Hoy en #OtrosPaisajistas les presentamos otra Alameda, la de Cleofas Almanza. Este paisaje no muestra ningún episodio y se acerca más a una exploración del espacio como lugar de contemplación. Se aprecian los caminos de tierra y una infraestructura apenas suficiente enclavada en el follaje fresco de los arboles. 

Cleofas Almanza, “Glorieta principal de la Alameda”, 1882. 

 
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El durmiente del valle

En un claro del bosque donde canta la rivera,
cuelgan locamente en el follaje los harapos
de plata; donde el sol de la orgullosa montaña
luce: un pequeño valle espumoso de resplandor.

Un soldado joven, atónito, cabeza desnuda
la nuca bañada en suave azul,
duerme; tumbado en la hierba, bajo el cielo,
pálido en su verde lecho donde llueve luz.

Los pies en los gladiolos, duerme. sonriendo como
sonreiría un infante enfermo, descansa:
naturaleza, mécelo cálidamente: tiene frío.

Ya no le estremecen los perfumes;
duerme al sol, la mano sobre el pecho,
tranquilo.
se ven dos agujeros rojos al costado derecho de su dorso.

Arturito Rimbaud


 

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor

es su entornada sustancia. Abre

con hociquillo de marmota,

senderos y senderos

inextricables. Es el camino

de vuelta

de los muertos, el lugar luminoso en donde suelen

resplandecer. Como zafiros bajo la arena

hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración

de pedernal, blanca y hundiéndose

y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento,

de la calma del agua, y del sol

que toca,

con dedos ígneos y delicados

la frescura vital. Así nos dicen

con su candor de caracolas; así van devanándonos

con su luz, que es piedra,

y que es principio con el agua, y es mar

de hondos follajes

inexpugnables, a los que sólo así, de noche,

nos es dado ver

y encender.


 

CORAL BRACHO, El amor en su entornada sustancia


 

Un viaje sin ti (escrito n° 3)

Sorprendente es ver

Como las cosas han cambiado

Como todo ya se ha ido,

Como se ha formado un pasado.

En esta transición

Por ahora camino sola

Esperando que otra vez

Tú llegues y digas “Hola”.

Porque miro al costado

Y ya no estas a mi lado

Decidiste ir a otro paisaje

Porque se hace gris mi follaje.

Pero es un viaje largo,

Aunque,

Si los caminos una vez

Se enlazaron,

Qué impide que otra vez

Nos veamos?.

Después de todo no te he olvidado

Aunque hayas decidido ser pasado

Después de todo te amé, amo y amaré

Y más allá de la muerte te encontraré.

Porque si en esta vida es fin,

En otra será comienzo.

Aunque por ahora queda vida

Quedan, además, muchos inviernos,

Fríos y sin ti,

Cada uno es un infierno.

EL TAXISTA CIEGO

Caminando de noche como todos los viernes luego de un incesante zumbido de tarros y guitarras chirriantes en un bar verde, verde y rojo, lleno de fanáticos de aquella banda gutural, me encontré empapado de un ligero líquido corroído y dorado. Apure el paso. Mi mente se perdía, seguía aquella avenida hasta curvarse en un vortex interminable. El suelo era áspero, lo vi de cerca varias veces, tenía un color anaranjado, con esa calidez ajena a una noche de invierno.

A lo lejos observé cómo dos perros, uno de color gris y otro manchado, peleaban por un trozo de tela manchada. A medida que caminaba por la calle desierta y penumbrosa comprendí que no me encontraba solo, aquellos perros jugueteaban con una falda ensangrentada. Me acerqué más para entender lo que sucedía, cosa recurrente para un miope como yo, y entre la espesura de aquella calle llena de follaje gris y peceras estancadas logré ver lo que realmente sucedía.

 El perro gris comía y succionaba la prenda con rabia, sabía que si no comía eso no vería otra prenda similar, con ese encanto sucio, por semanas o tal vez meses. El manchado en cambio, tiraba de la prenda por orgullo, sabía que no era lo único que podía encontrar esa noche, pero la basura también tiene categorías.

Entré a esa pelea, tire de las orejas del perro gris, el me golpeo con la cola y caí. Su rabia le daba un rastro de melancolía que era más fuerte que cualquier patada. Intenté con el otro perro. Lo tiré de la cola a lo que el respondió con un aullido y soltó la falda. Se dio por vencido al primer signo de poder, si existía competencia a la cual no podía ganar se rendía.

Finalmente tiré de la falda hasta que le rompí los colmillos al perro gris. Grito con furia, como si supiera que no vería nunca más aquella prenda. Luego se acercó a mí, cabeza agacha y dijo: no recojas fragmentos rotos, rompe tú mismo el cristal ajeno.

Con la falda en mis manos seguí caminando, la sangre coagulada que tenía la prenda comenzó a tomar forma. Relleno la falda y luego se convirtió en una chica de unos 20 años. Pelo negro con brillos rojos, piel blanca y ojos verdes.

-déjame en la esquina, gracias por no dejarme sola- dijo y toco mi hombro con una fría y delgada mano de puntas rojas

-en la esquina? Y si te atacan de nuevo?- pregunte mirándola a los pechos

-hasta los perros de la calle saben cuándo rendirse- respondió

La dejé en la esquina, donde un hombre corpulento de pelo enmarañado y razgos duros la tomo por la cintura y se la llevo por un callejón.

Seguí mi rumbo pensando aun en todas las posibles explicaciones del porque un hombre como aquel chulo podía querer a una mujer como ella, girando en círculos, rebotando, palpando como alguien podía caer en su juego.

Dos cuadras más y vuelve el hombre caminando tras de mí, sin la chica pero con un nuevo tatuaje en su cuello.

-          Hey, no tendrás un pañuelo? – preguntó

-          Un hombre de tu alcurnia debería tener pañuelos – conteste sin mirar hacia atrás

-          La sangre de una mujer no se quita tan fácilmente como pensé.

Me detuve y lo mire de cerca, tenía la misma mancha de sangre que aquella falda.

-          En lo posible, ráspate el cuello y no mires la mancha – dije y al terminar mi oración me di cuenta que un auto venía a baja velocidad a lo lejos

-          Hey, que mala actitud, no tenía nada malo, todo lo contrario- dijo riendo y sobándose con una mano el estómago y con la otra el cuello manchado.

Se quedó ahí, sobándose el cuello y riendo, encendiendo un cigarro y riendo, fumando y riendo hasta que la mancha lo absorbió. Sólo escuche un – socorro – desesperado a lo lejos. Y el auto se acercaba.

Llegue a una pequeña plaza, llena de arbustos inmóviles y susurrantes, con asientos que gimen y crujen. Con un pequeño espacio central del cual salió la mujer de la falda.

-          Será que me acompañaras hasta mi casa? – le pregunte mientras se acercaba

-          No es necesario, aprendiste tu lección – me tomó el pelo y me besó

Su aliento a fresa y su collar de dientes humanos me atrajeron hacia sus pechos (una vez más) y justo donde terminaba su escote, se dejaba entrever un papel. Lo tomé y en él se leía: “no es cuestión de género abusar del otro”.

-          No es el género, no es el otro, solo somos el yo el que nos arroja por el abismo de la vida. Recoge el vaso que botaste-

Sonó un bocinazo.

Miré.

Nadie.

Volví la cara y ya se había marchado.

Salí de la plaza me aleje de sus ruidos, viendo cómo se caía sola la mancha que aquella mujer había dejado en mi barbilla.

Mientras cruzaba la calle, aun reflexionando del color de la mancha en la falda, una cálida lluvia amarilla ilumino mi hombro izquierdo.. 

Esa bruma que arropa al follaje es el cúmulo de almas en pena de nosotros los inseguros e inexpertos. No olvides que todos somos capaces de crear nuestra propia miseria, nadie se encuentra exento.

Es increíble pensar que esto era una de las zonas de la colonia Roma Norte en la Ciudad de México. Esta composición de Luis Coto, elaborada a mediados del siglo XIX, mostraba colores luminosos (el cielo y los follajes) que enmarcaban la vida de los habitantes en actividades rurales. Al fondo a la izquierda se vislumbra el Castillo de Chapultepec como referente temporal del paisaje. #OtrosPaisajistas

Luis Coto (1830-1891), Paisaje de San Cristóbal Romita,1857.

LunesdeLectura 03 ///// 

Cali, Enero 1997 ////// Teníamos once años. Era jueves y hacía calor. Alma y yo nos sentamos en su patio a tomar jugo de lulo y a ver el viento soplar sobre las palmeras. Su gato, Ezequiel, desfilaba su pelaje gris frente a nosotros, despacio, casi seduciéndonos. El patio de la casa de Alma era verde y extenso, estaba resguardado por un muro blanco que daba a la casa de los vecinos y que estaba adornado con verdes swingleas exquisitamente podadas todas al mismo nivel, armando cubos de follaje perfectos. En una esquina convivían especies diferentes de flores como veraneras, cambulos, flores del quereme, resucitados y geranios y otras cuyo nombre nunca supimos pero que eran nuestras favoritas porque al chuparlas sabían a miel. A veces pasa que nuestras cosas favoritas son así, sin nombre. (Click para seguir leyendo) 

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