la patria

EL GRITO DE INDEPENDENCIA

Por: RAFAEL MARTINEZ DE LA BORBOLLA

Morir es nada cuando por la patria se muere.” José María Morelos.

A principios del siglo XIX en la Nueva España existía un descontento contra España, surgido de la opresión que la monarquía ejercía en todos los ámbitos de la vida de la colonia, la discriminación de los peninsulares sobre los criollos, el sistema de castas existente y su política mercantilista, que restringía seriamente el comercio limitando el desarrollo económico del Virreinato.

Después de la usurpación de la monarquía española por José Bonaparte, empezó a abrirse un clima apropiado para iniciar las independencias hispanoamericanas. José I representó dentro de la tradición monárquica peninsular a un rey intruso e ilegítimo. Por esta razón, la crisis provocada por la invasión de Napoleón en España fue el pretexto legítimo que permitió a los americanos intentar su independencia, pero por el camino del rey, de la religión, de la tradición democrática española y del orden. Éste era, sin duda, el único camino para buscarla.

El movimiento de independencia comenzaría el 2 de Octubre en San Juan de los Lagos, pero son descubiertos. Esta vez la suerte esta echada, todo se precipita, la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez alerta a Ignacio Pérez y a Aldama que la conspiración ha sido descubierta; avisan a Allende, y en Dolores fue Don Miguel Hidalgo quien en medio de su soledad decidió iniciar la lucha inmediatamente. No hay vuelta atrás. Primero pusieron en libertad a los presos, aprehendieron a los españoles que se encontraban en la población y se dio el “Grito de Dolores”, hoy celebrado como el “Grito de la Independencia”. El nacimiento de una nación está ocurriendo.

Erróneamente se celebra el 15 de septiembre como el Día de la Independencia, y se reconoce la fecha como en la que dio inicio el movimiento armado por la soberanía de la nación. En la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo y Costilla acudió al atrio de la iglesia de su parroquia en el pueblo de Dolores, seguido de un grupo simpatizante. Llamó a misa y exhortó a los feligreses a “que se uniesen con él y le ayudasen a defender el reino porque querían entregarlo a los franceses. Que ya se había acabado la opresión y ya no había más tributos, y que quienes se alistasen con caballos y armas les pagaría a peso diario y los de a pie a quatro reales […] y con el grito ¡Mexicanos, viva México!, ¡”Viva la Virgen de Guadalupe”!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!; Hidalgo incitó al pueblo a levantarse contra los españoles. Todo esto pasó desde las cuatro de la mañana del día diez y seis que llegó a Dolores, hasta las once de la misma mañana […]”.

Las alusiones de Hidalgo de ir contra el “mal gobierno” y acabar con el “pago del tributo” fueron bien recibidos por los indígenas, que en su mayoría se movían en un ambiente de necesidad, miseria, ignorancia y opresión. Igualmente, estas metas resultaron muy razonables y a tono con el espíritu predominante en aquel momento, porque se suponía que servirían para quitarles el poder a los gachupines que, para muchos, sólo deseaban entregar el reino a los franceses. La revolución de Hidalgo ofreció como principal aliciente repartir más equitativamente la riqueza. Consideraba que el pueblo estaba obligado a contribuir con sus armas y caballos a la santa causa. La valentía de la insurgencia y la lucha por la libertad significaron para las masas la oportunidad de ganar riquezas o empleos que jamás habrían tenido en otras circunstancias.

Hidalgo necesitaba una bandera válida y atractiva para el pueblo indígena y mestizo, en los cuales recaería el peso de la lucha. Por eso se decidió en Atotonilco por la imagen de la virgen de Guadalupe, desde entonces fuente de identidad nacional, ella: la protectora del indio Juan Diego, la madre de todo el mestizaje, con ella de su parte, ¿quién podría vencerlos? La imagen guadalupana, vinculada a la tierra, por su tradición representaba una especie de patria sin definición. La virgen morena en las manos de un sacerdote, convertía la causa en santa.

La guerra de independencia pudo terminar con el triunfo de los Insurgentes en noviembre de 1810. La mañana del 30 de octubre, ochenta mil insurgentes sin disciplina militar se enfrentaron a las fuerzas realistas en el Monte de las Cruces, en la zona donde actualmente se conoce como La Marquesa, en el Estado de México, la victoria fue total, los realistas se retiraron en desbandada y la Ciudad de México estaba indefensa, sin embargo, Hidalgo se detuvo en Cuajimalpa y tras deliberar durante un par de días, optó por retroceder la mañana del 2 de noviembre. Uno de los más graves errores estratégicos de la historia militar. Existen dos versiones por las cuales Hidalgo no tomo la capital, la primera es que obsesionado por la Masacre que fue víctima la población en Guanajuato tras ser capturada por el ejercito insurgente y que le resto gran parte del apoyo de los mestizos y los criollos al movimiento, tenía la certeza que no podría controlar el saqueo, el asesinato y la violación en la Ciudad de México una vez fuera tomada por su ejercito. Y la segunda; su deseo de que su opinión prevaleciera sobre la de Ignacio Allende; su principal estratega militar y a la vez su principal contrincante político dentro del movimiento, quien incluso amago con dimitir si no se tomaba la Ciudad. La primera escisión dentro del movimiento se había producido. Menos de un año después, traicionados, ambos morirían ejecutados.

El carácter social de la lucha, se confirma el 29 de noviembre de 1810 cuando Hidalgo publica el decreto sobre la Abolición de la Esclavitud y del pago de tributos con el que centraba su atención en el carácter restaurador del movimiento de independencia poniendo especial énfasis dentro de sus planteamientos medulares en las reivindicaciones de los indios y castas de la todavía entonces Colonia.


En su obra “El Laberinto de la Soledad” el Maestro Octavio Paz escribe: “La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios. La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderၠbien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en Españaƒ los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia”.

Después de once años de guerra, en 1821 la Nueva España dejó de serlo y se convirtió en México, a través del Plan de Iguala que derivó en Los Tratados de Córdova, en estos el proyecto entre Iturbide y Guerrero establecía como primer punto ofrecer el trono de México al rey de España: Fernando VII, con lo que se pretendía regresar al dominio español. Ante la negativa y el rechazo de otro gobernante europeo quien decidiera tomar el mando de la nación, no quedó otra posibilidad mas que ser independientes. En palabras de María Luisa Aspe Armella: “la Independencia de México nace al intemperie porque no era ni lo buscado ni lo querido”, diferente a la independencia proclamada en otros países.

El 16 de septiembre de 1810 se inicio una nueva época para México, desde entonces ha tenido que librar duras batallas y derramar sangre, sudor y lágrimas para conservar su Identidad y su Independencia; el camino no ha sido fácil: dictaduras, malos gobiernos, líderes mesiánicos, traiciones, egoísmos, grandes corporaciones, imperios, potencias extranjeras; todos en algún momento han conspirado contra México quien ha logrado prevalecer a través de su mayor riqueza; esos hombres y mujeres que andan a pie, muchas veces sin hacer ruido ni buscar gloria, los que no se espantan de nada, los que aguantan pero no soportan, los trabajadores, los que ante la adversidad se ponen de pie y aprietan los dientes. Los que no se vencen ante las crisis, terremotos o huracanes, los que laboran sus campos y construyen sus ciudades, los maestros que luchan contra el analfabetismo, los doctores que curan, esos empresarios que crean empleos, aquellos que creen en su nación he invierten en México, los que participan en el dialogo y en la critica constructiva, los buenos funcionarios públicos, los estudiantes que se preparan con ahínco, los abuelos que cuidan a los nietos y aconsejan a los hijos, los mexicanos que creen en la verdad y la justicia. Esos héroes anónimos como los bomberos, los periodistas, los carteros y las enfermeras. Los técnicos especializados que nos dan luz, agua y todos los servicios que nos son cotidianos, esas personas solidarias en los tiempos difíciles, aquellos que están con la sonrisa en los labios y soluciones a los problemas que enfrentamos, esas parejas de enamorados que deciden hacer aquí su hogar y formar familia, los millones de niños que con asombro leen la historia de su nación y orgullosos acuden a honores a la bandera, los que día a día dan todo por sus seres queridos y por su patria, los que cada generación hacen la más excepcional de sus obras con el más digno ejemplo; su vida diaria, esos que siempre son más: los buenos mexicanos. ¡Viva México!.

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