Me canso de buscarte siempre y siempre encontrarte a medias. Me aferro a los jirones que quedan de lo que eras. Y la luna brilla menos desde que tú no le haces competencia. Tu luz se apaga como una vela, y yo me empeño en seguir encendiéndola aunque la llama esté muerta.

I’m stoked and humbled to be asked by Kimbra to make an artwork based on my experience with her new album, The Golden Echo for a collaborative music/visual art exhibition. My painting, what? is it? about you was inspired by the trippy chemical grooves in Everlovin’ Ya.

The artists participating in this project are Travis Louie, Craola, Victor Castillo, Candice Tripp, Mel Kadel, Nicola Verlato, Jeff Koegel, Mercedes Helnwein, Devngosha, Vonn Sumner, Timothy Armstrong, Svetlana Shigroff, Jono Brandel and Miguel Jiron.

Nicola Verlato, Kimbra, 2014, image posted with permission of the artist. 

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Exhibition Event: 
Kimbra at the Graffiti Cafe, 180 S La Brea Ave., Los Angeles, CA, Thursday, August 21st, 7:30 PM.

For artwork purchase contact info@mkgallery.com.

Group exhibition will also include the work of: Travis Louie, Craola (Greg Simkins), Victor Castillo, Candice Tripp, Mel Kadel, Jeff Koegel, Mercedes Helnwein, Devngosha, Vonn Sumner, Timothy Armstrong, Svetlana Shifroff, Jono Brandel, Miguel Jiron

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al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y desde siempre he sabido que esa escritura —poemas, cuentos, novelas— era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo eso.
—  Julio Cortázar.
El amor hay que hacerlo, como si estuvieras creando, entregando el alma, aunque sepas que en esa entrega quedaran tus pedazos, quedaran tus uñas clavadas, tu piel hecha jirones, tu corazón vació.
Sin palabras

Al final de la tarde, en la avenida Universidad. Un camión de Enelvén está atravesado en la vía y genera una larga cola. El calor aún aprieta. A mi lado, varado como el mío, está un carro lastimoso. Se trata de un Chevrolet Century que tiene con seguridad más de veinte años. Debido a los parches, el color es indescifrable. La mitad trasera del carro está ostensiblemente más baja que la delantera y se ve que la parte interna del techo cae en jirones, como telarañas sobrecargadas, sobre los dos hombretones que lo tripulan. Llevan las ventanas abiertas. El que va al volante debe rondar los cuarenta años. Veo sus enormes bíceps tatuados apoyarse sobre el marco de la ventana. Sus dedos tamborilean con impaciencia en la parte exterior del techo. Viste una franela sin mangas. De vez en cuando voltea levemente la cabeza hacia quien lo acompaña en el puesto de copiloto y asiente; lo veo también mover sus labios. El copiloto, un hombre más joven, pero también inmenso, sostiene en el aire entre índices y pulgares un vestidito de flores que no puede servirle a alguien mayor de dos años de edad. Lo contempla. Lo gira apenas unos grados para que su acompañante lo observe. Vuelve a mirarlo separándolo un poco más de sí. Lo hace desaparecer en su regazo y en unos segundos resurgen sus manos, esta vez con una pequeña percha que sostiene un conjunto de blusa y pantalón, también mínimos. Se repite la inspección, la búsqueda de aprobación del conductor, los ademanes hoscos. De repente, el conductor se da cuenta de que los he estado observando. Veo que detiene el tamborileo, le dice algo a su acompañante y este inclina su cuerpo hacia adelante para verme mejor, todavía con la percha en la mano. Ambos me miran, riéndose. El chofer señala al otro con su pulgar derecho y menea la cabeza, con la boca torcida, fingiendo desaprobación. Su acompañante, levanta un poco más el conjunto de blusa y pantalón para que yo lo vea bien y echa un poco la cabeza hacia atrás varias veces, levantando las cejas, solicitando mi opinión. Yo sonrío y levanto el pulgar. Entonces él regresa al vestidito y me lo muestra. Repito mi gesto. Rebusca en el regazo y saca un pequeño peluche: un perrito. Me lo muestra, todo mientras el conductor menea la cabeza, divertido. Cuando apruebo también el juguete, el más joven suelta el perrito y hace con las dos manos la forma de un corazón, se las lleva al pecho y las mueve, como si latieran. Los tres sonreímos. En pocos segundos, la cola avanza.

Al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y desde siempre he sabido que esa escritura —poemas, cuentos, novelas— era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo eso.
—  Julio Cortázar.
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