Hoy es tiempo de redención. Podría arrepentirme de todos mis pecados, que son muchos, pero hoy sólo me centraré en uno. Un pecado que tiene mucho que ver con el pobre Harry, Harry Potter, y con la pobre Joanne Rowling. No temo ir al infierno, no; pero qué menos que abrirse por fin al mundo. Qué menos que equilibrar el universo, y dejar a cada átomo donde le corresponde. Y Harry Potter no se merece un sótano polvoriento, no; Harry Potter se merece un dormitorio luminoso en la casa de mi veneración literaria.
Fue en 2001, hace ya diez años (que se dice pronto) cuando mis padres me compraron “Harry Potter y la piedra filosofal”. Ahí conocí a Harry. Todavía recuerdo cómo, con la tierna edad de seis años, sufrí la soledad de Harry, reí cuando, por sorpresa, su primo quedó preso en la jaula de una serpiente, caminé por los corredores de Hogwarts, me ilusioné con la ceremonia del Sombrero Seleccionador, viví cada clase como mía, y cada lágrima también, y cada aventura, y cada sonrisa. Todavía recuerdo cómo, con la tierna edad de seis años, descubrí la magia.
Porque Joanne Rowling tiene un mérito que ninguno podemos negar. Previo a la indigesta pero reconfortante lectura de obras como “La Divina Comedia”, “Ulises” o “Bomarzo”, uno es un niño, un niño que ansía vivir mil aventuras, un niño que vive de su ilusión, y que busca en el mundo la sonrisa intrépida de los exploradores. ¿Qué hay de malo, pues, en una historia que nos brinda fantasía, ilusión y aventura y que nos hace partícipes del amor por los libros? ¿Qué hay de malo en las historias de lucha contra el mal, de amistad, coraje, valor y fantasía?
La ilusión. Qué grande y poderosa es la ilusión, y más en el alma de un niño. Todos hemos querido andar por los jardines de Hogwarts. Todos hemos querido cabalgar una escoba y jugar al Quidditch, dejar que el Sombrero Seleccionador hablara sobre nuestra cabeza (y nos mandara a Griffindor) y abrir puertas y levantar tinteros con nuestras varitas. Todos hemos mirado mal a Severus Snape y hemos deseado, secreta y fervientemente, que Harry le dé por fin su merecido a Voldemort cada vez que se encuentran.
No ha mucho tiempo que servidor se encontraba corriendo por los parques con sus entonces amigos de la infancia, con un pequeño palo en la mano haciendo las veces de varita, agitándolo contra todo lo que se cruzaba en su camino y pronunciando hechizos de la más diversa índole.
Y, del mismo modo, servidor, en su radical concepción del mundo y maniqueo entendimiento de la realidad, llegó a renegar de este joven mago. Llegué a desechar los tan buenos recuerdos que tengo con esta historia, en pos de una fachada que, si a veces se correspondía con mis gustos, no siempre ha sido del todo sincera con ellos. Y es por esto que debo una disculpa a mucha gente, pero quizá, y sobre todo, a mí mismo.
Qué menos que dar las gracias, de manera humilde y servil, a aquellos que me han hecho ver cuán equivocado estaba, y me han hecho también recordar la maravillosa historia que me hizo mirar al cielo en busca de la lechuza que trajera mi carta de ingreso en Hogwarts.
Y, sobre todo, decirle a un gran amigo mío que gracias, gracias por todo. Aquí tienes tu sorpresa. Era algo que, en cierto modo, te debía. Aquí está mi pensamiento, es todo tuyo. Y mi ilusión de niño, que ha vuelto en forma de magia, y que compartiré con el mundo, tal y como corresponde. He ahí la verdad, he ahí el sentimiento, disperso en el aire, por siempre.