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Juan Manuel

Juan Manuel busca puntos de fuga cuando hace frío y mira las estrellas cuando le aburre el hedor; el hedor de la negligencia, del mal sabor, la infamia que produce la mentira y la desesperación.

Juan Manuel se aburre, se aburre de su hedor, el hedor de su negligencia y su mal sabor; mira las estrellas para olvidar su vacío, como si cada estrella sobre sus cejas quedara atrapada en su interior para evitar llenarlo con dolor, llenarlo con sangre de tambor, con sangre de obturador, con la sangre de su voz.

Juan Manuel no deja de ver las estrellas; las que brillan, las que no, las que nunca llegaron a serlo y las que ya no lo son. Le gusta ver estrellas porque de él solo las separan colinas de prados blancos, espumosas frazadas para los sueños y trampolines para sus pesadillas.

Juan Manuel nunca recuerda sus sueños, quizás porque se quedan bailando afuera; uno con cada una de las miles de estrellas que lo saludan de vez en vez. Se quedan con ellas para que desde las alturas puedan llenarlo con la ilusión que pierde al soñar.

Juan Manuel ama sus pesadillas, esas que no se van; esas de las que si recuerda cada aguijón. Las ama porque le recuerdan lo vivo (muerto) que está.