disonantes

Hoy no quise escribir, ni recordarlo, ni siquiera quise cerrar los ojos por más de cinco segundos. Quise olvidarlo, sabes. Hay veces que me pesa el amor en las manos, que las noches se vuelven disonantes y la distancia me quema. ¡Lo quiero, y cómo lo quiero! Pero, hoy deseé no hacerlo, ni sentir algo por dentro, quise soltarle la mano. También, quise tragarme lo importante y hacerme pedazos. Sé que es una locura y que tal vez no hay vuelta atrás, pero hoy quise no ser, no estar, abandonarme en la soledad que abraza mi desnudez, quise hacerme silencio, quise borrar la historia y vivir de nuevo sin él.
—  (M. Sierra Villanueva )
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Llamó y mientras mi corazón se aceleraba al escuchar su voz
me sentí una de las personas mas importantes para ella aquella madrugada
estaba acostumbrada a escuchar las voces disonantes de las personas
no su voz, probablemente nunca me acostumbre pero en ella todo es diferente.
Pensaba que por alguna razón estábamos hablando y compartíamos aquella canción, una razón que desconocíamos.
No se exactamente si era por el amor que nos tuvimos o por la necesidad de sentirnos cerca nuevamente, de saber que estamos juntas aunque estemos lejos
no lo sé, probablemente no lo sepa nunca pero ese es el misterio que siempre nos atrapa y muchas veces nos hace volver.
De pronto el techo de su habitación se convirtió en un cielo gris intenso y lo único que alumbraba era esa pequeña luz que irradiaba su computadora, abrí la puerta marrón de su habitación y la vi una vez mas, estaba hermosa como siempre pero por alguna razón quizá obvia ella no podía verme;

 se encontraba observando el vídeo de una canción que le transmitía sentimientos que desconozco pero podía percibir al verla, tenía la mirada algo cansada, me senté a su lado sujetando sus hombros con un medio abrazo mientras mi cabeza se apoyaba en la suya palpando sus brazos suavemente hasta llegar a sus manos observando su delicado rostro de mujer.
Al terminar la canción que sonaba bese su frente y me fui;  regrese a aquella llamada telefónica donde habitaba un muro de distancia que solo nosotras sabíamos romper , con una media sonrisa y los ojos brillosos me despedí,
es extraño pero cada despedida causa en mi un nudo en la garganta
y diversas emociones a pesar de no saber si es un siempre, o un hoy.

youtube

Lucy Rose - Our Eyes

Este es mi proyecto de literatura para clase. Quise hablar de alguien especial. Quisiera hablar de ella.

Hoy es el cumpleaños de una de las personas más importantes en mi vida. Su nombre es como la primavera, disonante a mis oídos y a mis ideas, ella me remueve el mundo.

Quisiera puntualizar el hecho de que a mi corazón, lo que es del corazón, y a las ganas que yo tengo de hablar de ella; como a sus lirios rosas, o a sus historias marcadas por las páginas de un libro viejo; o a lo que esconde su mente, en donde yacen sus viejas tretas y sus colibrís malhumorados, siempre llenos de amor.

El tiempo pasa y deja marcas, como lo hacen las olas en las rocas basálticas, o su amor cuando hace mella en mí, y yo destilo, como una fábrica o una licorería; aunque eso no sea más que una simple excusa. En verdad yo, deposito todas mis esperanzas en ella, y quizás, nunca quiera separarme de su lado, aunque esté ausente y a veces yo sea un espectro de seda, y ella la luz de un faro, en lo alto de una colina, dando luz a los llanos, en las tardes con tinieblas.

Había una vez su sonrisa, una noche de verano, y un invierno largo, de poetas, que ella misma asesinó por mí. Cómo describir un sentimiento así, de cercanías y lejanías recurrentes; de amor verdadero, quizás no como el de las películas, quizás no tan puro, quizás no el de parejas, quizás no el de amigos inseparables; pero sí verdadero, y del que jamás va a caducar. Pase lo que pase.

Feliz cumpleaños Tártara :) Te quiero, y eso jaja.

Notas musicales

El viento sabe a donde llevar las notas musicales…

-¿Al corazón? ¿al cerebro de Dios? ¿a los límites del universo?

-A la línea de los ojos, al movimiento del cabello, a la luz del Sol: al epicentro. A las ruinas, al mar, al desierto; al rubor de las mejillas, al sonido del viento que se enreda entre sonrisas, regaños y lamentos. A la sed de una boca cansada de hablar, a los dedos ligeros y a los juegos de azar. A las verdades, a las mentiras, a la hipocresía y a lo que importa de verdad. A los pequeños momentos, a las inmensas soledades; al precipicio y al precio que se debe pagar. A los oídos y a la voz, a la angustia y las necedades, al qué se yo, tú lo sabes, a la realidad, a la sombra y a las alturas disonantes. Al fondo de todo, donde pueden hacer eco de su semblante, resonando una a una pedacitos de colores.

anti-Proyectos

Dejadme a mi que sea el que escriba mi propia historia, con poesía, con prosa o incluso con bucólicos anagramas que nadie entienda. No soy artista, no soy poeta, solamente puede que sea un cobarde Don Quijote reflejado en estrofas de Neruda

Encerrar los sentimientos en lo más alto de la más alta torre es capaz de fortalecer las heridas profundas, de hacer a mi vejiga excretar miedos directamente al retrete, donde nadie es capaz de unirlos en versos disonantes. Quizás por eso, estos tablones se han compuesto solamente de sensaciones… para que quizás (alguien) sea capaz de cotillear sinuosamente, identificándose con simples situaciones cotidianas.

[Sweet dreams are made of these.]
Erlangen-Höchstadt. Bayern, Alemania.
Mayo de 2007.

Las disonantes notas del piano era lo único que llenaba el gélido aire nocturno. La tapa estaba cerrada, para evitar que su manía nocturna turbara el sueño de su hermano o su madre, el problema sin embargo no pasaba desapercibido para ellos, por más de que intentaran disimular los rostros llenos de preocupación o las miradas, como la música, tampoco pasaban desapercibidas para Natalie.

La idea de mudarse a Alemania había sido de su madre, por supuesto, la peliroja creía que era una elección inusual¿Los orígenes de su padre no estaban allí? ¿No era de eso de lo que querían huir? ¿De cualquier cosa que los atara a su progenitor? Fuese como fuese ya estaban allí. Y Natalie lo detestaba. Detestaba la comida alemana. Detestaba la escuela. Detestaba el alemán. Las últimas dos, tan intrínsecamente unidas, habían causado una baja significativa en el promedio escolar que llevaba desde casa, Matthew, quién era mucho más fluido que ella en el idioma intentaba ayudarle tanto como podía. Ella no veía mucho futuro en el asunto, aunque era claro que el problema no era el profesor.

Extrañaba su casa, su verdadera casa. Su piano. Su escuela, con sus antiguos compañeros, los cuales hablaban en un idioma que era comprensible para ella. Extrañaba a su padre. El piano era lo único que lograba calmarla lo suficiente para conciliar el sueño, pero en aquel momento ni siquiera eso funcionaba; dejó que la última nota se deslizara en su dedo anular, tomó una inhalación profunda, exhaló lentamente, combatiendo el deseo de llorar. Ya había derramado demasiadas lágrimas, y le aquello le hacía sentirse débil.

¿Cuándo había sido la última vez que se sintió segura? Siguiendo un impulso, se levantó, despojándose de su auto-compasión y visitó el único lugar de la casa en el que no había puesto un pie.

El gimnasio tenía una pequeña colección de armas blancas en las que su padre solía entrenarlos, llegó a ser bastante diestra en el uso de dagas chinas gracias a él, sus dedos una vez llenos de sangre a causa de esto estaban completamente curados y supo que ahora más que nunca necesitaba del conocimiento que su progenitor quería inculcarle. Decidida tomó una de sus favoritas, acarició la empuñadura y después de lo que le pareció mucho tiempo, sonrió, como si se tratara del encuentro con un viejo amigo. Apunto hacia una pared vacía en la que dibujó un punto rojo y lanzó daga tras daga, hasta que la pintura cayó y la escayola se agrietó, no se detuvo, a pesar de que el punto rojo seguía intacto en el centro, y que los músculos de su brazo se tensaron causando punzadas de dolor. Se concentró en su respiración, en el latido de su corazón, en el impacto de la daga cada vez que la hoja se clavaba en la pared ‘pap, pap, pap’ era lo único que escuchaba ¿Cuánto tiempo pasó? No lo supo, la luz mortecina de la madrugada entraba por la ventana cuando sintió como un vaho acariciaba su oído, viciado con el aroma de licores y cigarrillo, dos aromas que jamás habría asociado con la voz que escuchó a continuación.

— Oh, Gracie… ¿Cuántas veces te lo he dicho? Debes exhalar al lanzar la daga. — Susurró su padre.

Natalie se quedó sin respiración, tan quieta, que por un momento pensó que su sangre se había convertido en hielo. Aquella no era la reacción que esperaba tener al ver a su padre de nuevo, miedo, esa era la sensación que recorría su cuerpo, y que se incrementó al sentir la punta del frío metal de una daga sobre su cuello, jamás imaginó que su padre la amenazaría, jamás imaginó que su padre le infundiría tal repudio y desconfianza. 

— Hazlo. Ahora. — Pronunció, como si un cuchillo en la garganta no fuera una amenaza lo suficientemente clara.

Aferrándose al último ápice de auto-control que tenía, la peliroja inhaló, y concentrándose únicamente en el punto rojo sobre la pared lanzó la daga que giraba en su dedo anular, mientras exhalaba el aire de sus pulmones. ‘Pap’ dio justo en el blanco, aunque no tenía ganas de celebrar por eso.

— Perfecto. — Musitó su padre. — Se podría decir que mi labor como padre está cumplida. Pero desafortunadamente he venido por un asunto totalmente diferente. — Cuando su padre la encaró, entendió por primera vez lo que su madre había querido decir la noche que desapareció. — Como podrás haber adivinado, tú madre cortó cualquier vínculo que pudiera atarme a ustedes. Incluido el kelting. Y yo amo mucho a mis hijos como para estar separado de ellos. Sus palabras destilaban veneno, haciendo que las heridas de Natalie supuraran.    

La tez de Thomas, que una vez fuera de alabastro era amarillenta y seca, se tensaba contra los huesos de su rostro, grandes bolsas se formaban debajo de sus ojos, otorgándole un aspecto enfermizo. Su bigote –si es que antes había tenido- estaba desaliñado y toda su apariencia en general, mostraba un claro abandono. Pero lo que más aterrorizaba a Natalie eran sus ojos, ahora tan cerca, podía detallar el dorado de sus iris, y el negro de su pupila, por un momento creyó que observaba el ojo de Sauron, solo que aquellos eran dos y miraban directamente hacia ella. Vacíos y sombríos eran la clara señal de que Francine tenía razón. Aquel no era su padre.

Sintió más que nunca deseos de llorar.

— Tú madre y tú hermano no tienen por qué enterarse de mi pequeña visita. Es contigo con quien quiero hacer un pequeño… Acuerdo. — Dijo, saboreando la última palabra. — Quiero que vengas conmigo antes del día de tú reclamo o…

— ¿O qué? — Replicó la peliroja, en el tono más fuerte que su voz rasposa le permitía. El miedo reemplazado por la ira. Estaba harta. Harta de huir, harta de sentirse débil, harta de llorar por alguien que claramente no tenía salvación. — ¿Me vas a matar? ¿A tú hija? — Preguntó mirando los ojos fijamente, a pesar de que aquello causaba escalofríos en su columna vertebral. — ¿Tan bajo has caído? Me das asco. — Su voz estaba llena desdén y dolor. En un gesto temerario, nada femenino, escupió en el rostro del hombre que ahora, era un completo desconocido para ella.

— Vaya, vaya… — Thomas esbozó una sonrisa en la que no se veía un rastro de felicidad y que causó que la piel de Natalie se erizara. — Claramente ésta no es la reunión padre e hija que esperaba, déjame adivinar ¿Te cansaste de llorar por tú padre? ¿Estás harta verdad? No necesito kelting para saber lo que piensas, Gracie. — Un pinchazo de dolor aceleró el corazón de la joven Caster cuando la punta de la daga abrió paso, rompiendo su piel. Un cálido hilillo de sangre descendió por su cuello haciendo que la repugnante sonrisa de su padre se ampliara. — Debiste escuchar a tú madre, el hombre que conocías no existe. —exhaló. — No te engañes, Natalie. Tú y yo somos iguales ¿crees que tendrás bonitos ojos verdes en diciembre? Si fuera tú, no estaría tan segura, y seguiría mi propio camino, antes de que la oscuridad que te consume, perjudique a los que te rodean.

La cuchilla de la daga repiqueteó en el suelo de madera cuando Thomas la soltó para dirigirse a la puerta, como si estuviera en su propia casa.

— Tienes tres meses. O la próxima persona a la que visite será tú querido hermano. — Y así como había llegado, desapareció.

Las últimas palabras de su padre quedaron suspendidas en el aire, dándoles tiempo para que se grabaran en la mente de Natalie ‘Tienes tres meses’. Le costaba respirar, sentía que estaba sumergida en una piscina, agua llenando sus pulmones, cuando logró tomar una bocanada de aire, despertó.

Su mejilla estaba presionada contra las teclas del piano, un do menor sostenido resonó, hasta que levantó la cabeza, la cual palpitaba. Había sido un sueño, todo estaba bien, excepto que el escote de su camisón de dormir estaba cubierto con sangre y sentía un horrible pinchazo de dolor en el lado derecho de su cuello.

 “Mierda” La palabra inundó sus pensamientos. Su madre enloquecería.

“Oye, ese lenguaje. Que mamá no te escuché” La voz adormilada de su hermano reemplazó la suya.

 “Matt ¿qué hora es?” Su tono estaba lleno de urgencia.

“Van a ser las siete. Espero que te arregles rápido, no es como si necesitaras una tarjeta de tardanza en tú historial.”

Natalie ya estaba en pie y se dirigía a la habitación de su hermano. Sabía que al igual que su madre, enloquecería, pero él estaría mucho más dispuesto a ayudarle con las respuestas que necesitaba encontrar. Después de todo, no confiaba en nadie en el mundo como confiaba en Matthew, estaba segura que la acompañaría, como lo había hecho cuando querían robar galletas antes de la cena o cuando le ayudó a ocultar el hecho de que había dañado uno de los mas preciados collares de mamá. Matt era su mejor amigo, y su compañero de crimen, no podría confiarle aquello a nadie mas. Cuando abrió la puerta, él estaba sentado en su cama deshaciéndose de los últimos rastros de sueño.

— Hey, siempre es agradable recibir visitas, ¿pero no crees que…?

— Soñé con papá. — Interrumpió ella, dejando a Matthew perplejo con el tono exaltado de su voz, su expresión, se transformó en una compasiva al ver el rostro de su hermana.

— Nat… Eso es normal, lo extrañas, y…

— No. Esto es diferente.

— ¿Cómo diferente? — La frente de su hermano se arrugó y por primera vez detalló el estado de su hermana, el cabello desordenado, el rastro de sangre que había en su cuello…

— Creo que fue real.

Sucio y marrullero

Aquel puto acorde jamás le sonaba limpio. Su guitarra lanzaba un maullido sordo cada vez que intentaba pasar de un acorde al maldito acorde. Se sentía ridículo, más que música parecía tender emboscadas a las cuerdas de su Gibson.  Pretendía engañarla moviendo con desinterés su mano izquierda por el mástil hasta que, por sorpresa, se lanzaba al acorde del demonio. Imposible. Nunca la sorprendía, siempre repelía su intención con un sonido ácido y opaco, como el que emite el suicida justo después de golpear con su pecho contra el duro asfalto. Por más velocidad que imprimía a sus dedos a lo largo de los trastes, llegaban tarde a la redada: el acorde lograba huir de nuevo dejando un disfraz disonante tirado en el suelo del aire. En ocasiones, los escalones de plata de los trastes quedaban ensangrentados de la violencia con que lo intentaba cazar. Dónde se metía aquel puto acorde, se preguntaba exhausto antes de que el whisky comenzara a extirparle la conciencia. Era un asqueroso borracho, una vez fue un músico. Se había convertido en un demente en busca de un acorde, el mismo que tocaba aquella noche en el pub, exactamente ese, que sonaba justo cuando la vio entrar riendo a carcajadas mientras un tipo la besaba en el cuello y le metía la mano por debajo de la falda. Aquel acorde sonó limpio, y luego fue distorsionándose, envileciéndose a medida que sus crispados dedos apretaban cada vez más el mástil de la guitarra. El alarido eléctrico de su Gibson atravesó los tímpanos del público, que dejó de beber y reír para fijar su mirada en la penosa figura del músico. El silencio era ensordecedor, el eco del acorde aún aleteaba por el local como un murciélago de hiel. Lou tiró la guitarra, agarró el vaso de whisky con que se desgarraba la voz y lo partió sobre el amplificador. Con aquella guadaña transparente se cortó de un tajo medio dedo anular y la última falange del meñique de su mano izquierda mientras miraba con rabia a Mery. Lou no volvió a aquel garito, tampoco la vio más. Prefirió beber solo y enloquecer buscando aquel maldito acorde, el último que tocó con sus dedos sin amputar. Quizá por eso el puto acorde le sonaba desde entonces tan sucio y marrulle

Al  hombre  de dorado cabello

Que  imperiosa soy con el papel cuando se trata de ti, lo anacrónico de mis manos al momento derecordarte hace que la tinta y de cierta forma mis parpados sean narcóticos entodas sus dimensiones, aun así sin estar a la vanguardia. Es por eso que estoy aquí, deseando palpar las nubes con el índice de un pianista, recreando un diciembre entre tramas nada empobrecidas y conjeturas distorsionadas.

Siempre parecí fría y desligada, pero cuanto te ame. No importa si fue en un estado de anonadamiento y desmesura total, se que es fatídico y disonante apropiar estas palabras a un contexto isométrico para tus ojos, pero quien le explicara a esta cintura palidecida que ya no estarás, si  fuese así el calor se iría con tu piel. Me temblaría la voz si los días adormecidos preguntaran por ti, si llegara a saber  lo poco invaluables que fueron mis caricias para ti,  o lo flaqueado que pudo ser mi cariño para ser vocablo del cambio y el reemplazo y es así como no viviría sin pensar que fui menos que el índice de un pianista, tan poco congruente y afinado con las hileras de tus días.

En mi permanecen los tropeles de luz que nos acompañaban por las calles, ese día en el que me deje arrullar por la rebeldía de tus brazos, cuando te bese bajo la alta luna y el seudónimo de tu nombre. Se que escribirte nunca sera una aproximación entre el odio y el recuerdo ni una perspectiva histórica poco celestial y enternecedora.

Hoy que mis manos lucen traslucidas y cálidas con una finura que remonta a un tiempo turbio y desnudo, te quiero recordar por medio de esta carta más allá de lo poco cuerdo e introspectivo,  lo que significa quererte: 

Me enfrente al tacto, al papel y al tiempo que fueron marfil, a la sombra leve del funicular para que los cronopios que en algún tiempo anuncio Julio Cortázar rescataran la improbable figura y el tono inconstante. Pero fue claro, perceptible y palpable como el lapicero que se acopla a mis flaqueados deseos, no te vi en ese instante, ni el transcurso de las líneas logro precipitarse para avisar este encuentro, ni mis mejillas se tostaron. Nada fue tan constante y tenue como tu presencia.  Mucho antes de que llegaras la inseguridad jugueteaba entre mis letras, los signos de cansancio correteaban mi cuerpo y los puntos retenían mis miedos, todo esto llego a tener futuras repercusiones algunas veces silenciosas otras poco ostentosas.

Por un momento perdí el argumento de mis pasos y con ello el dominio de la tinta fanfarrona en la que me refugie por tanto tiempo. Ahora puedes ver todas las variables en mí; conservaban algo psicodélico, caprichoso y tedioso, no deseo presenciar épocas turbias en las que me sedujo el olvido ni mucho menos traerlas de vuelta, quiero que veas que tan clavada estaba en el suelo y como unos ojos color tabaco me sacaron de un pasado con posible restricción de colores. 

Es la forma como se deslizan tus manos en la configuración poco arqueológica de mis caderas lo que me hace delirar. Es así como me tienes aquí ante lo aleatorio del papel con la silueta de una mano ultraterrena adaptándose a las incoherencias o rebeliones internas. Me aferre a tu sonrisa y al dorado cabello. Mis sueños se difuminan al calor de tu cuerpo, los miedos a tu lado dejaron de ser grisáceos. Se que puedo llegar a ser algo iracunda, pero te confieso que nunca me atreví siquiera a decirlo, nunca pensé que estas palabras se diluyeran en mi boca con facilidad pues ahora sé que podría pasar cada día de mi vida a tu lado, hasta que tu amor lo permita. Te escuchare cada vez que lo necesites, reiré a tu lado, discutiremos sobre libros y como buenos cineastas mantendremos entretenidos, te dedicare fragmentos, poesía y quién sabe si un libro, pero sobre todas la cosas le seré leal a tu cariño pues quiero despertar a tu lado y atesorar tanto amor en una mirada.

Pdt: ‘’’  Y sin embargo, una mujer  como usted y hombre como yo no coinciden  a menudo sobre la tierra’’ – JOSEPH CONRAD. Entre mareas 

Te amo.

Descompuesto

Disonantes acordes que para ti descompuse, por ahí, entre las últimas de nuestras noches, agrios resuenan hoy; dulce sátira, de aquél romántico odio que compartíamos.
A la vida he traído una vez más: mis corcheas rotas, tus silencios sangrantes; con amargo cantar revivo tu imagen y, enamórome así, por vez última, de todo aquello que de ti llegué a odiar.

 III/ 15

uno: todas las posibilidades de caída de una bicicleta
dos: soy la mesera de josé manuel
tres: ¿cómo escribir no las hojas de las jacarandas sobre las banquetas, sino la sensación que las hojas de las jacarandas sobre las banquetas me produce?
cuatro: amor platónico. amor ideal. unir mi alma a tu alma. formar un sólo espíritu.
cinco: jalar tu cabello. morder tus pezones. besar tus manos. tus piernas. tu evangelio.
seis: nube es una bonita palabra. libación es una muy bella palabra. errático es una palabra horrible. lo mismo devaneo. fémur es una palabra extraña, sólo en tus labios. estereofónico es disonante. tu nombre es mi palabra. tu nombre es mi palabra favorita.
siete: una mandolina, sintetizador, un pandero, susurros de árboles, susurros de vientos y trinar de pájaros heridos; la lluvia canta su caricia.
ocho: 23:41, tenemos sueño.
nueve: ay.
diez: la lluvia canta su caricia.
once: nube es una bonita palabra.
doce: sinestesia: ¿cómo se oye una nube con forma de ballena?
trece: duerme. mañana también estaré aquí. te quiero. descansa.