emoción que me provocó haberlo logrado, no se llevó bien con el relax y la concentración, así que volví a mi cuerpo en cuestión de milésimas. Calculo no habré durado más de dos segundos. Cada sesión de desdoblamiento agota mucho, y al menos yo no podía repetir los intentos en la misma noche.

A partir de esa fecha, logré gradualmente agarrarle la mano al procedimiento. Había que mantener la relajación y concentración para que el viaje dure más. Cada día sentía que lo controlaba un poco mejor y solo era cuestión de práctica. Recién al mes siguiente pasó lo de Ana.

Esa noche pretendía ser como todas las demás, salvo que me dolía un poco la cabeza y cené muy poco. Me bañé y acosté en mi cama. Al rato, gracias a un Ibuprofeno me sentí mejor. Esperé a que el silencio se hiciera dueño de la casa e induje el viaje. Esa madrugada el desdoblamiento no me costó. Nunca había podido experimentar la autoscopía (verme a mí mismo acostado en la cama), así que cuando salí de mi cuerpo, intenté girar la cabeza para verme pero no pude. No puedo explicar cómo, pero me detuvo un algo pidiéndome ayuda.

No fue una voz. Ni siquiera sentís sonidos en el desdoblamiento. Me lo estaban diciendo directamente en el cerebro. Como si me regaran el lóbulo frontal con ideas que no eran mías. Era alguien. Le pregunté cómo podía ayudar. Me respondió que necesitaba decirle algo a su hermana porque no había llegado a hacerlo, porque claro, ella estaba muerta. Ahí nomás se presentó y me contó su historia.

Intentaré adaptar literariamente la “conversación” que tuvimos, pero no puedo hacerlo con exactitud. De la misma forma que uso los verbos decir, preguntar y responder, pero ninguno de ellos se acerca siquiera a la experiencia comunicativa a la que me sometí.

Me dijo que se llamaba Ana (no voy a develar el nombre real) y que había fallecido en un accidente automovilístico en Mendoza. Me contó cómo había sido el choque frontal entre su auto y un camión. Tenía dos hijos y una hija, entre 3 y 9 años. El padre los había abandonado por lo que ella era la única encargada de la crianza —tiempo después me enteré que se había ido con otra mujer—. Al morir, este puesto lo tomó su hermana, algunos años menor. Paula criaba a los tres chiquitos de Ana y a dos suyos, en un barrio de la localidad de Luján de Cuyo, al sur de la provincia mendocina. También me contó que tenía un dinero ahorrado, escondido, que era para sus hijos, pero no había llegado a decírselo a nadie. Y por eso estaba ella ahí, pidiéndome ayuda. Me dio unas indicaciones y volví en sí.

Me senté en el borde de la cama, bastante cansado. No tengo idea cuánto tiempo habrá durado el viaje, pero supuse que había sido el más largo. Anoté todos los datos que me había dado en un papel y me dormí sin esfuerzo.

Cada viaje me cansaba bastante, pero ese me dejó de cama directamente. Al día siguiente amanecí con fiebre y hasta llegué a pensar que todo lo vivido era producto de una alucinación febril, así que agarré el papel, Google y busqué cada dato de los que me había proporcionado Ana. Todo coincidía. Desde cómo fue hasta la locación del accidente. A través de la guía telefónica mendocina llegué a averiguar el teléfono de Paula y me comuniqué con ella haciéndome pasar por un encuestador privado. Con un poco de persuasión criolla logré chequear algunos datos. Todo coincidía tenebrosamente.

Tenía dos opciones: hacerme pis encima o ayudar a Ana.

Arranqué por hacerme pis. Después, algo más lúcido y entero, me propuse ayudar a Ana, o más bien a sus hijos, así que agarré el teléfono y llamé a Paula, ahora sin hacerme pasar por nadie. Me presenté y le dije que no se asustara, pero obvio que se asustó. Si empezás la frase con “no te asustes pero”, se va a asustar. En el momento me sentí un poco estúpido. Intenté relajarla pero no pude. Podía percibir como del otro lado del teléfono, se tensaban sus cuerdas vocales en cada respuesta que me daba. Cuando levantó la voz, producto de los nervios, abdiqué la lucha por calmarla y le solté sin pausas todo lo que había vivido. De punta a punta, incluso ahondando en detalles que hoy ya no recuerdo. Lo cierto es que yo no sabía dónde estaba el dinero. De hecho, lo único que me acordaba con respecto a las indicaciones geográficas, era que tenía que ver con una alacena y una lata vieja de galletitas color rojo.

Asumo que me creyó todo porque se trataba de plata y porque en el interior la gente es más confianzuda. Sentí que había cumplido y no hice más nada. La realidad es que tomé al tema con bastante hermetismo y no conté nada a nadie de mi familia ni amigos. Más por respeto a Ana que porque me trataran de un enfermo psiquiátrico.

Después dejé los viajes astrales y la curiosidad por el espiritismo básicamente porque conseguí laburo y estaba cogiendo con una frecuencia digna. Y así pasaron dos años.

La semana pasada Ana se me apareció en un sueño. No la conocía físicamente pero cuando la vi, no me quedaron dudas que era ella. Estábamos los dos sentados en unas sillas de madera, a la vera de un río. No tengo el conocimiento geográfico suficiente para saberlo, pero estoy casi seguro que era en Mendoza. Me agradeció por lo que había hecho y terminamos hablando de tonterías. 

¿Por qué Ana se me aparecía en un sueño a los dos años de lo sucedido? ¿Era realmente Ana o fue una Ana creada por mí que vive en mi subconsciente? ¿Por qué me agradecía ahora? El paisaje ajeno donde nos encontramos me terminó de decidir. No lo conocía en absoluto y nunca lo había soñado, así que supuse que era la Ana real.

Busqué el teléfono de Paula y la llamé. Al reconocer mi voz se alegró y le pregunté por sus hijos y los de Ana. También indagué sobre la plata y me contó que cuando la llamé hace dos años, buscó la caja una semana y desistió al no encontrarla por ningún lado. Y justo la semana anterior a mi llamado, en una remodelación que estaban haciendo en la casa, un albañil la encontró entre la mugre y el desorden propios de la obra.

Me dejó helado. Le agradecí, la saludé y corté el teléfono. Mi cerebro lentamente comenzó a decantar información y vivencias. Estaba todo muy claro y a la vez no. No sé por qué ni cómo me eligió. No entiendo por qué en un viaje astral y no mientras que cocinaba un bife, ni tampoco la razón por la cual esto había pasado por teléfono y a más de mil kilómetros. De lo único que tengo certeza, es que Ana cambió mi forma de ver las cosas.

Dicen que es cuestión de creer o reventar. Y hasta ahora no reventé.

Un insecto extraño yace boca abajo
en la playa. Mide unos 10 centímetros y lo rodea
un círculo de agua. Es algo así
como una mezcla caprichosa de mariposa nocturna
y escarabajo negro. Las musculosas patas delanteras
que sobresalen por debajo de la cabeza
son aterradoras. Nunca antes había visto algo semejante.
De golpe, el acto reflejo de mirar hacia el mar,
como si el bicho hubiera salido de ahí, y creer,
por un momento, que la gente podía rodearme:
escuchar sus exclamaciones, ver sus ojos de asombro.
Pero a nadie le importa mi hallazgo extraordinario.
No hay quién pregunte de dónde salió
este bicho raro, ni qué cosa es, ni cómo di con él.
A nadie le importa asistir a mi versión,
a mi exclusiva y decadente versión del final de La Dolce Vita.
—  M. Ballester / Un hallazgo extraordinario.
Salgo a la calle y me pongo a mirar todo a mi alrededor. Avanzo. Visualizo cada detalle desde la perspectiva de una pequeña abeja. Encuentro fascinante el camino. El paisaje es hermoso. Alguien me saluda y es cuando dejo de verme a mí mismo como una abeja y recuerdo que soy una persona. Regreso el saludo. Sigo caminando. Observo las flores. Tomo un par de geranios rojos, algunas margaritas y tres rosas. Con un lazo amarro las flores. Me dirijo hacia tu casa. De camino hacia tu hogar, paso por Júpiter, nuestro perro que ahora vive con mi madre pues dijiste que ella necesitaría algo de compañía. Él está muy feliz de verme porque sabe que vamos a visitarte. Atravieso el portón. Recorro el inmenso jardín. Dejo las flores sobre tu lugar de descanso. Suelto una lágrima mientras empiezo a cantar esa melodía que siempre querías escuchar. Júpiter se sienta y se acerca hacia mí. Estamos muy triste porque ya no estás. Espero volver a verte uno de estos días. Te dejo una carta escrita con todo mi amor. Me limpio la cara y es hora de regresar a casa.

¿Cómo no quedar estupefacto con la estela que deja al pasar?, las galaxias parecieran alinearse a su mirar, dicen que el universo tiende a expandirse con cada paso que dan sus piececitos, y que al parecer, su fuerza gravitatoria define la órbita de todos y cada uno de los planetas. En su presencia mi nebulosa pierde la entropía, mi mente la cordura y mis pies el norte. Se dice mañosa, difícil de llevar, no disponible (por la re-cresta), pero en el fondo sabe(mos) que a pesar de todo, su no presencia es incluso corrosiva.

A mí el mal genio se me nota en la cara, en la forma de hablar, de mirar, de respirar y en las ganas de querer asesinar, pero nada más.
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