Todos hemos pasado por períodos de tristeza y depresión profunda. Llegas a casa y no tienes ganas de hacer nada, en tu mente solo hay un pensamiento, una obsesión que te lleva a estar triste, llorar y llorar cada vez más y más. Tu cuerpo no tiene ganas de nada, tú tampoco, solo quieres encerrarte en un cuarto oscuro, insonoro, y ahí dentro llorar, llorar y descargar toda tu rabia e ira con tu cara sobre una almohada. Tus emociones y sentimientos solo te piden una cosa, dormir y dormir porque con el sueño es como si se parara todo y como si te olvidaras de todo, como si al despertar todo lo que has vivido y que te causa tanta tristeza y depresión profunda solo hubiera sido una desagradable pesadilla pero no, despiertas y rápidamente vuelven las malas emociones y la tristeza, por unos momentos se acrecienta tu ansiedad, agobio y estrés pues el contraste de la tranquilidad del sueño y el duro y frío despertar te cae como un jarrón de agua fría. No, no ha sido ningún sueño, sigues despierto y la pesadilla sigue ahí, rápidamente vuelves a entrar en un estado de esquizofrenia, dónde el suicidio aunque esté mal, se te cruza como pensamiento por la cabeza. En esos momentos de tristeza y depresión profunda parece que todo se acaba y cuando recordamos anteriores épocas de tristeza y depresión nos damos cuenta que como todo lo malo pasa con el tiempo y que con el tiempo terminamos aceptando situaciones y hechos que en un principio nos negamos rotundamente a admitir.
Sobre la humedad

mi cuerpo es un galpón

lleno de goteras y de humedad
de revistas y diarios viejos
de triciclos rotos y zapatos de muñecas
de adornos navideños sin el cosito para colgarlos

traté de pintarlo de rosa y negro
bañarlo con agua de violetas y aceite de ambrosía
adornarlo con piedras y gasa
para que quieras entrar.

Te dejé entrar con una antorcha
y un bidón de nafta
y te dije ’ hacé lo que quieras
si se siente bien. ‘

quién
en su sano juicio
se fijaría en las goteras
con una antorcha en la mano?

Mi cuerpo es un galpón
en el que no pude encerrarte
porque sólo hay espacio
para mí.


Lecciones para despedirse parte I

Quería volver a escribir, pero me había propuesto dejar de plasmarte en mis letras; después de todo no eras precisamente alguien que mereciera ser homenajeado, o por lo menos no por mí.

Creo que por fin empezaba a dejarte ir, ya no eras lo primero que aparecía en mi mente cuando cerraba los ojos, ni la referencia para contarle a alguien cómo había estado mi día. De verdad, pienso que poco a poco te alejaba del mundo donde yo sola me había encargado de encerrarte.

Y aunque gran parte de mí estaba orgullosa, la otra parte no podía dejar de sentir esa melancolía típica de toda despedida.

Ya no quiero que duela pensar en todo eso, ya no quiero regalarte suspiros involuntarios.

Hoy sin querer te escribí entre líneas, una vez más. La diferencia es que las palabras de hoy son mis primeros pasos en dirección opuesta a ti, son testigo del día en que empecé a verte como lo que siempre fuimos: dos extraños que encontraron, por un breve tiempo, lo que necesitaban uno en el otro, que se refugiaron en una relación inexistente antes que su ego los hiciera empezar a destruirse en la búsqueda de algo más.

Hoy te dedico estas últimas palabras, abandonando en cada letra un pedacito del sentimiento que te entregué ayer.

Yo aquí con ganas de encerrarte en mi inestable universo y tú allá afuera formando galaxias con tan sólo sonreír.

Y en ese momento, cuando justo estas en el punto que te entregas, cuando te decides a confiar, es como si el destino te mandara una señal para que no lo hagas y vuelvas a encerrarte en ti mismo.

¿Conoces ese sentimiento? Cuando sólo estas esperando… esperando a llegar a tu casa y encerrarte en tu cuarto y quedarte dormido y dejar salir todo lo que contuviste a lo largo del día, el sentimiento de desesperación? Nada esta mal, pero nada esta bien tampoco, y estas cansado, cansado de todo, cansado de nada, y sólo quieres que alguien este ahí diciéndote que está bien, pero nunca nadie va a estar ahí, y sabes que tienes que ser fuerte porque nadie te va a curar. Pero estas cansado de esperar, cansado de tener que curarte a ti mismo y a los demás, cansado de ser fuerte, y por primera vez, sólo quieres que sea fácil, que sea simple, ser ayudado, ser salvado, sabes que no lo serás, pero sigues ahí, teniendo fe y deseando y sigues siendo fuerte y luchando con lágrimas en tus ojos. Estás luchando.

Sir Bizzle

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