La cerillera

No recuerdo en qué lugar sucede esta historia. Quizás nunca le pusieron nombre a este pequeño pueblecito abandonado. Lo que sí sé es que era Nochebuena, y la gente corría de un lado para otro, apresurándose a llegar al calor de sus casas, donde sus familias les esperaban. Los copos de nieve caían despacio, envolviéndolo todo en ese característico manto blanco de la Navidad que tanto alegra el alma.

Todos andaban hacia un sitio concreto. Todos menos nuestra pequeña protagonista, que se encontraba parada en mitad de la plaza.

‘’¡Cerillas! ¡Compren cerillas por una moneda! ¿No quiere cerillas, señor?’’, gritaba con voz dulce.

Vestía un abrigo harapiento que le llegaba hasta las rodillas, unas botas agujereadas y un gorro que le cubría hasta las cejas, dejando al descubierto tan solo sus ojos tristes y grises y algunos mechones de pelo que le caían desordenados sobre las mejillas y la nariz, coloradas por el frío. Llevaba en las manos una cesta llena de cerillas que resultaba desproporcionada a su tamaño.

Desde que tenía conciencia de sí misma, estaba obligada a vender fósforos en la calle para poder subsistir, si se le puede llamar así. Si volvía a casa con las manos vacías le echaban la bronca, y si volvía con algo de dinero, la castigaban por no haber vendido más.

Sea como fuere, llevaba horas dejándose la voz, pero nadie se había dignado a mirarla. Sentía aquello que tanto nos aterra: la soledad. Tan solo pedía una mirada, una sonrisa. Algo que no la hiciese sentir tan abandonada. Gente muy elegante pasó a su lado y se dignaron a tirarle una moneda. Pero, ¿de qué le servía eso si iba a ser castigada de todos modos?

La plaza se fue vaciando poco a poco, hasta que solo quedaba ella. Comenzó a deambular por las calles, sin rumbo ninguno, hasta que oyó unas risas. Provenían de una casa concreta y la niña, curiosa como era, se asomó. Con el asombro pintado en su carita, vio dos niñas, un señor y una señora, todos sentados en torno a la mesa. El fuego crepitaba alegremente en la chimenea y los cuatro reían mientras cenaban. Le pareció que eran muy felices y se pregunto por qué ella no tenía familia. Por qué no podía ser así de feliz. Por qué nadie en el mundo la quería. En ese instante, una de las niñas se giró bruscamente y la vio.

Asustada, comenzó a correr tan rápido como pudo hasta llegar a un callejón sin salida. Allí se desplomó en una esquina, destrozada y completamente abatida. Encogió las piernas sobre su pecho, abrazándose a sí misma, intentando mantener el poco calor que le permitía guardar la gélida noche. Miró las cerillas esparcidas a su alrededor y tomó una entre sus deditos. Hacía muchísimo frío. ‘’¿Qué más da?’’, pensó. ‘’En vez de darme cinco varazos, me darán diez; ya ni eso me importa.’’

La llama se prendió, iluminándolo todo. Alzó los ojos y vio ante ella una mesa repleta de los mejores manjares que había visto en su vida. La pequeña llama de la cerilla era ahora un gran fuego. Un olor delicioso llegó hasta ella y casi pudo sentir el calor que emanaba.

Tan rápido como el fósforo se había prendido, volvió a apagarse, llevándose con él la luz y ese pequeño amago de felicidad; sumiéndola de nuevo en la oscuridad y el desasosiego.

Si había encendido uno, encendería otro. Qué más daba diez cachetes que veinte.

Esta vez apareció ante sus ojos un árbol decorado con miles de adornos de todos los colores inimaginables. Bajo él, se encontraban numerosos regalos, todos adornados con lazos y envueltos en los papeles más exquisitos. Y lo mejor de todo, es que cada uno llevaba escrito su nombre. Nunca habían tenido el más mínimo detalle con ella. Nunca había recibido un regalo de otra persona. Nunca había tenido ilusión por nada. Y ahora, todo aquello era suyo.

Pero la cerilla se apagó de nuevo. Esta vez ni siquiera dudó, tan solo cogió otra y volvió a encenderla.

En esta ensoñación apareció una mujer que se acercó con paso lento hacia ella. La cálida luz le resaltaba las facciones y la niña pudo verla mejor cuando se agachó hasta situarse a su altura. ‘’Abuela…’’, susurró con voz queda. Abrió los brazos, la envolvió con ellos y…

Sé lo que estáis pensando. Aquellos que ya conocéis la historia, conocéis también el triste final que se avecina. Pero ni soy tan predecible como creéis, ni este cuento de navidad termina tal y como os han contado.

En el momento justo en el que la cerilla iba a consumirse; en el que el alma de la niña había decidido no volver a la dura realidad y estaba dispuesta a marcharse, notó una sacudida en el hombro.

Al principio, se negó a volver a la consciencia, pero los empujones continuaron hasta que no tuvo más remedio que mirar. Una mano se tendía hacia ella y la levantó del suelo.

‘’¡Mamá! ¡Aquí esta! ¡La he encontrado!’’, oyó gritar a quien la sostenía.

Poco a poco fue volviendo en sí, hasta darse cuenta de que quien le apretaba la mano no era sino la niña que le había pillado mirando por su ventana.

En seguida, llegó la familia al completo, la envolvieron en una manta y la fueron guiando hasta lo que sería su nuevo hogar.

En ese momento nadie se dio cuenta, pero podía observarse en sus ojos tristes y grises  la chispa que tiñe nuestras pupilas de sueños, ilusión y de aquello sin lo que no podríamos vivir: esperanza.

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