hábitat

La plaza, el punto de referencia, el de reunión entre propios y extraños. El espacio público por excelencia reivindicatorio de las luchas sociales, el objetivo de las revoluciones. El lugar estratégico de las manifestaciones del poder. En donde se ejercen garantías individuales pero también donde el pueblo derrama su sangre y pone los muertos para que la burocracia política los convierta en cifras maquilladas para las estadísticas de las historias oficiales.
En el caso de México, la burocracia cree y nos quiere hacer creer que la plaza les pertenece, que debemos pedir permiso para ocuparla. Y nuestro espacio público ya no es tan público. Hoy, es un espacio negado para el arte no oficial como lo demuestran los burócratas, tinterillos irracionales y contadores mediocres.
La peor burocracia: la cultural. Enemiga del arte público y de artistas. Insana para concebir políticas culturales acordes a las necesidades de la sociedad y de los artistas. Esta plebe de “especialistas” culturales está convencida de que su voz es “ley”, “beneficio”, “aporte”, “construcción” y “solución” reforzando el mito en el imaginario social de que éste gobierno sí hace cultura y lo demuestra en nuestros espacios públicos. Nadie se salva. La burocracia gasta las arcas de la nación en sostenerse a sí misma y en satisfacer los caprichos de los artistas amigos de los funcionarios de alto nivel: nuestros empleados.
Así, quedó demostrado una vez más, ahora en el extraordinario primer Simposio de Arte Público organizado por entusiastas estudiantes con el más alto nivel de análisis de las artes visuales, diseño del hábitat y arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Simposio en el que las autoridades culturales del estado, reflejo inequívoco de la cultura a nivel nacional, hicieron despliegue de conocimientos decimonónicos en materia de arte, malinchismo y hasta clasismo para referirse a las políticas culturales que implementan en Yucatán y su postura frente al arte público donde lo “bondadoso” lo “verdadero” y lo “bonito” imperan hasta la náusea.
Hermosa plaza, cuántas veces liberada, cuántas mancillada y pisoteada; al servicio de la demagogia; disponible para el circo de los traidores y vendepatrias que en corrales de humanos uniformados mantienen su distancia con el pópulo, desplegando toda la parafernalia de la prepotencia y la macana.
Ni permiso ni perdón. La tarea es un tanto compleja ya que no es fácil hacer uso de la plaza. Se corren riesgos, como la censura y el veto. Para los artistas públicos, para manifestaciones como el muralismo por ejemplo, es un espacio negado como lo ha demostrado en reiteradas ocasiones el gobierno y tomar la plaza con la Constitución Política en la mano para hacer uso de ella con expresiones artísticas, implica arriesgarse a ser acusado de sedición, alterar el orden público, ataque a las vías de comunicación, daño a propiedad federal y hasta de motín. ¡Vaya con la democracia!
Así que, ¿plaza pública? Sin embargo los artistas nos las ingeniamos para hacer uso del espacio al cual tenemos derecho, a veces sale bien y a veces con la fuerza pública somos desalojados porque no tenemos “permiso”. Pero la plaza sigue ahí inamovible, imponente, y pese a todo seguimos ocupándola, viviéndola y recreándola para disfrute de todos, absolutamente de todos, ya que en esa plaza las artes encuentran un foro popular y nacional.
En esa plaza nuestra bandera nos cobija del oscuro Sol de estos tiempos de nueva inquisición. En esa plaza conviven la locura y la sinrazón, el catrín, el pendejo, el fanático, el bon bon, el turista, el mendigo, el vidente, el artista, el tullido, el junior, el obrero, el indígena, el burócrata, el campesino, el desempleado, los niños, los ancianos y hasta el ladrón. En esa plaza los novios aletean sus mariposas alas y los amores prohibidos se roban los besos. Porque la plaza, sin más, le pertenece a su pueblo, a su gente; ahí está parte de su historia y de su identidad, de su sangre y de sus ancestros; de sus mitos y sus leyendas.
Ahí está pues: nuestra plaza pública.

* Miembro del Movimiento Mexicano Muralista

—  Polo Castellanos.
Una ciudad de aquí

Me metisteis ruedas hasta las entrañas.

Me arrancásteis los árboles más viejos y descuidásteis que lxs niñxs y otrxs que gritan bajito, no fueran bien recibidos.

Me dejásteis en manos de los que no saben cuánto vales tú porque eres con ellxs y no solx.

Me abandonásteis porque os convenía hacerme crecer más allá de los límites imaginables de lo que cabe en una vida humana real, sólo por dinero.

Me vendísteis y ahora soy tan dura y gris que me cuesta no ahogar a lxs que contengo.

Dejad al menos

que unxs que ven abrazos donde ustedes sólo veis cajeros automáticos

tengan la oportunidad de intentar hacer que otras cosas pasen.

Gracias.

Fdo: Una ciudad del lado de aquí

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La luminosidad del hábitat influye en el tamaño de los ojos de las aves

Un artículo, publicado en Ecology and Evolution, sugiere que las aves de la selva amazónica –donde la luminosidad varía mucho de una zona a otra– tienen los ojos más grandes para adaptarse a una menor cantidad de luz. Sin embargo, los investigadores demuestran que a pesar de este beneficio biológico existen también costos a esta adaptación, como daños oculares por el exceso de luz.

Investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), han determinado cómo influye la luminosidad del hábitat en el tamaño relativo de los ojos de un grupo de especies de aves amazónicas. El estudio sugiere que las aves que viven en zonas con menor cantidad de luz tienen ojos más grandes que les permiten alimentarse a horas más tempranas y aumentar su periodo diario de actividad. Asimismo, las conclusiones sugieren que deben existir costos, como daños oculares provocados por el exceso de luz, derivados de tener un ojo grande.

El tamaño relativo de los ojos está relacionado con los niveles de luz de los hábitats. Los peces abisales o las aves nocturnas tienen ojos más grandes de lo que esperaríamos por su tamaño ya que un mayor tamaño ocular aumenta la capacidad visual permitiendo discernir presas o depredadores y facilitando la comunicación en la oscuridad.

El tamaño relativo de los ojos está relacionado con los niveles de luz de los hábitats

Lo que no se sabía es cómo afectan las diferencias de luz en hábitats como la selva amazónica, donde los cambios son muy acusados. El elevado porte de los árboles y la intrincada vegetación de la Amazonía permiten definir zonas de luminosidad muy diferente.

“Cada especie de las que integran la comunidad de aves de esta región, una de las más diversas del mundo, elige sus hábitats en función de dos variables: la distancia del borde del bosque y la altura de la vegetación en la que viven”, explica Cristina Martínez, bióloga por la Universidad Complutense de Madrid.

Balance entres costos y beneficios

La primera fase del estudio consistió en censar las aves a distintas distancias del borde de la selva con el fin de caracterizar su elección de hábitat, y después determinar la relación entre estas variables y el tamaño relativo de los ojos. “Las mediciones del tamaño de ojo se efectuaron sobre fotografías, usando como escala el tamaño de pico cuya medida se obtuvo gracias a los ejemplares de la colección del Museo de Historia Natural de Sao Paulo”, explica Eduardo Santos, investigador de la Universidad de sao Paulo (Brasil).

Los resultados muestran que las aves que viven en las zonas más internas de la selva –áreas a las que llega menor cantidad de luz solar–, tienen ojos mayores que las que viven en los márgenes. Sin embargo, la altura de la vegetación no marca ninguna diferencia. “El patrón encontrado apunta que las aves compensan los bajos niveles de luz con un tamaño de ojo mayor. Esta variación sugiere que existen costos derivados de tener un ojo grande y que el tamaño relativo de los ojos es el resultado de un balance entre costos y beneficios biológicos”, concluye Diego Gil, investigador en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC).

Fuente: SINC