cosasquecontarte

- ¿Puedo volver a escuchar esa canción?

- Claro que sí Laura, las veces que quieras… 

La biblioteca de la casa era un lugar mágico… La curiosidad de mis cinco años de vida hacían de aquel sitio una especie de paraíso terrenal. Mi abuela, una maestra republicana que escribía tratados sobre política y filosofía en su tiempo libre, pasaba los días de verano rezagada en aquel sillón de flores junto a la ventana. Con ella, su amado tocadiscos, último regalo que le hizo mi abuelo antes de abandonarla por una fulana.

Disfrutaba viendo como aquellas pequeñas gafas redondas caían sobre su nariz casi al mismo tiempo que el manto oscuro envuelve el cielo al atardecer. 

- Abuela ¿dónde estás? ¡¡No veo nada!!

Aquella mujer espigada sonreía levemente, se erguía dibujando una sombra perfecta en la pared, el suelo de madera crujía homenajeando cada paso que daba hasta llegar al otro extremo de la ovalada habitación… Tiraba de aquella elegante cadena dorada y todo se envolvía en un halo de colores imposibles. Los libros bailaban sobre las estanterías al compás de la novena sinfonía que aquel sordo loco y solitario compuso durante un momento de zozobra. Mientras, ella volvía a su mundo de flores y tabaco y yo me quedaba sola de nuevo.

Recuerdo todo aquello como si nunca hubiese existido. 

Una madrugada como cualquier otra mi madre entró en mi habitación, me sacó de la cama y nos subimos a un coche que no paró durante horas. Cuando bajé todo era distinto a lo que había visto hasta entonces. En aquel remoto rincón de la costa francesa he vivido hasta hace tres días, cuando mis casi ochenta años me han pedido volver a la tierra en que nací y de la que no conozco nada. 

Hace dos horas que bajé del tren… Una calle estrecha me espera, un sinfín de personas impersonales curiosean cada tenderete colorido con expresiones de sorpresa y asco a partes iguales…

A lo lejos, en una esquina, abandonado a su suerte yace un tocadiscos… Dentro, Beethoven vuelve a sonar… Pero ya nadie lo escucha… 

Relato finalista Miradas2

Siempre lo hago… Aparto la cortina ligeramente y miro… Cada mañana y cada tarde… Sólo quiero saber de él lo que no dejamos entrever cuando somos conscientes que alguien nos observa… El trayecto que separa su puerta principal del coche es corto, pero los pocos segundos que le veo me bastan para saber que no se despierta de buen humor. Estos días atrás su ceño fruncido, el paso acelerado, su forma de cerrar la puerta del coche… No sé, creo que últimamente no es feliz… 

Antes me asomaba y siempre me regalaba una sonrisa a la que yo respondía despidiéndole con la mano alzada. Quise saber si lo hacía por cortesía o si por el contrario le agradaba tanto como a mí. Durante meses no hemos cruzado más que saludos insulsos pero saciantes a la vez. Por eso decidí observarle desde la esquina, sin que me viese… Quise comprobar algo más antes de acercarme tanto como deseaba… El primer día me buscó en la ventana, al siguiente también, y al siguiente… Tras comprobar que ya no salía a saludarle empezó a mirar hacia abajo, sin esperarlo siquiera… Se ha resignado… Yo, sin embargo, cada vez estoy más ilusionada con mi propio juego…

Ya es la hora… Vuelve del trabajo… Le espero asomada en la ventana… Está llegando, pero entra a paso ligero sin verme siquiera… No puedo más, creo que ahora soy yo la que necesito que me dedique una sonrisa, ya que tampoco me despierto de buen humor últimamente…

Decido salir… Cruzo la calle, apenas treinta metros separan nuestras casas… Estoy delante de su puerta… Dudo… Llamo al timbre… Tengo tanto miedo que me empiezan a temblar las piernas… ¿En qué momento decidí hacer esto? Me pregunto… 

La puerta se abre… Me mira atónito… Le tengo frente a mí y ni siquiera soy capaz de sonreirle por mucho que desee hacerlo. Su mirada es penetrante, curiosa… Se pregunta qué hago frente a su puerta yo, que dejé de saludarle hacía más de dos semanas… Ninguno de los dos habla… He perdido la noción del tiempo, he caído en las redes de la inconsciencia y hay algo que me impide reaccionar… Ahora su mirada es desafiante, sexualmente desafiante… Soy capaz de hablar con los ojos, descifro perfectamente el lenguaje sin palabras y le respondo sin temor alguno… Ya basta… Me ha cogido la mano y se ha roto la magia… Es hora de actuar…

En mi ‘petite mort’ particular me bombardea incesantemente un verso de Bécquer: Por una mirada, un mundo…

Tu silueta se dibuja a contraluz en la ventana… Mientras te observo ni siquiera osas moverte, te gusta saber que te estoy mirando, siempre te gustó… Sin embargo no me hablas, te acabo de dar los buenos días y, como siempre, tu voz es un regalo del cielo, un manjar de dioses que me das a probar pocas veces… Ni siquiera eres capaz de venir a la cama y enredarte conmigo en esta espiral de sábanas blancas.

Voy a ir hacia ti, te agarraré con fuerza como siempre… Cada vez que te abrazo es como si el mundo entero cayera en un agujero negro, tu piel es casi una utopía. Mi mano se va con tu mano, me aprietas los dedos… Puedo ver tus pies desde aquí, pisan con firmeza la moqueta y las hojas de los árboles bailan sobre tus dedos en sombra. Mirarte es más que un vicio…