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“EL PASO DEL TIEMPO”

20-abril-2015

Por lo general a mi los taxistas me caen bien.  Hay de todo, desde luego, pero considerándome una usuaria regular del taxi, son más las veces que salgo satisfecha de los servicios prestados, que lo contrario.  Estos profesionales suelen tener un trato ameno y dicharachero y, aunque alguno hay tirando a mohíno y mascullador de blasfemias, se suelen prestar con gusto a una buena charla o intercambio de simpáticos improperios sobre los temas de actualidad; a menudo con una opinión muy bien formada sobre cualquier cosa, con especial inclinación por la política, (nada de fútbol dado que no me gusta) los impuestos, la carestía de la vida, el injusto trato a los autónomos por parte de la administración, el rampante deterioro de la clase media, más impuestos, sobre esto último son especialistas, o la subida y la bajada de los crudos.  Bien es cierto que suele ser un gremio proclive al fatalismo, el lamento y el quejismo,  suspirando de continuo por la falta de almas, así, “al menudillo”, almas y almas hormigueando por la ciudad y clamando a gritos: “¡Taxi! ¡Taxi!” una y otra vez, una y otra vez.

No obstante, el otro día, la suerte quiso que fuera a coincidir con un profesional altamente ponderado.  De talante ingenioso y sensible, su registro de voz era casi femenino, y enseguida mostró interés por los temas de mayor calado, centrándose al fin sobre el inquietante asunto de “el paso del tiempo”:

-Y ¿qué me dice usted de esto? -continuó-  Para mí, que además soy hipocondríaco, es un asunto muy grave.

-Sí.

Dije yo sin más, reservándome el diagnóstico.  Le dejé hablar, poner sus cartas sobre la mesa.  El paso del tiempo es un asunto muy serio, pero la hipocondría lo es aún más y no quise arriesgarme.  Quería saber por dónde iba a tirar, si por los lagos de la memoria o por el glosario incontinente de sus síntomas en una suerte de convulsa confesión.

Para no alargarme demasiado, he de decir que volvió a sonreírme la suerte y el buenhombre se dejó llevar por sus recuerdos:

-¿Llegó a conocer usted las hipodérmicas no reciclables?  El practicante visitaba a domicilio, a lo mejor usted es muy joven.   Yo era muy crío y aquellos médicos tocaban, miraban, auscultaban a mano, se metían por tu oído, por tus anginas, por el blanco de tus ojos.  Casi te contaban las costillas, te enseñaban a toser, a poner una gran boca abierta y luego el caramelo.  La verdad es que yo salía de allí un poco magullado pero contento y seguro de que estaba en buenas manos, en algunas manos por lo menos y, sobre todo, siempre me enamoraba de la enferma, daba igual, de todas, me ponía tranquilo verlas allí.  Entonces llevaban cofia, como las camareras.  ¿Se acuerda?

La pregunta era retórica, por supuesto, lo que él quería era seguir, llegar a algún lado,  y yo sentía curiosidad por conocer el final de su relato, qué puerto era el que quería alcanzar. 

-Ahora ni voy, sinceramente, directo a la farmacia, lo malo son las recetas, claro, tengo que pagar y las cosas no están…dieciseis horas en el taxi.  Pero los farmacéuticos aún te miran un poco.  Mucho ordenador también, ¡eh!, cada vez más… pero lo de los médicos, los médicos.  Oiga ¿son médicos o informáticos? ¡No te miran! ¡No te escuchan! Como si te tuvieran a tamaño reducido en la pantalla y tú  ni fueras ni estuvieras ni te pasara ni doliera nada, cuando a veces, oiga, lo que a uno le duele a veces es el alma misma y no otra cosa y querría ser mirado y escuchado…

El buenhombre siguió con la retahíla y con poca disposición para el diálogo.  Al fin, hizo una pregunta que no parecía tan retórica:

-Yo fui de niño muy tirillas. Siempre le decía a mi madre que me pusiera el termómetro, por si acaso.  Y usted ¿fue una niña enfermiza?

Un recuerdo en tecnicolor me vino muy rápido a la mente. El médico era hermoso y moreno, tendría unos cuarenta años y su pelo empezaba a blanquear, sus dientes y su bata, blanquísimos.  Entonces, me cogía de la cintura,  y como si fuera  pluma o brizna me izaba sin esfuerzo sentándome sobre la mesa de su consulta. Mis brazos enseguida se iba a su cuello, la madre regañaba, la enfermera sonreía y mientras, él, comenzaba a golpearme las rodillas con el martillo de reflejos haciendo que mis pequeñas piernas  se estiraran, se alargaran hacia él, querían entregársele, querían bailar.  Con él.  

Cuando me descendía de su mesa me aferraba  a sus muslos,  mientras la madre regañaba, la enfermera sonreía, pero mirándole yo con la mirada muy fija, muy adulta, hacía que al fin aquel Dios se agachara y besara una a una mis rodillas dejando sobre ellas la humedad fresca de sus labios.

La madre me ponía el abriguito rojo y yo salía de  allí muy ufana y dejando tras de mí una sensualidad incipiente, una caliente estela.

-Sí.  Fui una niña bastante enfermiza.  Y también soy hipocondríaca. 

From The Gospel of St. Mark 4:36-41

36  “And when they had sent away the multitude, they took him even as he was in the ship.  And there were also with him other little ships.”

37  “And there arose a great storm of wind, and the waves beat into the ship, so that it was now full.”

38  “And he was in the hinder part of the ship, asleep on a pillow: and they awake him, and say unto him, Master, carest thou not that we perish?”

39  “And he arose, and rebuked the wind, and said unto the sea, Peace, be still.  And the wind ceased, and there was a great calm.”

40  “And he said unto them, Why are ye so fearful? how is it that ye have no faith?”

41  “And they feared exceedingly, and said to one another, What manner of man is this, that even the wind and the sea obey him?”

Capriles censura que ideología sea la prioridad del Gobierno

El gobernador de Mriranda, Henrique Capriles censuró hoy que el presidente, Nicolás Maduro, conceda prioridad al “socialismo y a la hermandad entre países” y no a la crisis económica nacional, la carestía, y la disputa territorial con la vecina Guyana.








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Deberiamos Dolarizar nuestra moneda?

En la mal llamada “Venezuela  Revolucionaria”, hasta hace muy poco,  era casi un sacrilegio hablar del  incremento de la gasolina o de la dolarización de la economía. Sin  embargo, el giro de timón que ha dado el gobierno con el tema del  aumento de  la gasolina, deja un único tabú: la dolarización económica.

Los  gobiernos “satanizan” el tema de la dolarización, anclaje cambiario,  para atemorizar al pueblo; sin embargo, Ecuador con su proceso económico  es uno de los países más prósperos de la región. Un sistema como éste  restringiría “el señoreaje”, nombre que recibe la facultad que tienen  los gobiernos de imprimir dinero para financiar su gasto publico,  proceso que he denunciado en artículos anteriores como el primer  responsable de la carestía de la vida que sufre nuestro país.

Aun  cuando el anclaje cambiario no es oficial, en Venezuela hace tiempo que  extraoficialmente los precios de todos los servicios y bienes de   consumo, con excepción de los perecederos de origen agrícola, están   dolarizados. Esto trae como consecuencia  que al estar  los   gastos  dolarizados, mientras los ingresos continúan en bolívares, no haya  ingreso en moneda nacional que, trabajado y ganado honestamente,   alcance para pagar los bienes en calidad y cantidad suficiente que  permitan mejorar la calidad de vida del pueblo.

Los venezolanos  estamos sometidos a un proceso de empobrecimiento acelerado, sin  posibles cambios positivos en el corto plazo.

Primer ejemplo: en el año  2010 el salario mínimo era 1.223,89 bolívares al mes, el dólar marcador  rondaba los 9,24 bolívares, es decir, el salario mínimo representaba  132,45 dólares al mes. En marzo 2015, el salario mínimo 5.622 bolívares  mensuales más 2.095  bolívares por concepto de cesta ticket, suma 7.717  bolívares mensuales, con un dólar marcador de 248,52 bolívares, lo que  representa un salario de 31,05 dólares mensuales.  Sin  hacer otras  consideraciones, hemos perdido 101,40 dólares mensuales.

Otro  ejemplo: el salario mínimo en Colombia es 273 dólares mensuales;  en   Argentina 346,76 dólares mensuales; en Ecuador 354 dólares mensuales;   en  EEUU una jornada de 8 horas remunera 64 dólares. Con la inflación  quienes más pierden son los pobres, los que ganan un salario mínimo, los  que viven de una renta, los pensionados y tantas personas que no tienen  cómo preservar el valor de sus ingresos; por eso mi preocupación es  que  se logre un mecanismo que salvaguarde la capacidad adquisitiva de  los ingresos de quienes menos tienen y eso solo se logra atando el valor  de los salarios, pensiones y rentas a una moneda fuerte cuyo nombre es  lo menos importante.