—Tranquilo, márchate… yo me quedaré un rato más ensayando—. Alzó su pulgar con suavidad y el chico de la cabina se marchó a comer, dejándole completamente solo. Estaba agobiado, aquel día no había sido de los mejores, y lo único que conseguía calmarle era la música, por muy típico que sonase. Se acomodó en el asiento donde llevaba sentado la última hora, con la guitarra acomodada sobre sus piernas y el micrófono delante. Aclaró su garganta y, segundos después, comenzó a reproducir la última canción, sin darse cuenta de que estaba siendo observado.

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