Hay personas con quienes pasamos gran parte de nuestra vida y que no aportan nada.
No te iluminan, no te nutren, no te dan impulso alguno (…) Y después están las que uno se cruza, los que a penas conocemos, los que te dicen una palabra, una frase, te conceden un minuto, media hora y cambian el curso de tu vida
—  Las ardillas del central park están tristes los lunes-Katherine Pancol
Keep walking: impossible is nothing

Me di cuenta al despertar de que ya lo había soñado, pero había llegado hasta el momento en que estábamos todos volando sobre el territorio del hogar. En el sueño anterior ella no estaba ahí. Ese lugar se parecía mucho a la Ciudad del niño, lugar donde pasé parte de de mi infancia porque mi madre trabajaba ahí, y tenían sala cuna y jardín infantil para los hijos de las trabajadoras. Pero eso me recuerda un horror mayor, eso me hace entender porque la desesperación por salir de ahí: El obsceno pájaro de la noche. En ese libro Donoso sitúa la Casa de ejercicios espirituales de la encarnación de la Chimba -un hogar de ancianos para nanas retiradas- en el sitio donde más tarde se construirá la Ciudad del niño. Horror: yo estaba en un hogar de ancianos para hombres. Quería salir de ahí. Más terrible aun cuando pienso que en el sueño el hogar y la Ciudad se parecían. Miedos de niñez. Mal. Entonces buscaba salir, pero rechazaba a mi familia, no sé porque. Quizás porque busco no acudir a ellos cuando tengo problemas “personales”. Ese lugar, esa salida donde me los encontraba estaba en el mismo lugar que el de un tercer sueño que tuve, lo cual vuelve todo más raro, porque ese tercer sueño no tenía relación con el del hogar. Así que salía volando, eso ya lo había soñado la otra vez, ya sabía como hacerlo y aunque no me daba cuenta de que la situación era la misma lo recordaba. Lo cuatico es el final del sueño. Con esa chica no me veo hace por lo menos un año. No hablábamos hace meses. Y sin embargo estaba ahí y era una especie de símbolo de paz. Y todo iba bien.

Si yo interpretara sueños, y lo hiciera literalmente, diría que para salir de este caos personal tengo que buscarla a ella y todo iría bien. Pero yo no interpreto sueños… aunque de todas formas la busco.

Así que le converso por msn. Así que le tiro un par de palos suavecito, pero claramente. Así que le propongo que nos veamos. Ella acepta, ella dice bueno, ella propone una fecha cercana, que aprovechemos las vacaciones.


Keep Walking

El Banquete. (Día 3)

         

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Había sido rey por años. De hecho, todavía lo era.  Administraba sus tierras excelentemente, mantenía tratados con reinos vecinos, se llevaba bien con las personas de alta sociedad, quería a su familia,  nunca faltaba el dinero y siempre cumplía su palabra.

Para una de las tantas festividades que se celebraban en el castillo, este buen hombre decidió organizar un banquete. Todos los manjares imaginables e inimaginables serían elaborados, habría vino de muy  buena calidad, el mejor del reino. Las mesas serían las más lujosas del palacio, las copas de plata, y los platos de oro. Los asientos serían los más confortables.  Los sirvientes serían  agradables  y  bellos. Se escucharía una música celestial, tocada en vivo por excelentes profesionales. Sonarían los clarinetes, los instrumentos de cuerda e incluso los de percusión.

Las invitaciones habían sido enviadas con tres meses de anticipación, y los establos estaban siendo acondicionados desde entonces.  Los mensajeros surcaban el reino de norte a sur y de  este a oeste,  invitando a tanta gente importante como les fuera posible. Ni siquiera había un número limitado de tarjetas, cada vez que se terminaban, bastaba con pedir más, y continuaban entregando.

Algunos tenían los nudillos rojos (y lastimados en algunos casos) del continuo golpeteo con su puño en las puertas de madera, y otros la voz ronca de las muchas presentaciones, y de la constante charla.

La gente no comentaba  otra cosa en aquel lugar,  y tampoco en las localidades vecinas, ni siquiera en las lejanas. Era el tema de conversación preferido por todos.

El rey, por su parte,  se encontraba expectante. Cada día se levantaba con la esperanza de recibir algún invitado a quien alojar en sus instalaciones. Quería alimentar a esas personas, y causarles mucho bien.

Los mensajeros continuaban partiendo, y muy pronto los primeros en salir ya habían regresado a casa.  El soberano los mandó a llamar enseguida. A pesar de su euforia, se mantuvo impasible, haciéndose respetar.  Se sentó en su trono ornamentado y los viajeros hincaron las rodillas en el suelo cuando estuvieron en su presencia.

La sala era amplia y ovalada. Con grandes ventanales a izquierda y derecha que dejaban entrar la luz del sol. El suelo era de piedra y del techo abovedado colgaban  arañas de cristal, que soltaban pequeños destellos brillantes. No había muebles en aquella habitación, a excepción del gran trono.

-Han de contarme sus noticas, caballeros. – exigió el rey, y su voz grave y potente se amplificó por todo el lugar.

Los hombres, temiendo incomodar  a su señor, no se movieron de su posición: con la rodilla derecha en el suelo y las cabezas inclinadas, formando una hilera a sus pies.

-Hablen. – exclamó y esta vez su palabra fue como un trueno. Sus cejas espesas se fruncieron un poco. « ¿Habrán perdido la lengua? » Se preguntó a sí mismo.

-Su excelencia. -comenzó uno de ellos, tomando coraje de pronto y poniéndose de pie. No deseaba hacerlo esperar, incluso cuando lo que estaba a punto de decir, no alegraría a su rey.- Me temo que, de las cincuenta y tres invitaciones que he tenido el honor de entregar, ni una sola ha sido aceptada. Todos a cuantos he preguntado, me han comunicado que no podrán asistir.

Luego cayó y volvió a la posición inicial, junto a sus compañeros.  Un silencio abrumador se instaló entre ellos. El rey se hallaba asombrado. Jamás había esperado semejante resultado. ¿Por qué sus súbditos no querían comer en su mesa?

-¿Y tú qué tienes para informarme? – preguntó al segundo de los hombres. No se permitiría perder la esperanza tan pronto.

Tembloroso, el viajero se puso de pie, y con un hilillo de voz rasposa, anunció:

-A pesar de lo mucho que he insistido, de la cantidad innumerable de tarjetas que se me han otorgado, he llegado al mismo triste final, mi alteza. Cada una de ellas me ha sido devuelta, y en su reverso, se encuentran garabateadas  las excusas que les impiden estar aquí el día del banquete. 

Después, se adelantó unos pasos, y de sus bolsillos extrajo cinco o seis papeles como prueba de sus palabras.

El rey experimentó una tristeza infinita. Sin embargo nadie lo notó. Un soberano no podía ponerse sentimental frente a sus súbditos. Continuó preguntando a sus hombres, y cada vez, con los rostros apenados, ellos respondían lo mismo. Nadie asistiría al banquete.

Pasaron los días. El  hombre todavía albergaba la esperanza de que buenas noticias entraran por su puerta, pero eso jamás sucedió. Al contrario, todas las jornadas llegaban mensajeros del reino para informarle que ni un solo hombre había accedido a su fantástica invitación.   

Tres días antes de la festividad, cuando ya era seguro que  resultaría un fiasco, el rey se paseaba por entre las mesas,  las sillas de roble y los almohadones mullidos de diferentes colores. Respiraba el aire perfumado. Escuchaba a los músicos ensayar y observaba con tristeza lo vacío que se encontraba aquel espacio, el que tanto había imaginado repleto de alegría, comida y, sobre todo, convidados. 

Extrañamente, no había cancelado la celebración. El palacio, aromatizado por las especies utilizadas para las comidas elaboradas durante varios días. Las sirvientas habían preparado los cuartos con afán, la bodega estaba llena de vino hasta el último barril…. preparaciones inútiles para invitados inexistentes.

Siguió avanzando y se sentó en su lugar, presidiendo la mesa principal. Imaginó todas las copas en el aire al proponer un brindis, el metal chocando y el vino salpicando. Las risas alegres de sus comensales. Entonces le surgió una idea. 

Abandonó corriendo el gran salón y reunió a la mayor cantidad de mensajeros que fue capaz. Les dijo:

-Recorran las calles, los puentes, los caminos. Cada encrucijada, las laderas de las montañas, las pequeñas aldeas. Quiero a todos los desafortunados sentados a mi mesa al cabo de tres días.  Niños huérfanos, ciegos, paralíticos, enfermos, pobres, viudas. Inviten a quienes no hayan sido avisados todavía.  ¡Y apresúrense! ¡Setenta y dos horas habrán de ser suficiente!

Se escucharon gritos de júbilo entre los hombres, contentos de ver renovado el ánimo de su señor.  Se pusieron en marcha lo más pronto posible. Recorrieron los lugares que habían sido mencionados, con verdadero cuidado de no pasar a nadie por  desapercibido.  Y a su paso, los llantos de felicidad y los “¡Sí!” más fuertes  que se oyeran nunca, eran exclamados.

La noche del banquete, una brisa agradable recorría el salón y jugaba divertida aliviando a los comensales. El rey estaba feliz. Los nuevos invitados comieron y bebieron hasta saciarse. Bailaron y cantaron. Brindaron por cada uno de los presentes. La celebración resultaba ser todo un éxito, una fiesta. Hasta los guardias exhibían radiantes sonrisas en sus rostros.  No se oía un solo llanto de niño en el reino…

Y a nadie se le hubiera ocurrido: a pocas cuadras de distancia, aquellas personas que tenían asuntos más importantes que atender, deseaban fervientemente estar junto el rey, celebrando a su lado. Algunas conscientemente, otras, con un desconocido malestar en el alma, que no sabían a qué atribuir.

Se instalaba en ellos la tristeza causada por la lejanía de su Señor. 

                                                                        Angélica Koncurat.

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